viernes, 27 de septiembre de 2019

Palabras de complas y olivos




Andalucía, Barco, Playa, Arena, España




Escribo en una cala del Mediterráneo a un costado de la baja Andalucía, la tan cortejada Al-Andalus árabe. La arena y el salitre brillan al unísono.   Olivos, alcornoques y farallones desguarnecidos, marcan el paisaje envuelto en calina.

Tras haber dejado Córdoba – “gitana y sola” – camino  al encuentro  de un tiempo calmoso.  A lo lejos,  alguien canturrea y rasga la tarde ceñida en letrillas sueltas   del gaditano José María Pemán:

“A las doce, fandanguillos: un canto claro y sencillo para la gente de fuera; a la una, cartageneras: una cosilla liviana; a las dos, una playera, que ya es copla más entera, y a las tres de la mañana, las siguiriyas gitanas... ¡Ya empieza el cante de veras!”.

Dice  la jerga de  Juan el  Tuerto que la voz del “conservatorio” no sirve para cantar flamenco. Es más: El cante posee su “voz propia”, y tener  pureza operística es un defecto a la hora de expresarlo.

 En esta tierra de María Santísima con alarido taurino entre las   espadañas desabrigadas, la hogaza  de trigo y  sémola avizoriza   la blanca paloma perdida. A lo lejos,  una marisma en las riberas del Guadalquivir  esparce el eco de cierta voz despedazada mientras  se hace ella misma duermevela en las cuevas de  los gitanos:

“Chiquita, dame otra caña, y canta por alegrías pa que las penas se vayan”.

 A lo lejos alguien  responde: “Las castañuelas siembran pétalos negros sobre las penas”.

Eso sucedió en aquella hora  en que los hermanos  Manuel y  Antonio Machado se vieron por última vez  al socaire de un fandanguillo de Huelva desplegado de amargura.

 “Sin querer te quise tanto / tanto   te quise  queriendo / vives en mi pensamiento / y aunque no quiero quererte / sigo sin querer queriendo / que sin querer te quise tanto”.

 La mujer de piel terrosa y  ojos inflamados cual teas, escucha apretando sus pechos ahuecados de leche cuajada  tras la celosía  que  paraliza su virginidad herida,  la voz varonil del gañán de labrantío abierto escarba el sendero del deseo contenido:

“Corté flores de un almendro y amapolas de un trigal y comparé sus colores con los tuyos, Soledad”.

 El cordobés Séneca habló de una querencia   surgida del pensamiento bajo las losas del aliento angustiado;  Julio Romero de Torres plasmó la pasión desmedida en tonos de paleta con irisaciones de luz.

En esa atardecida  sobre  La Maestranza  cobijada a la sombra de la Giralda, un amigo  taurino hasta los costados del hálito, el venezolano Ángel Luís Omaña, nos envió sus versos:

Quisiera ver a Girón,

“El César de maravilla”,

Enfrentándose  a los miuras

En la plaza de Sevilla.

Y a Lola Flores cantando

Con volcánica  alegría,

Un pasodoble al gran César

Con sabor de Andalucía.

Entre olivos, jaras y uvas maceradas, Federico  solloza mirando el bruñido astro  lagrimado:

¡Que no quiero verla! / Dile a la luna que venga, / Que no quiero ver la sangre /   De Ignacio sobre la arena.

La tarde, serena  y sola, ronronea entre cálices de mosto.

 

viernes, 20 de septiembre de 2019

Ensueños desmembrados







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El mal actual de Venezuela  no puede  describirse en un volumen de la Enciclopedia Británica ni  en unas cuartillas con las atestiguadas palabras  de “sangre, sudor  y lágrimas” al socaire del país hendido.

En diciembre de 1998 Chávez obtiene  la presidencia envolviendo su figura en una batahola de ilusiones. El 2 de febrero juró la Constitución de 1961 a la que denominó “la moribunda”. Tras la parafernalia en el Congreso, partió raudo  hacia el Palacio de Miraflores y comenzó a espolear  su  figura  hacia una meta: ser la reencarnación de la nueva patria bolivariana.

