sábado, 18 de agosto de 2018

Recovecos de la brisa


Cudillero Puerto Asturias Puerto Cudillero

Durante aquella lejana época solía escribirte casi todos los días. Era el cinta umbilical de la pequeña vida pueblerina. Te dejaba la carta tras la pila  bautismal de la iglesia romana con nombre santa Cordelia, virgen gótica.

Cada final de mes el papel,  hecho de  pasta de arroz, se hacía con la planta Artemisa que la abuela traía de la ribera del río.

Decía ella que ese arbusto oriundo de las civilizaciones mediterráneas,  crece en muchos rincones de la Europa arcaica.

El fin de semana estuve leyendo a uno de los autores más desconocidos de toda la literatura europea: Leonid Tsypkin, que se pasó toda una vida describiendo un viaje de  Fedor Dostoiesvski con su tormentoso amor, Ana Grigorievna, por la ciudad y las aguas termales de Baden-Beden, mientras el escritor ruso se  jugaba la vida entre naipes en las mesas del casino.

Y ojeando esas páginas recordé, por esa superposición de las ideas escondidas en algún pliegue de la piel, que vivir, aún siendo silenciosamente, es cuesta muy empinada, pero si a nuestro lado está la compañera, la amiga en la que hemos depositado cada una de las sensaciones más recónditas, todo será  más llevadero.

A ternura de esa comprensión, el juglar de los enredos del alma, cuando pasaba a nuestro lado expresaba con sapiencia: “Jamás hay que ser el primer amor de una mujer, sino el último”.

Lo recordamos bien: Te entusiasmaban por aquel entonces los vientos alisios y los copos de nieve. “Moriré  - decías – sobre ese manto de armiño”. Y siempre te respondía: “Un día vendrás conmigo para conocer  esa blancura fría”.

Y esperaste ese viaje, y con la espera, por algún pliegue del alma, se te fueron los deseos de viajar, pues ya tenías todos los caminos, senderos, catedrales, fondas, claros valles, puentes y ríos frondosos, en la retina de tus ojos, grandes y azules cual el mar de la esperanza.

Los años, que nada perdonan, nos hicieron un ovillo de sensaciones vagas. Un día, posiblemente gris, te alejaste como la bruma,  de la misma forma que las sombras. Fue por poco tiempo, quizás te acostumbraste al calor de mis palabras.

Al  verte entrar nuevamente en la casa, todo se llenó de alegría, y pensé, viéndote tan cerca nuevamente, que aunque escapemos uno del otro, la esencia de nuestro afecto subsistiría en las paredes de esta vereda, entre sus árboles y los recovecos de la brisa.

La existencia es empinada, pero si a nuestro lado está la cómplice de las cuitas profundas, la amiga en la que hemos depositado cada una de las sensaciones interiores, todo será  más llevadero.

Así lo fructificó Dostoiesvski, y ese viaje a Baden-Baden en compañía de Ana Grigorievna, lo cambió para siempre. Allí escribió una obra inmortal: “El jugador”.

martes, 10 de abril de 2018

Del Mediterráneo al Caribe



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Nadie se baña durante  su existencia en el mismo riachuelo, de la misma forma que sin los versos de Hesíodo y Homero - expresaba Solón en las páginas de Troya escritas  por el filólogo alemán Gisbert Afees -  nos hundiríamos  en la más completa lobreguez.

Realizar ese viaje a la ciudad real o conjeturada de la cultura occidental o leer la novela de Afees con sus 570 páginas,  lo deberíamos hacer aunque fuera una sola vez cada uno de nosotros. Lo mismo que ir a Roma, Jerusalén, La Meca o Benarés. Si lo fraguáramos, hallaríamos las raíces de nuestra peculiaridad como seres humanos. Igualmente la vena religiosa, aunque ésta sea ya  una ecuación púdica  particular de cada uno.

Sobre esa epopeya narrativa en la que confluyen Ulises, Paris y Aquiles, el Mediterráneo se vuelve una mundología de fondo. Es más, toda la cultura Europea de hoy surgió en ese mar interior. La filosofía, los dioses mitológicos, la pasión como motor de cada uno  de los ardores bienhechores, uniendo a su vez en esas orillan  los conflictos sangrantes. Su sabor salífero envolvía por igual las dudas, la crueldad y las  pasiones.

