martes, 19 de mayo de 2015
lunes, 18 de mayo de 2015
Ramas de albahaca
La divina Afrodita
El avión había despegado de Chipre, sobrevoló los acantilados de turcos cerca del mar y empezó, como si cruzara sembradío de promontorios azules, las pequeñas y grandes islas que forman Grecia. El destino era Roma.
En las
alforjas “Los poetas griegos del siglo XX” de Miguel Castillo Didier. Además
unas ramas de albahaca.
Suficiente bagaje donde llevar los vaivenes
del alma.
Gracia es la sangre mezclada con muchas otras,
y siempre ahí, imperecedera, madre de las raíces profundas de los valores
humanos.
No importa que fuera primero jónica, más tarde de los dorios, al sentir los griegos, con Atenas y Esparta,
la unidad espiritual que los ha mantenido referente de las propias raíces como pueblo libre.
Aquellas alianzas en el Peloponeso en el que
había un Pericles más dios que hombre, fueron las que al final permitieron la
llegada de un Filipo de Macedonia cuya herencia fue sellada en los dorsos
divinos de su hijo Alejandro.
Más tarde, durante siglos, la vivencia se volvió
polvo. Rotas las antiguas alianzas, todo fue fácil en las manos de Roma, la
ramera mitológica, naciendo la leyenda
grecolatina de los mitos- casi cuentos infantiles según Voltaire - marcadores imperecederos de esos otros
“mythos” reflectores de nuestra esencia de hoy.
Eran
los tiempos en que en Grecia lo divino estaban vivo y en la ciudades de los
césares nos explicaron la razón del Cosmos. Y así Zeus, Dionisios, Apolo, Hera, Afrodita y
tantos otros, fueron grandes por la simple
razón de haber sido antes profundamente humanos.
Todos somos un poco griegos y mamamos la
esencia de esa raza. Allí nació una de las cualidades que hizo al hombre
pensativo: el diálogo. Sobre él brotó la
filosofía y el aparataje humanístico que nos cubre. José Luis Borges lo ha
dicho mucho mejor, cuando unos quinientos
años antes de la era cristiana se dio en la Magna Grecia la mejor cosa
que registra la historia universal: el descubrimiento del coloquio.
“La fe, la certidumbre, los dogmas, los
anatemas, las plegarias, las prohibiciones, las órdenes, los tabúes, las
tiranías, las guerras y las glorias abrumaban el orden; algunos griegos
contrajeron, nunca sabremos cómo, la singular costumbre de conversar. Dudaron,
persuadieron, disintieron, cambiaron de opinión, aplazaron. Acaso los ayudó su
mitología, que era, como el Shinto, un conjunto de fábulas imprecisas y de
cosmogonías variables. Esas dispersas
conjeturas fueron la primera raíz de lo que llamamos hoy, no sin pompa,
metafísica.”
Y... “Sin esos pocos griegos conversadores, la
cultura occidental es inconcebible.”
Lo mismo sucedería con las palabras. El
amor sin ellas estaría hueco, y los sueños morarían estériles antes de
realizar la entrega carnal con las diosas paganas que en noche de lujuria nos
hicieron hombres.
miércoles, 29 de abril de 2015
Mediterráneo
Afloran igual a gaviotas laceradas sobre las olas de un mar
Mediterráneo escaldado de salitre color sangre, ecos de muerte y, sin más ilusión que acariciar una costa.
Fantasean en sus desvaríos con arenales
deslumbrantes, litorales verdes, ríos de agua limpia sin veneno de
contaminación; pan de trigo, leche tibia, en medio de noches claras, diáfanas y
serenas, pero lo más que la consigue la
mayoría - puñados entrujados de hombres , mujeres y niños color azabache limado
de hambre - es a sentir la muerte
revestida de espuma frenética tragándolos en el fondo de las aguas
embravecidas, las tan galanteada en los versos de Constantino Kavafis, el poeta
alejandrino de Lawrence Durrel en su “Cuarteto”.
Dijiste: “Iré a otra ciudad, iré a otro
mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
Y mi corazón – como un cadáver –
sepultado”.
Sus éxodos es perder
la vida cerca de una costa bajo una luna rellena de afanes, en un latifundio
que malamente ofrece polvo y aluviones huraños
fogosos.