Con su advenimiento  había fenecido un tiempo ajado y revoloteaba otro nuevo; hoy, a 21 años del suceso, y ante una revolución imbuida en un poder exangüe, el país se halla  corrosivamente macerado de resentimientos, y lo más sombrío: sin perspectiva de reconciliación nacional.

Las pronunciadas palabras  de  “Unidad, Lucha, Batalla y Victoria” pronunciadas  cuando retornó del hospital de  La Habana el 7 de diciembre de 2012,  ciudad a la que tuvo  regresar  tres días después ante el incremento de la enfermedad que padecía y que le llevo a la muerte, no se cumplieron.

 La historia efectiva  debería  ser, y  lo recordaba el moralista Joseph Joubert,  el retrato de una época. Si se limita a ser solamente los matices de un hombre o la acuarela de una vida, mostrará la verdad a medias.

La Venezuela actual sigue soportando  los desbarajustes de los años del caudillo llanero,  y  aquellos que  estaban a su lado o  los de ahora mismo, no supieron,  o no se aventuraron -  en respeto a la figura absorbente de Chávez -  a tomar el rumbo debido.

Haciendo una hipérbole comparativa sobre esto,  sucede que personajes políticos a los que el destino envolvió en un halo de seducción y ciertos ramalazos de agudeza, terminaron  convertidos en una especia de mesías a cuenta de que un pueblo ávido de hallar  un “salvador”,  se topó con el  soldado al que la lectura desordenada le llenó la cabeza de ventoleras y aspas de molino.

La historia es la que es, y no hay  forma alguna de enmendarla.  No obstante, en medio de esa consternación, quizás pudieran las generaciones futuras hacer atisbos de coherencia: comprender las causas de los procesos acaecidos y, en lo posible,  aprender de las equivocaciones.

El llamado “Socialismo del Siglo XXI” contenía  una entelequia con  desolado propósito: el “Estado –comuna” bajo un solo ideario  y un único mando, en donde el ciudadano  ha sido reducido al ostracismo.

 Es  certero: el chavismo concluyó cuando desapareció el Comandante. Al día de hoy se intenta mantener su entablado con soportes de cartón piedra cuando la realidad subyacente  es una y única: el país existe hundido, desencajado y  asfixiado económicamente. Todo son remiendos y aprensiones, una huida hacia delante que apunta hacia ninguna parte.  

Con el militarismo incrustado en las neuronas, ninguna teoría  sirve para comprender la situación que apabulla y lleva a cientos de  venezolanos a convivir fuera de los límites del raciocinio.

La obra teatral  “Un enemigo del pueblo” de Henrik  Ibsen - alegato relacionado con líderes que, igual al  Jerjes de Heródoto, sólo escuchan las voces de los adulantes enalteciendo sus hipotéticas grandezas, mientras envían al ostracismo a los emisarios de la sinceridad -  es un reflejo de la Venezuela de hoy, terreno en que los ineptos son elevados a los altos cargos para vegetar y desvalijar la nación a manos colmadas.

 El colectivismo a ultranza  no solamente es descorazonador en su planteamiento ideológico, sino en su idea misma clavada  de sublevación a la cubana, la  isla que a  más de 60 años de su organización marxista, mantiene cartillas de racionamiento, nula  libertad, y una caterva de falsedades sórdidas con la sola intención de sojuzgar a un pueblo con palabras embotadas y aprensiones permanentes.

Mantener en alto el diálogo urgente y necesario en esta tierra antiguamente de gracia, es tarea peliaguda que necesita  predisposición  y altura de miras.

Los encuentros que se han venido realizando con poca o nula información son posturas para la galería, un saludo a trapo izado en el que la geopolítica retoza sus cartas centradas en promesas no concretas. Las reuniones en  Noruega que el presidente encargado, Juan Guaidó,  aceptó tras la oferta de Nicolás Maduro, y  que el gobierno comunicó  a través de los canales del estado, demostraron ser puro papel de estraza, lo mismo que las efectuadas en Barbados, al no haber cenáculos directos entre las dos delegaciones.