La cosmología y  la “politke”, las  ideas, el mito, la prosa y la poesía se hicieron urbe mientras se trozaban  olas ariscas contra sus acantilados.

Hace años - en tierras venezolanas del Caribe -  tras leer “Cien años de soledad” de Gabo, descubrimos con pasmo otra dimensión, donde el asombro era un resplandor creador al igual que  la magia, el sortilegio, la alquimia y la irisación perturbadora de la ciénaga. Desde entonces necesitamos un poco menos a Ulises.

Macondo - la Troya moderna -  era un pueblo marcado por la fantasía y el tiempo imperturbable, donde había unos gitanos vendedores de todo lo imposible y un  cambalache de personajes  en cuyo epicentro una mujer, Úrsula, era la representación genuina del matriarcado ginecocrático, el cordón umbilical de una historia interminable donde el amor envolvía  cada acto de la realidad circundante en una marisma sexual y violenta.

  Ella, personaje central de la novela de García Márquez, es  segmento integral de una ceremonia de iniciación esotérica, ya que  en la trashumancia de luz, sombra y adivinación, la mujer renace en círculos de pasión, demencia y arrebatos, de tal forma  que sus  alucinaciones son parte íntegra de la realidad, tal como la agorera troyana Casandra.

Sobre ese equipaje sobrenatural y mitológico, alguien señaló que cada hombre o criatura proteica de  la novela,  es una copia caprichosa de la memoria cuando a ésta la cubre una neblina de bruñida soledad.

 Por  esas páginas el colombiano  cruza la historia de la Tierra en un santiamén, es decir, en un ciclo de cien años donde vamos de la prehistoria de la raza humana hasta el Apocalipsis. Y en medio se expande, más allá de sus propias posibilidades, la esencia femenina.

 Con Úrsula uno entendió a la mujer como una cadena invisible, pero palpable y real, cuya razón de ser es legitimar la relación física y la descendencia según principios extáticos.

Es demasiada mujer y da aprensión. Con una sola mirada se posesiona de todo: substancia, piedras, hechizos  y almas.   A tal causa que entre ella y Fermina Daza, uno se queda por afinidad afectiva con esta última, al ser ese relato - río Magdalena arriba y abajo en “El amor en los tiempos del cólera”-  donde la realidad deja de ser ilusoria, se humaniza y uno siente  los suspiros de una querencia pasmosa construidos de rechazos, separaciones y un  reencuentro que ya será en el tiempo literario perdurable.

 Tal vez sea peregrino expresarlo: entre Troya y Macondo, el entorno y la utopía se adhieren. El Mediterráneo y el Caribe son aguas acaloradas, buenas para la ensoñación, el desparpajo y las alegorías.

 

 

 

sábado, 14 de octubre de 2017

¡Ay España muestra!


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Al presente, al no haber aprendido nada del pasado, se sigue imponiendo  en la España nuestra de cada día un nacionalismo caduco  y decadente que, aparte de un descarrío, es una burda tergiversación de la propia verdad histórica.

¿Que los catalanes han luchado con empeño, bravía y denodadamente por obtener su propio estado? Cierto, sin embargo la realidad auténtica, real, palpable, es una sola: el país catalán solamente pudo ser verdaderamente independiente  durante una semana de 1641. A partir ese tiempo ha llovido lino, limón y ha proliferado el sabroso pan con tomate, “pa amb tomaquet”,  en la hermoso lengua nativa de Josep Pla.

Los lances independentistas  que se han venido sucediendo  tras el sufragio del  pasado 1 de octubre, con la capacidad operativa  de la CUP, partido anticapitalista y feminista que ha levando ronchas, es la  vuelta de tuerca que cada cierto tiempo, con virulencia, intenta sacar a Cataluña de España. Vano intento.

No hay ninguna duda: la  heredad catalana posee más prerrogativas que el resto de las comunidades españolas.  Es un predio mimado y, en honor la verdad, bien merecido. Representa una región  dinámica y de una personalidad innata  admirable, y seguirá siendo así hasta que todos los españoles lo decidan o no, dentro de otra nueva constitución. Con la Carta Magna actual es inverosímil, ya que la cesta con  los huevos de alondra ya están llenos. Sin ello, irrealizable una República Catalana.