Europa – la arcaica madre - se encuentra despavorida. Cientos,
miles de famélicos emigrantes africanos son un cuadro real de una tragedia de espanto que no cesa.
En
un poblado de nombre Nuadibú – ni
un árbol, ni una sombra en docenas de kilómetros a la redonda, solamente
sol perpetuo y abrasador-, sus habitantes jóvenes, mientras esperan un cupo
para subir a una lancha canija, intentan
ganarse la vida excavando las tumbas en las que serán enterrados sus compañeros
náufragos en la peligrosísima aventura cada semana.
Cobran tres euros al día bajo un ardor
infernal, intentado no pensar que esa zanja tal vez un día no lejano pueda contener sus propios cuerpos amortajados.
En
Mali, país tierra infraestructuras, industria ni trabajo, solo miseria, el
único camino es salir al océano al encuentro de otros horizontes. Los que se
quedan, solamente cosechan mijo todo el año,
y cuando vienen como la marabunta
las plagas de langostas, ni eso.
En
cada pueblo de Libia y más al sur, se elige a un joven. Todos venden lo que
pueden y ayudar al afortunado que preferirá morir en el mar, un barranco
inhóspito o a manos de contrabandistas, antes que retornar derrotado al
poblado.
Se comprende ahora el pavoroso libro del húngaro Imre Kertész-
Premio Nobel de Literatura -
culpable siempre de haber
sobrevivido a los horrores de los campos de concentración, el stalinismo y, en
su heredad natal, el kadarismo.
Europa debería saber hasta el tuétano lo
que significa dejar los campos amado o cada uno de los anhelos sembrados.
Los
pájaros agonizan a causa de su trinar.
Entre el ave y el inmigrante hay un riachuelo de mutismo, frases
laceradas, frenesís excelsos y amapolas mustias.
Es el tintineo del alma cuando sobre una
tambaleante patera unos ojos recubiertos de nitro escudriñan la lejanía buscando la playa
deseada, y solamente hallan - la mayoría
de las veces - las imperecederas fauces
del Mediterráneo.
Y es una chacota: llaman – a ese lago
grande - el mar de las civilizaciones.
viernes, 10 de abril de 2015
Ciudad con río y mar
A razón de estar
leyendo - he tardo años en comenzarlo, al ir de Fernando Pessoa a José María
Eça de Queiroz, y de éste a José Saramago - “Canto libre del Orfeo
rebelde” del lusitano Migue Torga, me han venido pasados recuerdos de la ciudad
que besa con pasión desmedida y se apretuja por última vez al río Tajo,
un caudal de agua con una ciudad al
fondo, inundada de azules, ocres y verdes.
Miguel
Ferreira usa mejores pinceladas: “Blanca azul roja verde castaña verde blanca
muy blanca irresistiblemente alegre y acogedora flotando por el Tajo. Tierra a
la vista. Era Lisboa”.
De ese promontorio, sobre el castillo de San Jorge,
tengo una cicatriz en un costado del alma. Posiblemente ya no se vea, pero de
aquella muchacha del añejo barrio de Alfama, donde los planos resultan inútiles
para orientarse, me queda su sabor a salitre, sus ojos grandes, brunos - dos
ascuas encendidas -, inundados de agua cuando me esperaba un pequeño paquebote
para llevarme al norte, a Viana de Castelo, donde nos aguardaban, a ella el
olvido, y a mí un seguir haciendo caminos.
Ya se sabe, los enamorados quieren a toda costa que
su apego se vea, pero que su pasión no se comparta. ¿Dónde estará ahora Ana de
Aveiro? En sueños la recuerdo y me sigue sabiendo su piel a ese licor de
guindas llamado “grihinga” que solíamos tomar, en el último grito de la noche
lisboeta, por la Rua
Cascais.
Yo he escuchado decir que Lisboa se asemeja a un
laberinto, pero eso suele suceder con frecuencia cuando uno es vencido por ese
elixir prodigioso llamado Ribeiro, Carbalho, Ferreira, el rey de los
aguardientes. Entonces sí, la ciudad, desde la Rua Alecrim arriba
hasta llegar a Santa Catarina, se envuelve en un tejido de deseos imposibles.