Ahora mismo,  un grupo minoritario de la oposición separado de la Mesa de la Unidad Democrática y formado con políticos de valía  por su trayectoria republicana,  plasmaron un  acuerdo basados en 6 puntos   con Jorge Rodríguez, su hermana Delcy, Jorge Arreaza y Aristóbulo Istúriz   que ha  creado zozobra razonada.

¿El resultado? En los próximos días o… en la hecatombe cercana.

 

sábado, 27 de abril de 2019

Muchacho de rostro bermejo


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Hacía poco más de treinta años – la vida de un hombre, más sus sueños – no  regresaba a la ciudad de Burdeos. Lo hice  aquella vez lejana como los viejos saltimbanquis, siguiendo la ruta de antañosos juglares o comediantes, para representar con un grupo de jóvenes ilusos (y en aquellos tiempos serlo era vivir) la obra lorquiana “La casa de Bernarda Alba”.

Uno formaba parte del coro que jamás se ve, pero presente, como el olor a macho, durante toda la dramática representación. Inventamos una letra para darle un fondo doliente de coro griego. Hemos olvidado muchas cosas a lo largo de esas tres décadas, pero no aquellos versos:

“Abrid puertas y ventanas / las que vivís en el pueblo, /el segador pide rosas / para adornar su sobrero.

 Y he aquí que hace un par de semana, regresando de Milán, muy de mañana, estaba éste peregrino por estas tierras de Aquitania, cara al Garona, sobre la barandilla del Bulevar de Luis XVIII, contemplando, entre espesa bruma salida del río, a aquel muchacho de rostro bermejo y asustado, pero ante todo asombrado, pues Francia era entonces el anhelo de cualquier adolescente de la España de charanga y pandero. En aquellos días de los últimos sopores de la posguerra civil, toda esperanza era poca para poder cruzar los Pirineos. Tan profundo era ese deseo, que tardamos seis meses en regresar. Fuimos de pueblo en pueblo, como gitanos ambulantes o trovadores sin oficio, hasta llegar a París. Desde entonces, sin que la ciudad lo sepa, Burdeos es el primer camino de vericuetos tatuado en mi alma.

Escribió el dramaturgo:”Tome Versalles, añádale Amberes y obtendrá Burdeos”. Esto, con un buen vino de Chateau Haut-Bergey, entre los muchos macerados a todo lo largo del valle de Dordoña y de tanto gusto a Francisco de Goya, puede reflejar la idiosincrasia de esta urbe monumental levantada sobre piedras hecha historia.

 El pintor de los negros fantasmas cuando, huyendo por caminos de Dios y  Leviatán, se escapo de la represión absolutista española y estuvo por estos lares, plasmó, como homenaje a una tierra campesina hasta el tuétano, un lienzo. El mismo está  hoy en el Museo del Prado y  se titula “La lechera de Burdeos”.

  ¿Y que hicimos allí? Oficialmente visitar el amplio  complejo industrial de Dassault, donde se diseñan, bajo una alta y diversificada tecnología, los conocidos aviones cazabombarderos Mirage y otros reyes del cielo, entre ellos los trireactores Falcon, aunque la verdad es una: en pos, como Prust, del tiempo perdido, buscando el pasado en estas calles y plazas para  sentarse, aunque sea por un par de horas, en el “Café Francais”, frente a la plaza  de la catedral de San Andrés y así poder recodar retazos de un  espacio que en alguna parte de mi mismo se niega a morir.

Ya en la noche, camino de la estación de Saint-Jean para regresar en  un tren  de alta velocidad a París, nos paramos unos minutos frente al Gran Teatro, sin duda uno los más bellos recintos de Francia. Rodeado exteriormente de impresionantes columnas, tiene en su interior una escalera muy parecida a la de la Opera parisina. Por ella subió aquel tembloroso jovenzuelo asombrado de todo el refinamiento al estilo Luis XVI, para contemplar la obra del poder, las ambiciones y las dudas: “Velpone”.

 Bajamos a la orilla del río  cruzando la Plaza de Jean Jaures para ir por sus orillas diciendo a dios a la ciudad de  las primeras querencias, presintiendo que será la última vez, ya que  Burdeos, para dolencia del escribidor, está a desmano de todos nuestros senderos que antaño fueron enternecidos y ahora ya son escasos y poseen sabor a tierra  húmeda  labrada.