 La frase se la reparten a partes iguales Carlos Marx y Napoleón III, sucediendo una debacle   cuando los desmadres se repiten “una vez como tragedia y otra como farsa”.

Al ser los conflictos  políticos una puesta en escena permanente, un descomunal espectáculo de tonalidades, en el presente drama el único resultado posible al final es  una nueva pantomima subiendo  a las tablas del Liceo barcelonés.

En un mundo interconectado como el actual, poco y mal se entiende el separatismo como “soberanía nacional” cuando en realidad no es posible en las presentes circunstancias; “nuestras sacras fronteras” - frase de cartón piedra -   o “valores de la raza”, son expresiones  rebuscadas y siempre a mano de los nacionalistas domingueros  a la hora de llevar sus entelequias hacia un reducto alicaído.

Siendo uno mismo ciudadano pleno de nuestro planeta azul, hay algo en nuestra cutícula que no lo puedo dar de baja: soy español de oficio y templanza. También de soledades. De manera ambivalente. Con frecuencia, soñador y gañán. Un producto típico de una casta repleta de huellas, arados, fe, dudas, coraje, poemas, noches perdurables y amanecidas espléndidas en cualquier parte de  esta piel arrugada de asno, toro o mula prieta, y es que   al buen decir de los historiadores Fernando García de Cortázar y José Manuel González Vesga:

“A veces, la conciencia de pertenecer a una misma familia y la lucha por defenderla del extraño se impusieron sobre cualquier pensamiento; otras, se exageraron  las diferencias, buscando romper los vínculos estrechados por los años entre las culturas peninsulares”.

Jorge Luís Borges  fue claro: “Si de algo soy rico es de perplejidades y no de certezas”. Sin duda plasma al carbón a la España de ahora mismo y de siempre, siendo así que  Eugenio de Nora expresara:

“España, España, España. Dos mil años de historia no acabaron de hacerte”.

En otras ocasiones y no tan  funestas como en la hora presente hemos mencionado: el individualismo en cada autonomía regional sin pensar en el mañana de todos,  está llevado a España a  un hueco ennegrecido. Quizás no se complete ahora mismo la malaventura anunciada, pero no hay duda,  sucederá.

Se puede – y aún así es imposible -   negar la existencia del nacionalismo cetrino y  aún con ello no se impedirá el deseo del secesionismo catalán  que en la última década  tomó el camino de la autocracia.

Hay algo en que los españoles coinciden a partir de aquella restauración nacional de 1978 tras la muerte del último Caudillo: la arremetida permanente del catalanismo independentista de Monserrat  racimado en su Monasterio  contra el Estado central, aún  cuando ninguna persona, absolutamente nadie, está sobre las leyes que todos hemos refrendaron en su día. Tampoco los hijos de la Moreneta  Mare de Déu, ni el san Jorge de Capadocia protector de la comunidad.

 

 

domingo, 23 de julio de 2017

Era un país para querer



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La Declaración de los Derechos del Hombre promulgada en  la Asamblea Nacional Francesa en 1791, base de las Constituciones democráticas  europeas, en su  enunciado  No. II  se lee textualmente: “El fin de toda asociación política es la conservación de los valores naturales e imprescriptibles  del hombre y la mujer.  Sus derechos son: la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión”.

Esto reafirma que cuando la ética se  desvanece bajo el poder absoluto, quien lo posee precinta la sociedad hasta alevosas alturas. 

A partir de ese instante malévolo, la separación de poderes constitucionales  brilla por su ausencia, al estar cada uno de ellos bajo su propia égida, y ese “valer sin límites” obliga a ser injertado en un referente de legalidad falso; cuando  esto suceda, el mandamás no necesitará otra legitimidad que la suya propia.  Hablará en ese instante en nombre del pueblo sin el pueblo y fusionará en sí mismo  cada uno de los slogans que moldearán su figura en los resortes de la llamada “patria reaurgida”.

Nada nuevo, aunque sí espeluznante, al  ser el conocido grito de Hess en la gran manifestación de partido nazi en 1934 a favor de Hitler.

 El caudillo, jefe del Estado en ese instante,  lo será igualmente del partido, gobierno, fuerzas armadas y todo a la lobreguez y  designio del Comandante-Presidente.

Cada acción  de dominio requiere un impulso de combate, y el líder lo  enunciará con vehemencia para que nadie pueda tener un resquicio de duda.