Para muchos viajeros, la verdadera Lisboa de
Camoens está en las tascas y los restaurantes con azulejos enmarcados, aún hoy,
en las técnicas del siglo XVII, donde comer, beber, jugar a las cartas,
discutir de fútbol y hablar mal del gobierno de turno, forman parte de la
esencia de esa raza de marinos y emigrantes.
Pero para mí la ciudad ya no es la urbe
aristocrática y bohemia de “Los Maías” o la de “El primo Basilio”, grandes
novelas de Eça de Queiroz aparecidas a finales del siglo XIX, sino una ciudad de
trabajadores que transitan incansablemente las avenidas, ruas y muelles en
busca de sus sueños cotidianos.
Luego de disfrutar de los atractivos de la urbe en
la habitación del hotel con vista sobre huertas y jardines, nos dimos cuenta de
lo cerca que en la ciudad están los extremos opuestos.
En esta Lisboa - nadie sabe con certeza si es
Atlántica o Mediterránea - leímos hace tiempo en una guía de turismo: “La
opulencia se codea con la pobreza; los viejo con lo nuevo; lo alto con lo
bajo; lo oculto, con lo sublime y profano”.
Y así, de forma mágica, todo viajero debe abandonar
su voluntad a la belleza para buscarla más allá de las remembranzas que
la mirada asombrada halla en el doblar
de una esquina o ante la suave candidez de un geranio en una maceta de barro
cocido al sol.
Acaso igual que estas letras de hoy maceradas de tierra, licor de cerezas y salitre.
A razón de estar
leyendo - he tardo años en comenzarlo, al ir de Fernando Pessoa a José María
Eça de Queiroz, y de éste a José Saramago - “Canto libre del Orfeo
rebelde” del lusitano Migue Torga, me han venido pasados recuerdos de la ciudad
que besa con pasión desmedida y se apretuja por última vez al río Tajo,
un caudal de agua con una ciudad al
fondo, inundada de azules, ocres y verdes.
Miguel
Ferreira usa mejores pinceladas: “Blanca azul roja verde castaña verde blanca
muy blanca irresistiblemente alegre y acogedora flotando por el Tajo. Tierra a
la vista. Era Lisboa”.
De ese promontorio, sobre el castillo de San Jorge,
tengo una cicatriz en un costado del alma. Posiblemente ya no se vea, pero de
aquella muchacha del añejo barrio de Alfama, donde los planos resultan inútiles
para orientarse, me queda su sabor a salitre, sus ojos grandes, brunos - dos
ascuas encendidas -, inundados de agua cuando me esperaba un pequeño paquebote
para llevarme al norte, a Viana de Castelo, donde nos aguardaban, a ella el
olvido, y a mí un seguir haciendo caminos.
Ya se sabe, los enamorados quieren a toda costa que
su apego se vea, pero que su pasión no se comparta. ¿Dónde estará ahora Ana de
Aveiro? En sueños la recuerdo y me sigue sabiendo su piel a ese licor de
guindas llamado “grihinga” que solíamos tomar, en el último grito de la noche
lisboeta, por la Rua
Cascais.
Yo he escuchado decir que Lisboa se asemeja a un
laberinto, pero eso suele suceder con frecuencia cuando uno es vencido por ese
elixir prodigioso llamado Ribeiro, Carbalho, Ferreira, el rey de los
aguardientes. Entonces sí, la ciudad, desde la Rua Alecrim arriba
hasta llegar a Santa Catarina, se envuelve en un tejido de deseos imposibles.
Para muchos viajeros, la verdadera Lisboa de
Camoens está en las tascas y los restaurantes con azulejos enmarcados, aún hoy,
en las técnicas del siglo XVII, donde comer, beber, jugar a las cartas,
discutir de fútbol y hablar mal del gobierno de turno, forman parte de la
esencia de esa raza de marinos y emigrantes.
Pero para mí la ciudad ya no es la urbe
aristocrática y bohemia de “Los Maías” o la de “El primo Basilio”, grandes
novelas de Eça de Queiroz aparecidas a finales del siglo XIX, sino una ciudad de
trabajadores que transitan incansablemente las avenidas, ruas y muelles en
busca de sus sueños cotidianos.
Luego de disfrutar de los atractivos de la urbe en
la habitación del hotel con vista sobre huertas y jardines, nos dimos cuenta de
lo cerca que en la ciudad están los extremos opuestos.
