sábado, 3 de junio de 2017

Venezuela: un país de todos










Escribir en estos momentos unos párrafos centrados en  Venezuela, el terruño que más motivaciones ha dejado en nuestro espíritu, es ir deshaciendo las hojas de una existencia con pocos sobresaltos  hasta llegar  a la sangrienta situación actual.

Cada noche, en la ciudad mediterránea donde ahora resido, a partir de los días  en que comenzó el pueblo venezolano a salir a las calles demandando valores democráticos, veo el telediario español con las  imágenes que escarchan,  y sobre ellas nos vienen a la memoria  los versos contritos de Eugenio Montejo:

“El tiempo ahora no me habla de la muerte, es esa ciudad ya no vivimos. Y no es que me olvide de morir cada instante junto a las hojas, los árboles, el viento. Muero lo que puedo, pero no me adelanto”.

Venezuela, sin ella merecerlo y con profunda aflicción, se está bebiendo a sorbos  un vaso desbordado de cicuta.

 En la mantuana Caracas,  los balines, gases, metras y   perdigones  están amputando de cuajo lo anhelos de docenas de muchachos camino de ser ramalazos refulgentes de un futuro actualmente macerado. Observado esa apesadumbrada situación se llega a la conclusión de  que los actuales mandamases poco apego sienten – salvando sus propios intereses - hacia valle de los toromaimas.

Existe una teoría cíclica basada en el desarrollo de las civilizaciones, en  que éstas no son sino el resultado de la respuesta de un grupo humano a los desafíos que sufre, ya sean naturales o sociales.

A partir de esa  conjetura, unos pueblos  crecen y prosperan cuando su respuesta a un desafío liberal no sólo tiene éxito, sino que estimula una nueva serie de retos centrados en la separación de poderes; una nación decae como resultado de su impotencia para enfrentarse a  unos gobernantes que han resquebrajado los zócalos democráticos. 

 Es ineludible: o se dialoga con total abertura o el despotismo  nos cercena, ya que el país  deberá ser cabalmente de todos  Tarea nada fácil de conseguir  si la persona llamada a tomar el hilo de la convivencia, creyéndose  ungido con la verdad, intimida a sus contrarios con la conflagración.

Ante tan punzante situación, la animadversión ha llegado los extremos más exacerbados.  Aventurarse actualmente a una Asamblea Nacional  Constituyente es manifestar con exceso que la Constitución de la Republica Bolivariana firmada en 1999 es un total fracaso del Comandante fallecido.

Ante esa “verga seca” del velero, la herencia de Hugo Chávez hizo agua, y mientras el nuevo timonel que maneja el barco no lea bien las cartas de navegación,   la embarcación – país se estrellará contra los arrecifes.

Fue Thomas Mann en “Fragmentos de la libertad”, un escrito hilvanado  en la complejidad de una época apabullante - el resurgimiento del nazismo-,  quien  planteó  la necesidad de ser honestos ante la libertad,  la única opción   válida  para la dignidad humana.

 El Gobierno no está dispuesto a  ceder ni un ápice, se empecina en llevar adelante su proyecto excluyente, siendo a razón de esa dureza que el sendero de la democracia, aún estando  arqueado de obstáculos  y saturado de de fuerzas antimotines, debe llegar a ganar los  derechos inalienables  que corresponden a cada ser humano. Todo hombre o mujer es libre por el mero hecho de serlo.

 En sus historias florentinas Maquiavelo se preguntaba: “¿Habéis considerado lo que significa  la libertad en una ciudad como ésta, y cuan gallardo es el nombre de la libertad, a la cual ninguna fuerza doma, ningún tiempo consume y ningún mérito contrapesa?”.

 No es ésta una frase al  voleo, ella encierra el sentir de una sociedad que busca su destino aún  sobre intolerancia y la imposición de parámetros ideológicos no cónsonos con su natural  idiosincrasia.

Los movimientos sociales nacieron pataleando sin descanso, una y otra vez, miles de veces: delante se levantaban, impidiéndoles el paso y sus cantos,  piquetes, alambradas, barreras policiales, tanquetas, gases y la voz ronca de uniformados castrenses sosteniendo en sus timbales ocultos en las gargantas yertas,  órdenes represivas  venidas del lúgubre  palacio del autócrata contra la humanidad  de la protesta.