 






viernes, 11 de enero de 2019

Historia personal




Los lejanos pretextos que empezamos a borronear recién salidos  de la pubertad  - ¡Cristo del cielo protector, hace de ello una eternidad! - se han ido quedando con el paso del tiempo en lamedales y, debido a esa circunstancia, seguimos  sobre el  arado de la vida  con la esperanza de ver brotar alguna semilla.

Vano intento. Si eso no ha sucedido hace ya   incontables otoños,  no será permisible ahora. ¿Desilusionados? Ni un ápice. Estamos  obligados a vivir sin  aspavientos.

Mi historia personal es raudal y suelta. Galanteé escritos y he sido estimado mientras llevaba en las alforjas  un  lema impreso: Siempre será mejor la libertad con sus inmolaciones que la sopa del autócrata.  Y aferrados a ese comedimiento,    hacemos caminos serpenteados con el deseo de hallar la sombra bienhechora bajo  la floresta que a todos nos espera.

¿Qué existirá dentro de dos mil años a partir de hoy, o incluso dentro de dos o tres generaciones?  Habrá que decir con la misma conjetura que el escritor estadounidense Michael Chabon: El futuro comenzará a ser cuando empecemos a imaginarlo cada uno de nosotros.  Si es así, mejor no tener  demasiada prisa en saberlo, ya que coexistir en cada  instante nos ayuda a abrir una ventana  sobre el porvenir que no habrá de contar en absoluto con nosotros. Somos la realidad del instante mismo.  Nada más.  O quizás no. El haber nacido es ya una extraordinaria aventura. Y si no hacemos demasiadas preguntas sobre la razón de estar aquí, dentro de la estructura del Universo, veremos que somos parte de un extraordinario prodigio. 

El péndulo que oscila imparable en nuestro ser interior nos hace preguntas aún estando adormilados: ¿Qué somos? ¿Hacia donde vamos? ¿Posee la existencia un sentido esclarecedor?

¿Y esto qué significa si las galaxias igualmente dejan de ser lo que eran en un  tiempo casi imperecedero? Mejor respirar mientras podamos. El futuro  llegará impávido sin que nadie lo convoque arrastrando la infinitud del tiempo en que pudiera morar la perpetuidad.   

Es incontestable: nada desaparece en el Universo,  todo se trasforma. ¿Nos irá mejor en esa nueva ruta?  Si así fuera uno agradecería repetir las zancadas y aventuras que ha ido desarrollándose  en nuestra tierra madre.   

No es la primera vez ni  será  la última que un contador de historias pueda convertirse en referencia universal sin salir nunca del terruño, al llevar dentro de sí mismo la materia de la existencia con sus protervos o buenos atributos. Ejemplos predominan y no es necesario  ir al buscarlos  al dios pagano llamado Google: solamente hace falta entrar en el bar del barrio, pedir  un café u otra bebida y disponer  a mano un periódico de los editados en la ciudad mientras se escucha una  tertulia en la mesa cercana, al ser toda conversa  el comienzo de una historia humana que de una u otra forma nos concierne.

Y es que estar aquí ahora,  garabateando una cuartilla, es otro de los prodigios del Cosmos.

 

jueves, 10 de enero de 2019

Atarse en el poder


 


 Conservo un librito - obsequio de la constituyente  María Isabel de Chávez -  al ser aprobado el texto de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela el 20 de diciembre de 1999.

No es una letra  olvidada, la  consulto con frecuencia a razón  de los desafueros que se comenten contra esa Carta Magna en las presentes añadas. La última,  la juramentación de Nicolás Maduro en el Tribunal Supremo de Justicia rompiendo el sentido que debería tener un evento de esa magnitud, más cuando la Asamblea Nacional Constituyente  instalada en agosto de 2017, llega  al día de hoy sin haber rematado  sus 411  artículos. La anterior  - “la bicha” con cariño - sumaba 350 y aún así se la moteó  de “oscura y con desatino”.