El desaparecido Hugo Chávez lo expresó con palabras florentinas  al forjar la Constitución de la República Bolivariana: Su páter ideológico poseía una inteligencia inherente.  A los escasos que le asediaban les dijo: “No tengo, es lamentable, un adversario con el que uno pueda sentarse a conversar de política; si así fuera,  yo no tendría problema en hacerlo”.

 Tampoco  le cruzó por su entelequia de que alguna vez lo haría. Ni  lo intentó. El ordeno y mando castrense era su único lema palmario. Fidel Castro, el día que  los intelectuales cubanos empezaron a  hacer gallitos de libertades, los cortó de cuajo al lanzarles estas inclementes palabras: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho”.

Había nacido el “Caso Padilla” y la ruptura entre dos autores ilusionados con aquella marabunta ideológica ya de claro aire marxista: Gabriel García Márquez, se quedó,  Mario Vargas Llosa, hizo sus valijas.

En Caracas Hugo Chávez primero, y ahora Nicolás Maduro, abatieron el coloquio con sus contrincantes ideológicos. Todo ego emanado del poder ofusca,  y eso ayudó  a olvidar que una de las cualidades  que hizo al hombre quinientos años antes de la era cristiana humanista, fue la singular costumbre de la conversa.

Sin esa condición  prodigiosa la cultura occidental sería inconcebible, y  la palabra diálogo, peana de una habilidad responsable,  se vuelve hueca, vacía y sepultada. Siendo así,  que la Venezuela de ahora mismo se halla introducida dentro de un nublo peligroso.

Chávez subrayó en infinidad de ocasiones que él no tenía contrincantes ideológicos, sino  enemigos, y con ellos,  plomo parejo. Su revolución fue armada y él un animal de guerra, un soldado, como le agradaba decir. Ni pedía ni daba cuartel. Se sentía guerrero elegido en cónclave divino por los dioses.

Pronunció una frase agorera  obtenida en algún viejo texto sobre la guerra,  que le retrataba de cuerpo presente: “El líder no se somete a las masas, sino que actúa de acuerdo con su misión. No adula al pueblo ni lo ama. Duro, implacable, toma la espada tanto en los buenos días como en los malos”.

Todo mandamás de turno, cuando cree haber logrado la obediencia absoluta, lleva al país que gobierna   al degolladero. La historia venezolana está  colmada de esos  magros sucesos.

La situación de la nación,  dramática ahora, es el  reflejo de un enfrentamiento épico cuando la responsabilidad está huera de valías republicanas.
Es incomprensible que una heredad de portentosas riquezas y con un pueblo altamente preparado, haya podido llegar  a la apesadumbra situación en que se encuentra hoy.

jueves, 20 de julio de 2017

De Troya a Macondo


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En ese tiempo nos encontrábamos en la mediana edad de nuestra  vida y  la mayoría de los anhelos seguían intactos.  Sentados bajo los capiteles del templo dedicado a Artemisa en la ciudad de Éfeso, mirábamos  cambiar la luminiscencia del día, y así, tras una brisa,  venía un manto de sombras, ahora granas, ahora grises. Al anochecer el viento era suave y henchido de nostalgia.

Las cercanas rocas de mármol nos llamaban con voces  y sonidos de flautas.  Allí nos hicimos disminuidos ante la armonía musical que penetraba  por nuestros ojos  y era vedada a los oídos.

Con  ese equipaje mitológico cada hombre, mariposa o criatura proteica, es una copia caprichosa de la memoria cuando a ésta la cubre una neblina traslúcida que parecía salir del agua.

Recordamos la palabras de Heráclito de Éfeso: “Nadie se baña en el mismo río dos veces”,  de la misma forma que sin los versos de Homero – al decir de Solón en las páginas de “Troya”  descritas en  la novela de Gilbert Hafez -  nos hundiríamos  en la más completa incultura.

Realizar ese viaje a la ciudad del conocimiento  occidental o leer la novela, deberíamos hacerlo aunque fuera una sola vez en la vida. Igualmente ir a Roma, Jerusalén o La Meca. Si lo consiguiéramos, hallaríamos las raíces de nuestra peculiaridad como seres compasivos. También la vena religiosa, aunque esto sea ya  una ecuación púdica  particular de cada uno.