Cuando este drama  llega a su punto más álgido,  la obediencia se torna adulación y  la decadencia púdica  se babea ante  el rastrerismo  yerto.

La hora amarga ha rebasado la pasividad; el aire sabe a azufre, los cielos nublados y la desesperanza  hace tiempo anidaron en el alma. Ya no hay ilusiones, sino aterradoras pesadillas y solamente a lo lejos tal vez exista un resquicio de ensoñación.

Ese día, cruzar la tramontana de la angustia y la consternación dependerá únicamente de cada uno de aquellos venezolanos creyentes en los valores imperecederos de la  democracia.

No son palabras huecas. Es el clamor del espíritu  al contemplar las rapacerías  contra este pueblo herido hasta el tuétano.

 

 

sábado, 6 de mayo de 2017

Cartas del Sava y el Danubio



Ilustración de Oswaldo Dumont, diario El Universal, Caracas

A secuela  del sentido vertiginoso de la vida actual son cada vez menos las cartas que se escriben a mano. Ni los inflamados  enamorados lo hacen. Es más fácil enviar un E-mail, comunicarse a través del correo electrónico, usar el celular, que hacer uso del papel y la tinta para  expresarnos, unos a los otros,  los acontecimientos cobijados entre el  pliegue del aliento

 Los tiempos actuales  son diferentes y con ellos debemos transitar;  no  ayudará en demasía perpetuar épocas  anteriores aún habiendo sido algunas de ellas vivenciales, emotivas o plausibles en instantes que creemos mejores. Aún así, no traspapelemos apresuradamente los recuerdos entre las hendiduras de la piel, dejémoslos florecer.  Nunca lo que nos rodea desaparece plenamente   en el tobogán del tiempo inexorable. Quedan matices y ecos de una añoranza ahora languidecida.

A lo largo de nuestra  dilatada existencia he sido un empecinado  escribidor de epístolas. Marcharon en desbandada docenas. Entre ellas, se arrulla sobre el recuerdo la emotiva  trilogía  inundada  de “Cartas a Patricia”.  Esos libros los he hallado en diferentes lugares en mis corridos ambulantes en lugares tan remotos como  Mahbes de Escaiquima en el Sahara Occidental, la Isla de Capri o  San Juan de Puerto Rico,   y aunque fueron escritos sin mediar ningún valor literario, un pedazo humedecido  de mi dubitativa existencia se halla en esas páginas ahora cubiertas de mohín sobre cuero áspero. 

Existió una época en que el género epistolar  tuvo efecto tan firme como el teatro, la  novela o la poesía en las plumas de grandes precursores de la talla de Chateaubriand, Pascal, Montesquieu, la marquesa de Sevigné, Talleyrand, Rousseau, el mismo Napoleón, Remusat,  lady Montagne, Richardson, Simón Bolívar y  nuestro admirado lord Chesterfield.

Siendo así que ahora el cartero del barrio, vivaracho y abierto a la hora de  zurcir con ahínco  la hebra cuando de mozuelas se trata, nos entregó a mediados  de la pasada Semana Santa  dos cartas venidas de Serbia.

Zalamero y curioso pregunta de dónde son los sellos. “De los Balcanes”, le señalo. “¿Lejos?” inquiere. “No demasiado,  forma parte de la desmembrada antigua  República Socialista de Yugoslavia”.  Nos mira con algo de pasmo y se aleja a continuar su bienhechora tarea.

Los amigos dejados en Belgrado han ido regresando en forma de mensajes, pequeñas misivas de un papel tenuemente azulino. Hablan  de evocaciones, paseos entre los abedules, castaños y robles del Parque Kalemegdan, rememorando noches de poesía, sémola y afectos, en las orillas en que  el Danubio y el Sava se unen suavemente formando un encuentro querendón. 

Estas hojas de papel eslavas traen remembranzas y  esparcen evocaciones de humedad al leerlas.

En el centro de  la ciudad se alza el Café Moscú.   Cada  noche una reducida orquesta de violines sumerge el local en unos sonidos que, más que notas musicales, son  el apesadumbrado pentagrama de una doliente guerra ya concluida y que aún así  continúa taladrada en el fondo del local  y clava los recuerdos quejumbrosos en la piel de los tertulianos que sufrieron aquella  abatida malaventura.