Esa enrevesada situación hace nulo el juramento del actual presidente, al ser ese brete zascandil una ruptura del orden constitucional.

Hugo Chávez recibió el 87,7 por ciento de votos, siendo  esa alta votación   el verdadero comienzo de su revolución bolivariana. Hacer ahora una reforma que no ha sido ultimada, basándose en seguir ocupando la poltrona  presidencial, es una afrenta de Nicolás a su admirado Comandante. No sé  que le dirá el pajarillo que revolotea a su lado en los aposentos de  Misia Jacinta, quizás se halle  asustadizo y no tenga fuerza para piar.

La presencia de representaciones  extranjeras en la juramentación, no ha sido un gaudeamus solemne, más bien una puesta en escena plastificada.

 Ahora bien, la realidad palpable es otra: Nicolás Maduro no cuenta con  sólidos, inteligentes  y respetables coadjutores que le hagan  ver y razonar la realidad en la que mora.

 Si piensa que Abjasia, Osetia del Sur,  Nicaragua, Nauru, Vanuatu y Tuvalu, Siria, Cuba, Nicaragua y Bolivia  representan al conjunto político mundial, debería repasarse a sí mismo. Ah, Rusia, China. Si, es axiomático, pero ninguno de ellos hará otro movimiento  que no sea diplomacia de paraninfo. Apoyan sagazmente a cálculo   de la riqueza petrolífera. El proverbio es sabido: los países no tienen amigos, solamente intereses.  Y hasta ahí. Siempre ha sido de esa manera a lo largo de la tradición diplomática. Es un pretérito  perfecto.

 A esta altura del pandemónium que nos envuelve y se convierte cada vez más en barullo, cantinela y algarabía, alguien, imbuido en  la vieja ironía  de don Francisco de Quevedo, quizá se pregunte, usando la picaresca del Buscón Don Pablos: ¿cómo es posible tomar posesión de lo que nunca se dejó de poseer a la fuerza y con los fusiles  en las calles de  nuestras ciudades y a cuenta de unas  bolsas de comida incompletas entregadas al quien le sigue por hambre?

Nicolás Maduro no es un estadista y lo demuestra en la actual coyuntura política que padece el país. Le falta cultura política,  carisma, don de gentes, atracción, sensibilidad, tino y mesura. Ha sido un fiel  vasallo de Hugo, el mejor,  y la carta que jugó Fidel Castro, una vez fallecido  el centauro de Sabaneta –   supo que se iba del mundo cuando lo tuvo en La Habana -  era el mejor puntal para continuar sosteniendo las ayudas que necesitaba la isla.

Maduro actúa con  total impericia sobre  inmenso desastre económico que maneja. Muchos de sus colaboradores le vienen traicionando  por ignorancia o  corruptela, ya que de todo hay esa viña chavista  que se va desparramando en estampida paulatinamente. Tiene La Fuerzas Armadas, pero ahí comienza haber graves fisuras.

Y la gran interrogación: ¿Se podrá sostener en esta su segunda juramentación? Sin duda seguirá un tiempo hasta que aquellos países que le apoyan a cuenta de intereses   mercantiles, encuentren un mejor asidero.

Pocos saben que la económica es un mercado en el que se efectúan las operaciones de compraventa de valores: acciones, obligaciones, fondos y todo el etcétera que se quiera, pero al decir de Voltaire es donde el  judío, el musulmán y el cristiano,  tratan los unos con los otros como si fueran de la misma religión, y sólo dan el nombre de infieles a aquellos que caen en la bancarrota. Y Venezuela ya lo está.

 El país se halla en una situación de quiebra, no por   no disponer de riquezas  en su subsuelo y personal humano capaz,  sino a consecuencia de la corrupción demencial, una estrategia financiera desbaratada  y esa política ideológica que comenzó a crecer hace 20 años con la llegada de un socialismo del siglo XXI que embaucó las esperanzas de una nación de indudables valores, hoy con más de 2 millones de exilados, hambre en los hogares y una ceguera de la realidad que nos envuelve mocha y vil.

Hace tiempo poseíamos un lar  en el que vivir. La sociedad no se  hallaba dividida,  y los presidentes no deliraban con eternizarse en el poder.