Sobre la epopeya narrativa  confluida en Ulises, Paris y Aquiles, el Mediterráneo es una mundología de fondo. Es más, la cultura de ese entorno civilizador surgió en allí. Igualmente la filosofía, las humanidades, La Biblia y El Corán,   los dioses paganos, el amor como motor de las pasiones y hasta las brutales  guerras manaron en esas orillas. Su arena fina cercana a los madroños, palmeras, naranjos, pinos negros, lirios, alhelíes, claveles, olivares y  lantanas, envolvía por igual la  crueldad y la ternura. Las ideas, el mito, la prosa, el teatro y la poesía se hicieron urbe mientras se despedazaban  olas ariscas contra los acantilados. Con el mismo ímpetu llegaron en bandas pasmosas la cosmología y  la “politke”.

 Cuando llegamos al Caribe y  leímos hace ahora 40 años “Cien años de soledad” – está al cumplirse el medio siglo de su publicación en Buenos Aires tras un periplo dificultoso -  descubrimos con pasmo otra dimensión, en  que el asombro era un portento,  al igual que  la magia, el sortilegio, la alquimia y la irisación perturbadora de la ciénaga. Desde entonces necesitamos un poco menos a Ulises.

Macondo - la Troya moderna -  era un pueblo marcado por la fantasía y el tiempo imperturbable, donde había unos gitanos vendedores de todo lo imposible y un  cambalache de personajes  en cuyo epicentro una mujer, Úrsula, era la representación genuina del matriarcado ginecocrático, el cordón umbilical de una historia interminable donde la pasión envolvía  cada acto de la realidad circundante en una marisma sexual y violenta.

Con  ella uno entendió a la mujer como una cadena invisible, palpable y real, cuya razón de ser  reafirma la relación física y la descendencia según principios estáticos.

Es demasiada hembra y da miedo. Con una sola mirada se posesiona de todo: piedras y almas.

  Ella, personaje central de la novela de García Márquez, es  segmento integral de una ceremonia de iniciación esotérica, pues  en la trashumancia de luz, sombra y adivinación, la mujer renace en círculos de efusión, demencia y arrebatos, de tal forma que sus  alucinaciones son parte íntegra de la realidad, tal como la agorera troyana Casandra.

Sobre ese equipaje sobrenatural y mitológico, alguien señaló que cada hombre o criatura proteica de  la novela,  es una copia caprichosa de la memoria cuando a ésta la cubre una neblina de bruñida aislamiento.

En esas páginas de Gabo cruza la historia de la Tierra en un santiamén, es decir, en un ciclo de cien años donde vamos de la prehistoria de la nuestra raza hasta el Apocalipsis. Y en medio se expande, más allá de sus propias posibilidades, la esencia femenina.

Razonablemente, sea chocante  o un desatino, creemos que entre Troya y Macondo, Homero o García Márquez  el entorno y la invención subliminal es la mismo. El Mediterráneo y el Caribe son aguas acaloradas, encharcadas de leyendas siempre rumbosas y abiertas  para la ensoñación, el desparpajo, la mamadera de gallo y las alegorías recubiertas de creativas invenciones sorprendentes.

Tanto Homero como Gabo retratan a los seres humanos en un mundo tenebroso de realidades que nos parecen irrazonables y encierran la verdad de nuestra existencia con sus miedos descomunales y unas esperanzas permanentemente elevadas sobre el horizonte. En La Ilíada,  igual que en la ciénaga colombiana, todo está repleto  de conflictos  y desventuras sin soluciones que sujetan la esencia de seguir indisolublemente existiendo.

sábado, 3 de junio de 2017

Venezuela: un país de todos










Escribir en estos momentos unos párrafos centrados en  Venezuela, el terruño que más motivaciones ha dejado en nuestro espíritu, es ir deshaciendo las hojas de una existencia con pocos sobresaltos  hasta llegar  a la sangrienta situación actual.

Cada noche, en la ciudad mediterránea donde ahora resido, a partir de los días  en que comenzó el pueblo venezolano a salir a las calles demandando valores democráticos, veo el telediario español con las  imágenes que escarchan,  y sobre ellas nos vienen a la memoria  los versos contritos de Eugenio Montejo:

“El tiempo ahora no me habla de la muerte, es esa ciudad ya no vivimos. Y no es que me olvide de morir cada instante junto a las hojas, los árboles, el viento. Muero lo que puedo, pero no me adelanto”.