Los violines gemían; de sus cuerdas emergían  lamentos en memoria  de los familiares y amigos perdidos en los campos de Bosnia y Kosovo.

Pudieron haber existido razones para tanta  barbarie en Yugoslavia. Una tal vez sea la venganza de la Historia, de la cual habla Hermann Tertsch; otra, acaso  más real, la de los pueblos fáciles de moldear a cuenta  del carisma de un solo hombre.

Europa ha tenido perennemente líderes rayando en la enajenación  y tras sus ideas, barahúndas y alaridos cual plaga de termitas, pueblos completos marcharon   en una misma dirección a inmolarse con la intrepidez de salvar una patria que ya estaba tiempo hace desmigajada.

Entre las dos tremebundas guerras mundiales surgieron media docena de iluminados representando un ramalazo de dolor incomprensible, el mismo que parece perdurar acongojado  en los violines. Las cuerdas poseen sonidos que avisan de la marabunta que viene acercándose como orugas ponzoñosas. No será ahora mismo, pero sin duda regresará igual  al aullido del lobo en la estepa.

Esos instrumentos de cuerdas con olor a cerezos floridos característico de las vendedoras ambulantes escondidas en cada esquina de Belgrado, nos acompañaron en nuestro peregrinar, y aún nos siguen hablando del sentido desencajado que la muerte y la vida tienen en esas tierras.

 El día antes de la despedida descendí a la orilla en el que las aguas  del Sava  y el Danubio se unen. Tomé un puñado de arena. Ahora se halla  dentro de un frasco azulino mientras hilvano estas palabras que, igual a la existencia misma,  son aspavientos empujando evocaciones.
Mirando la arenisca, percibo  el cenáculo de amigos  y escucho las asonancias de los  violines. Es un fragmento más de vida saliendo a nuestro encuentro.

domingo, 16 de abril de 2017

Luz y sombras chinescas














 
 
 
 
 
 
 
Suelo ir poco al  cine. Soy de la cosecha de “Ciudadano Kane”,  “Campanas de medianoche”, “Casablanca”, “La diligencia”, “Ladrón de bicicletas”, “Esplendor en la hierba”,  “Muerte en Venecia”, “El gatopardo”, “Viridiana”, “Doctor Zhivago”, “El espíritu de la colmena”  o “Cinema Paraíso”, rancios alcoholes cuando la recolección se hacía a mano y se seleccionaban  las mejores  uvas del viñedo de ese campo llamado   luz y sombra del alma.

Los entendidos del Séptimo Arte nos recuerdan que antes de morir deberíamos ver  500 películas. Es una lástima, ya no dispongo de tiempo.  En otra existencia quizás será.

Hace unos días he leído unos apuntes de Alfred Hitchcock  envueltos en un sobresalto de atracción fatal y casi mítico, ya que el británico tenía la perspicacia de hacer del miedo una manera de fingir sus aprensiones.  

 De él hemos visto “39 escalones” y “Rebeca”, y esto en tiempos lejanos, es decir, cuando las películas eran en blanco y negro y con esos dos matices se creaba un amplio pentagrama de irisaciones de luz.

 Hacia el año 1963, cuando realizó “Los pájaros”, todos, inexplicablemente,  nos asustamos a pesar de pertenecer a una generación de la posguerra con lo doliente y siniestro que eso significaba. En  aquel tiempo nos dimos cuenta del nacimiento  de un mago del regodeo, aunque había instalado turbación en todos los poros de las escenas  desarrolladas en   la mampara nívea.

De una familia católica, en un país protestante, Reino Unido, le vino al chiquillo un sentido de la disciplina estricto, mientras en el colegio de los jesuitas de Essex  sintió  la represión. También las dudas y la soledad.  Un combinado difícil de asimilar en la mente escaldada de un joven soñador. En su biografía  hay estas palabras: “El miedo ha influido en mi vida y mi carrera.”

 La estricta moralidad represiva de su entorno familiar lo fue puliendo hasta convertirlo en un inmaduro introvertido repleto de extrañas culpabilidades. No es casual que esa opresión aparezca posteriormente  en forma de fetichismo en cada escalón de su obra cinematográfica.

Uno suele ser siempre imagen y semejanza de las experiencias que padece.

Acudía todos los días al Museo de Scotland Yard de Londres, obsesionado ante  la escenografía de los grandes criminales y sus historias. También coleccionaba con interés anormal todo lo que los diarios publicaban sobre asesinatos. Llegó a tener miles de fichas, un gran apoyo para los guiones cinematográficos que después realizó.