En esta Lisboa - nadie sabe con certeza si es
Atlántica o Mediterránea - leímos hace tiempo en una guía de turismo: “La
opulencia se codea con la pobreza; los viejo con lo nuevo; lo alto con lo
bajo; lo oculto, con lo sublime y profano”.
Y así, de forma mágica, todo viajero debe abandonar
su voluntad a la belleza para buscarla más allá de las remembranzas que
la mirada asombrada halla en el doblar
de una esquina o ante la suave candidez de un geranio en una maceta de barro
cocido al sol.
Acaso igual que estas letras de hoy maceradas de tierra, licor de cerezas y salitre.
martes, 3 de febrero de 2015
Ciudad baldía
La cosecha del tiempo comienza a hacer suturas sobre la tierra bruma y los sueños, antaño sueltos, concluyen. No es cierto que uno tenga anhelos frescos siempre. La vida desgasta, seca, hiere de tal manera que todo en nuestro interior se vuelve un amasijo de magulladuras, un camino serpenteado de recónditos malestares donde antes existía un pozo de anhelos.
Y es así, a perseverancia de cada una de las cruzadas
existenciales, cuando el tiempo infalible nos alcanza y nos enfrentamos, a modo
del emperador Adriano, con los espectros y alientos que han poblado nuestra
azarosa vida. A partir de ahí las noches se hacen largas, la luz parece
esconderse de nosotros, los ojos están más débiles, y sentimos como el
frío de la tierra se va acomodando entre los huesos.
Iba rumiando estas cuitas interiores en uno de esos paseos
partiendo de la vereda en la cual moraba, más que vivía, hacia la esquina
del Gran Café en Sabana Grande, ahora tan cambiado y despersonalizado,
después de haberse evaporado, a recuento de la barbarie, el encanto
bohemio que envolvía antaño esa esquina, hoy tumulto áspero donde impera el
despecho y los buhoneros maltratan y afrentan.
Hablo en estas letras de Caracas, la urbe que he abandonado,
casi huyendo de ella, no por falta de apego, sino ante la amargura que
significa morar en ella, al verla tan abatida y doliente en su agonía.
El bulevar, en mi postrero recorrido – casi al alba – se
encontraba desierto. En unos cortos instantes llovió; posiblemente eran
unas ráfagas perdidas de alguna lejana tormenta sobre la cordillera del
Ávila. Ver caer el agua me reviste de evocaciones, hasta aquellas que creía
perdidas.
En eso siempre he sido así: uno termina seduciendo. Puede ser el vaho
de una ciudad o el rostro de una hermosa mujer de la noche.
Hace años, cuando me hallaba lejos de estos vapores del trópico,
en campos de la barbacana Soria que tanto yermo han significado para mi
vida, más de una vez, a la orilla del río Duero, en el camino que conduce a la
ermita de San Saturio entre olmos grises con iniciales de enamorados en versos
del poeta de la “curva de la ballesta”, me quedaba horas bajo los arcos de la
concatedral, contemplando una torrencial lluvia como nunca he vuelto a
ver en ningún tiempo pasado.
En el Caribe no llueve así, acaso porque el cielo no tiene tantos
ramalazos de dolor. Es más, se cuenta que el Duero, nacido en las
profundidades de la “Laguna Negra”, no es un río, y sí un
sollozo de su cielo plomizo.
El día que Eurípides escribió “no derrames lágrimas
nuevas sobre penas antiguas”, destapó la misma sensación que yo siento
ahora; no obstante supo recubrirla con unas gotas de agua de rosas, ese bálsamo
que los pueblos árabes dan a los que padecen enfermedades del alma.
Intentaré regresar a la vereda alguna vez, si tercia, al
encuentro de las sombras de los instantes gozados. Debo ser justo: no todo ha
sido pena honda. Palpé mucha alegría, amé y fui amado.
En estos intervalos los años me obligan a ir taciturno, con la mirada
entornada, conjeturando jaboncillos, frondosos mangos, camorucos, mangle rojo,
cuji, palmera de los llanos, morichales, chaguaramos, cocoteros y
apamates, donde yo sé que sólo existe un lugar monótono y opaco, el pedazo
ineludible en que está clavado un inmenso pedazo de nuestra existencia
venezolana.
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