Venezuela, sin ella merecerlo y con profunda aflicción, se está bebiendo a sorbos  un vaso desbordado de cicuta.

 En la mantuana Caracas,  los balines, gases, metras y   perdigones  están amputando de cuajo lo anhelos de docenas de muchachos camino de ser ramalazos refulgentes de un futuro actualmente macerado. Observado esa apesadumbrada situación se llega a la conclusión de  que los actuales mandamases poco apego sienten – salvando sus propios intereses - hacia valle de los toromaimas.

Existe una teoría cíclica basada en el desarrollo de las civilizaciones, en  que éstas no son sino el resultado de la respuesta de un grupo humano a los desafíos que sufre, ya sean naturales o sociales.

A partir de esa  conjetura, unos pueblos  crecen y prosperan cuando su respuesta a un desafío liberal no sólo tiene éxito, sino que estimula una nueva serie de retos centrados en la separación de poderes; una nación decae como resultado de su impotencia para enfrentarse a  unos gobernantes que han resquebrajado los zócalos democráticos. 

 Es ineludible: o se dialoga con total abertura o el despotismo  nos cercena, ya que el país  deberá ser cabalmente de todos  Tarea nada fácil de conseguir  si la persona llamada a tomar el hilo de la convivencia, creyéndose  ungido con la verdad, intimida a sus contrarios con la conflagración.

Ante tan punzante situación, la animadversión ha llegado los extremos más exacerbados.  Aventurarse actualmente a una Asamblea Nacional  Constituyente es manifestar con exceso que la Constitución de la Republica Bolivariana firmada en 1999 es un total fracaso del Comandante fallecido.

Ante esa “verga seca” del velero, la herencia de Hugo Chávez hizo agua, y mientras el nuevo timonel que maneja el barco no lea bien las cartas de navegación,   la embarcación – país se estrellará contra los arrecifes.

Fue Thomas Mann en “Fragmentos de la libertad”, un escrito hilvanado  en la complejidad de una época apabullante - el resurgimiento del nazismo-,  quien  planteó  la necesidad de ser honestos ante la libertad,  la única opción   válida  para la dignidad humana.

 El Gobierno no está dispuesto a  ceder ni un ápice, se empecina en llevar adelante su proyecto excluyente, siendo a razón de esa dureza que el sendero de la democracia, aún estando  arqueado de obstáculos  y saturado de de fuerzas antimotines, debe llegar a ganar los  derechos inalienables  que corresponden a cada ser humano. Todo hombre o mujer es libre por el mero hecho de serlo.

 En sus historias florentinas Maquiavelo se preguntaba: “¿Habéis considerado lo que significa  la libertad en una ciudad como ésta, y cuan gallardo es el nombre de la libertad, a la cual ninguna fuerza doma, ningún tiempo consume y ningún mérito contrapesa?”.

 No es ésta una frase al  voleo, ella encierra el sentir de una sociedad que busca su destino aún  sobre intolerancia y la imposición de parámetros ideológicos no cónsonos con su natural  idiosincrasia.

Los movimientos sociales nacieron pataleando sin descanso, una y otra vez, miles de veces: delante se levantaban, impidiéndoles el paso y sus cantos,  piquetes, alambradas, barreras policiales, tanquetas, gases y la voz ronca de uniformados castrenses sosteniendo en sus timbales ocultos en las gargantas yertas,  órdenes represivas  venidas del lúgubre  palacio del autócrata contra la humanidad  de la protesta.

Cuando este drama  llega a su punto más álgido,  la obediencia se torna adulación y  la decadencia púdica  se babea ante  el rastrerismo  yerto.

La hora amarga ha rebasado la pasividad; el aire sabe a azufre, los cielos nublados y la desesperanza  hace tiempo anidaron en el alma. Ya no hay ilusiones, sino aterradoras pesadillas y solamente a lo lejos tal vez exista un resquicio de ensoñación.

Ese día, cruzar la tramontana de la angustia y la consternación dependerá únicamente de cada uno de aquellos venezolanos creyentes en los valores imperecederos de la  democracia.

No son palabras huecas. Es el clamor del espíritu  al contemplar las rapacerías  contra este pueblo herido hasta el tuétano.