 En el campo literario, Edgar Allan Poe y su poema “El cuervo” lo marcaron, mientras Luis Buñuel, Jean Cocteau – “Los niños terribles” - y Epstein,  lo  laceraron hasta marcarlo  en profundidad.

 El cine – su mundo - es manipular al espectador  y someterlo al ritmo de la historia que se cuenta.  Alfred Hitchcock lo hizo como nadie,  y uno,  aún hoy, no viendo muchos filmes, sigue atrapado en su alto  trapecio sin red.

 Y es que el  llamado Séptimo Arte, aún siendo luz sobre sombras chinescas,  manipula los sentimientos, hace aflorar pasiones escondidas, revolotear sensaciones nuevas,  al ser  el duermevela  de las cadencias que jamás podremos poseer en las comisuras del espíritu aventurero.

Quizás no acuda al cine debido   al temor de no asumir la misma vida que la pantalla refleja.

Aceite de Argan y miel






Plaza Jemaa el Fna


A conciencia de un espacio interior tornado afinidades afectivas,  los breves viajes realizados al comienzo del año como aviento de los vaivenes interiores, nos hacen partir de ese lago de nombre mar  Mediterráneo hacia las bifurcaciones del Magreb, y de ahí  al encuentro de Marruecos. Dos horas en las alturas nos llevan al país de las especies con sabores a comino,  tomillo, incienso o el hinojo anisado. Aterrizamos en Casablanca.

Partiendo de esta ciudad de raza berebere, arrasada con las cimitarras almorávides y colonialismo  francés - dependiendo de la brújula que sostiene el  ánimo -  nos volvemos transeúntes en Rabat, Fez o Marrakech,  al encuentro de la inmensa cordillera  Atlas con bancales uncidos   a la novela “El cielo protector” de Paul Bowles y sus enebros rojos.

La antigua capital del imperio alauita, Marrakech,  le sabe al andariego a  chumberas, salmuera, vinagre,  palmerales tejidos a mano con hilos verdes  en el “Jardín Majorelle”  de Yves Saint-Laurent; clavo, aderezo y canela; murallas y barro rojizo, placitas y callejuelas, guardan aún jirones de un amor arabesco  arrancado  de una distante mocedad  encanecida.

 Tras un  tiempo de diásporas, retornamos al encuentro del cuero repujado donde incliné mi cabeza en una morada, tras la tumba de Ben Tachfine,  regada con agua de rosas y aceite de Argan  en la que Douniya, día y noche, frotaba sus cabellos azabache de odoríferos sensuales.

Un día, acurrucado en un tapiz  tejido en el valle  de Ait Mizane, en esa hora en  que la luz de la tarde comienza a menguar, escuché unas estrofas  populares  entonadas en la voz de mujeres tuaregs -  berebere de piel blanca -   bajo el cobijo de una jaima:

“Los días caminan lentamente como un rebaño de corderos que la noche arroja de sus pastos - ovejas blancas,  ovejas negras - .

Se alejan en el tiempo hacia el refugio de los merrah ignorados,  donde  reposa todo lo que fue y ya no lo es.

 Los días vuelan rápidos y apresurados sobre las largas olas silenciosas igual a  ibis en el campo”.

 Durante unos  años, el desierto del Sahara Occidental  formó parte de nuestra  existencia mezclada de vientos  lanzando el siroco dentro de  los cuencos con  leche de dromedaria. 

A partir de entonces estamos cimentados de una arena  que ha  moldeado nuestro  carácter y, aún siendo taciturno, es ahora  más  tolerante debido quizás a la extenuación de la edad.

 ¡Cuánta remembranza! Otra vez mirando  el céfiro desmelenado y la sorprendente serranía del Atlas. Igual a otras mañanas, hablamos de anhelos depositados en el suelo de la  manta de dormir  en un recodo del río seco, lugar en que las gacelas siguen buscando  la frescura  de las primeras brumas de la noche estrellada.

  Ese olor a té verde lo conocemos; el espíritu  está impregnado de él, saborea el relente de la piel y adormece con suavidad  los párpados.

A partir de cosechas inmemoriales, las tribus  bereberes venidas de las estribaciones de las cumbres y el desierto  bajan hacia Amara – Alá bendiga la ciudadela santa de los “hombres azules” -, se sientan a descansar al conjuro de los suntuosos alcázares y las murallas que circundan el parque  Abdel Salaam  y la puerta Aidi Fib.  

Cada año, ya en época del gran Mulay Ismail, descendientes jerifianos  del profeta Mahoma rendían pleitesía a los sultanes de Marrakech y colocaban bajo su protección a las distintas tribus  nómadas de la misteriosa región, tan extraña y profunda como un cuento de Paul Bowles al  desgarro del  antiguo “Café  Glaciar”, con su galería única hacia la plaza  Jemaa el Fna - conocida como “Asamblea de los muertos” -  un mosaico del mundo humano de Marruecos,  en el que una inmensidad de tenderetes ofrecen lo inimaginable dentro de una barahúnda organizada.

En Jemaa el Fna todo se consigue. Es un espectáculo imponderable, asombroso. Allí se acude sentir, palpar, absorber, degustar platos rebosantes de especies, saborear té de menta, escuchar músicos improvisados  y pasmarse ante unos monos remontando a nuestra espalda o serpientes adormiladas que un flautín hace subir del suelo empolvado.  

Al presente, sus matices, el cuadro de irisaciones se vuelve similar  y  a la vez diferente. O quizás ya no sean igual las reminiscencias turbadoras, al ser sombras reales o inventadas. Nadie  trasmuta la plaza,  ella sigue ahí convertida en algarabía bulliciosa.

Estando en ella uno se embulle en su mundo absoluto, relámpago que obliga a escuchar las más pasmosas historias de Aladino o Simbad el Marino; ver aguadores de coloridos atuendos y añejas adivinadoras con cartas de Beirut, mientras doradas turistas nórdicas idealizan  con ser raptadas por  un mercader de esclavos y  llevadas a disfrutar una luna  de lujuria en los aposentos del hotel  La Mamounia,  en donde cada una de ellas será una nueva   Sherezade del serrallo.

Ají con ron venezolano




Resultado de imagen de el ron venezolano


A razón de cambio climático que es real y amenazante en las costas mediterráneas -   mar de civilizaciones, cántaros de miel, almendros, vino macerado, chumberas, limoneros, alcornoques, madroños, olivas en salmuera, filósofos y poetas - ,  la piel se empapa  de sudores y requiere, traído del Caribe venezolano,  ron blanco con ajíes  cortados en cuadritos  para amainar el sofocón.

 En los pueblos erráticos de la España de secano, las bicicletas, sin  dejar de ser sociales y realistas, han sido el vínculo de esos amores de temporada entre las alamedas y las riberas de las charcas o riachuelos  en  los pequeños burgos,  solitarios  el resto del año.

A tal causa,  la cuartilla reblandecida de hoy se humedecerá de ternura veraniega, lejana y mustia en las comisuras hendidas de la propia esencia interior.

Al haber sido jóvenes alguna vez, entrevemos ansiadas locuras de ardor  vividas, ahora convertidas en briznas de brisa sobre un pliegue del alma.

 Se ama, y uno a fe cierta ignora la razón; es un tumulto  crecido al ritmo de una enredadera. Aún así, es hermoso. Solamente el amor nos hace libres y por él existimos.

Al cronista le es fácil escribir de atrevimientos ardorosos. Desde  siempre, cuando del duendecillo travieso, ciego y lanzador de dardos se trata, nos sustentamos  sobre lo que han dicho los poetas de esa esencia sempiterna. Hay una larga lista:

Arcipreste de Hita, Petrarca, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Góngora, Pessoa, Kavafis, Gustavo Adolfo Bécquer,  Gabriela Mistral, Neruda, Juan Ramón Jiménez, Roberto Graves, Ángel González, Olga Orozco, Vicente Huidobro, Pedro Salinas, Jaime Gil de Biedma, Rafael Cadenas y tantos otros  abiertos al viento acariciador de las querencias afectivas.

Sabemos,  por experiencia,  que el amor jamás decrece; a lo más, llega a arrinconarse un tiempo en las suturas de nuestros anhelos interiores y espera allí, como los segadores,  el tiempo de la sementera, para recoger el fruto de la tierra empapada en sudores, convertido  tras la fermentación en el pan nuestro de cada día.

Un clérigo mundano, Lope de Vega y Carpio, escribió con ufano acento que la razón de todas las pasiones es el amor. De él nacen la tristeza, el gozo, la alegría y la desesperación. ¡Cuánto sabía!

 Los diálogos de ese “miramelindo” – decía Rafael Alberti -  son cual una alegría entre el fuego y el hielo, una irisación de luz penetrando por la claraboya entreabierta de la piel.

Al trasluz de la ventana escuchamos bajo el balconcillo de la vereda de Chacaíto:

- Niña, ¿a quién buscas tan de mañana?

- Al amor.

- ¿Se habrá perdido?

- No, se lo llevó la brisa taciturna, pero volverá.

 Y es cierto. Esa pasión suele regresar maltrecha, herida, con gran sed interior, aunque lo haga acompañada de su perpetuo lazarillo: la fogosidad taladrada de cicatrices.

Y es que amar, ahora y siempre, es vivir por encima de las tumbas.

Cuando todo desaparezca y el cielo garzo se vuelva imperecedero, en el espacio existirán pequeñísimas partículas recubiertas de la esencia primogénita con la que Dios hizo el mundo: motas de  ternura.

 Es creencia firme  que  la esencia del amado y la amada  se unirán un día más allá de las constelaciones, para seguir caminando  sobre los senderos, allá  donde la eterna grandeza  se hace poesía y trigo. 

A  lo lejos alguien canta:

“Tengo un  libro en donde escribo / cuando me olvido de ti. / Es un librito de pastas negras /  en donde aún nada escribí”.

Pidamos, mientras se dulcifica la espera,  otro ron venezolano con  ají.





 
 
 
 
 

Carmen, amorosa y lasciva




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Relatan crónicas medievales que los grandes señores de la guerra solían llevar una idea de la batalla arrancada a los  ensueño alucinados, un submundo de personajes en el que nunca faltaban rameras, titiriteros, magos, monjes, bufones, escribas, músicos y mercachifles de  baja calaña.

  Y esto a recuento de  una razón: cada conflicto pendenciero era una puesta en escena, con la salvedad de algunos muertos dispersos  sobre el campo.

  Ya en el siglo XVII,  los italianos crearon una especie de “beligerancia” musical y alguien  lo llamó “Opus” (obra) cuyo plural latino es ópera, una representación dramática cantada. Y así, tomando un poco del teatro griego clásico, llegamos a los textos y partituras actuales cuando  el “Bel canto”, con las nuevas técnicas vocales y las diversas escuelas, se terminó convirtiendo en un  arte sorprendente.

 Dicho divertimiento cortesano ha servido para llegar entre el romanticismo centroeuropeo de Wagner y Berlioz a las partituras de Georges Bizet, cuya obra musical  más conocida es “Carmen”.

 Bizet tejió una música arrebatadora, trágica y romántica. De no ser así, el argumento surgido de la novela de Prosper Mérímée sería el panfleto  de una España  pavonada de panderetas. También de un olé patético tras una verónica de celos a la orilla del Guadalquivir.

El parisino salvó a “Carmen”, la hizo inmortal, y hoy sus amantes la reverencian  con exaltación.

 La cigarrera sevillana  se volvió  mito, y cualquier galantería que se haga con ella no la hará perder ni un ápice de su grandeza.

Y al ser considerada como una genialidad escénica,  fue en alguna ocasión representada  de forma bufa, y eso, si cabe,  le hizo más perdurable; y lo dice  uno que contempla las grandes óperas igual a los amores idos: de tarde en tarde y  en  el recuerdo.

  Hace  un tiempo Nápoles,  en una pausa camino a la isla de Capri,  conseguí contemplar  a ese genio de la escena llamado Jérôme Savary representando la música  de Bizet con un montaje trasgresor y polémico, llenando la pieza de enanos, toreros y personajes  arrancados de los ensueños  Federico Fellini en la cinta “Amarcord”.

 No faltaron travestís, tricornios, amores sáficos, rumba, cuernos y manzanilla.  Allí, en el Teatro San Carlos, adosado al Palacio Real, obra del arquitecto Domenico Fontana y frente a la Galería Humberto, Savary resucitaba el mito de la cigarrera con un proceder escandaloso y general a su vez.

El experimento  se asentó en una parodia que reinterpreta mordazmente el libreto y la partitura originales. De hecho, Carmen sobrevive a la muerte gracias a un trasplante de corazón y termina enamorándose de Micaela en un garito sevillano de la España franquista. Esos  amores lésbicos  desesperaban a Ernest Hemingway, cuya aparición en la obra sirve de pretexto para socavar otros símbolos que aún pudieran quedar de los tiempos del concilio de  Trento, cuya  permutación musical hico decir  a Erasmo de Rotterdam:

“Hemos introducido una música artificial y teatral en la iglesia, una vociferación y una conmoción de voces como jamás se oyese en los teatro de los griegos y los romanos. Trompas, trompetas y flautas compiten y resuenan constantemente junto a las voces. Se escuchan melodías amorosas y lascivas como las que por doquier acompañan únicamente a las danzas de los cortesanos y los bufones. La gente corre a la iglesia como si ésta fuera un teatro, en busca del encanto sensual del oído.”

En la actualidad Carmen, la del clavel reventón, ya no lleva la navaja en uno de sus muslos: pervive en el humo de un cigarrillo de marihuana  y en el sonido de un fuerte ventarrón de música  Pop.  

 

 

 

viernes, 27 de enero de 2017

Una caduca postal















Los refugiados que por miles cruzan barrancos y mares de Europa, siguen formando la desidia primaria de la humanidad con sus crueldades, miedos y horizontes brumos, al ser esa imagen la perenne postal que refleja la indiferencia y  todo desprecio hacia el otro ser, el mismo que siendo igual a cada uno de  nosotros, lo  miramos con animadversión.

 A partir de los albores de la vida nada ha cambiado. Los hombres y mujeres de hoy nos cuesta mirar a los que padecen guerras, hambres  y exilios, temiendo nos quieten el pan de cada día.

¿Y uno mismo que hace? Poco o muy poco, creyendo que con escribir unas líneas a favor de los oprimidos hemos calmado nuestra conciencia. Esa es la razón – lo confieso – de que nuestras cuartillas terminen siendo un mal manual de literario. Hoy será, y disculpe si puede lector,  lo mismo.

Esta  primera semana de un octubre hemos realizado  una revisión de nuestros  escritores de cabecera más cercamos y también más afines a los sentimientos que nos envuelven, llevando al sofá de nuestras duermevelas al admirado egipcio Naguib Mahfuz.

El ilustre amigo de lecturas orientales, el Charles Dickens de los cafés de El Cairo, nos invitó a dar un paseo apenas levantadas las bruma del Nilo.

Pasar de una calle a otra, entre una suave brisa en desbandada,  es cruzar la historia. Mahfuz lo  dijo en sus relatos al ser la urbe polvorienta que él describió la de los viejos barrios de El Ghuriya, El Gamaliyya, o el del mercado de Khan el Khalili.

“El Cairo que yo amo – decía -, es el mismo de “Palacio del Deseo” o “Entre dos Palacios”, - títulos de sus obras - que siguen existiendo hoy con distinto nombre. Son calles populares, repletas de vida y sus habitantes parecidos a los que están en mis páginas con sus grandezas  y miserias humanas reducidas a las calles de esa ciudad”.

Uno de los encantos para recordar de “Al Qahira” (El  Cairo árabe), es en primavera cuando se percibe, al cruzar por sus caminitos, los perfumes  de los  naranjos, sicomoros, palmeras, limoneros, guayabos o flores de jazmín, los mismos olores cuyas esencias se pueden comprar en los bazares y mercados, con nombres sugestivos como “Noches del Desierto” o “Sueños de Cleopatra”.

En la ciudad, mientras se saborea un “karkadé” - bebida  extraída de una planta servida en invierno caliente y en verano fría - uno se  percata que los cairotas llegan a las cafeterías con el deseo de fumar en la particular pipa de agua (shisha).

Antes de llegar al Valle de Giza comienzan a emerger los espejismos enigmáticos: las pirámides. Bajo la luz tornasolada, un guía recordó el proverbio: “Todo el mundo teme al tiempo, pero éste únicamente a las pirámides”.

Uno se percata allí como un pueblo llegó a vencer el sentido de la muerte por  encima de las tumbas y el siroco del desierto.

¿Y los refugiados? Continúan arrastrando sus pies entre los caminos de una Europa apática, o  haciendo como uno: escribir unas líneas para calmar  la cortedad de nuestra conciencia.