Nunca he creído en revoluciones, sino en los cambios bajo las valías intrínsecas del ser humano.

Coincido con Günter Grass: “Las revoluciones han sustituido dependencia por dependencia y un yugo por otro yugo”.  Certero en nuestro caso.

viernes, 28 de diciembre de 2018

Reconciliación anhelada




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El Papa Francisco  habló en su tradicional saludo navideño  de la situación de Venezuela, y demandó encarecidamente conseguir la concordia  y proteger “a los  más débiles  y desamparados” que hoy se han convertido en una doliente mayoría.

Imploró, a través de la bendición Urbi et Orbi, que toda  la sociedad trabaje fraternalmente por el desarrollo de la nación, comenzado por  el  alto equipo ejecutivo que no atina a  puntear  las necesidades de una sociedad desajustada hasta un nivel inconcebible.

Nos hallamos rodeados de una agitación espeluznante a recuento de  la situación de confrontación permanente en que nos vemos envueltos.


La ya invalidada política económica está llevando no solo al enfrentamiento de sectores, sino a una animadversión, ultraje e iniquidad en las parcelas menos favorecidas.


En las alturas de los entes propagandistas  del gobierno se expanden  mensajes grandilocuentes: derechos humanos, libre albedrío, justicia social, respeto mutuo,  ética, coexistencia pacifica... unas expresiones creadas únicamente para apuntalar unas  inexistentes garantías individuales.

Una  sociedad no puede ser  libre si no se permite  a sus hombres y mujeres expresarse dentro de las normas de la libertad plena, y ese concepto tan necesario en la actualidad – mejor decir desde hace años – brilla por su total ausencia.

Si los derechos políticos  están menguantes en  Venezuela, más tremenda aún es la situación económica. Una acción tan normal como hacer las llamadas “tres comidas”  se ha convertido una tarea irrealizable en un amplio sector  del país. El descontrol de los precios, unido a la poca o nula capacidad gubernamental para enfrentar la escasez, es la prueba más evidente del fracaso del régimen actual.

Hace unos meses - adelantándose  a lo dicho en Navidad por el papa Jorge Mario Bergoglio -  el sacerdote Francisco José Virtuoso, Viceprovincial de la Compañía de Jesús en Venezuela, emplazó al Gobierno de Nicolás Maduro a tomar conciencia de la situación tan afligida del país.

En sus admoniciones  reflejó el contexto nacional con discernimiento y causa. En esas palabras está la realidad irrefutable de lo que hoy angustiosamente  sucede en  la no tan lejana   “Tierra de Gracia”.

De dichas  expresiones ofreceremos varios entrecomillados que son el reflejo de la situación  que nos envuelve de forma fatídica. Si hoy las recordamos,  es debido a algo consabido: los entes gubernamentales, con el Presidente a la cabeza, han demostrado inhabilidad y mucha indiferencia ante la gravísima  situación la que en un tiempo fuera próspera nación.

Existe una realidad incuestionablemente: los problemas  superan arduamente a la jefatura y la única salida viable – en un acto de responsabilidad política-  sería cambiar de rumbo como ya le solicita el propio conglomerado chavista. 

 Gobernar será siempre hacer uso de la más equilibrada  norma política: el sentido común.

Existe una frase  del lord Chesterfield pronunciadas en el parlamento inglés  a un contrincante ideológico: “No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a expresarlo”.

Lo dicho por el Virtuoso  posee sensatez, luminiscencia de raíces políticas y  una amplia esperanza de arrimar el hombro  para canalizar el desbarajuste que nos despelleja y del que hasta ahora no se contempla salida sólida  alguna.

Recordemos lo expresado por el reconocido intelectual católico:

- El presente es tiempo de tragedia para Venezuela. El país padece problemas que no habían sido conocidos por las últimas generaciones de venezolanos.

- La sensación con la que se vive es de rabia y frustración. El empobrecimiento es masivo. La escasez y la incapacidad de adquirir lo poco que distribuyen las redes comerciales se traduce en hambre y miseria para la gran mayoría. La inseguridad crece en una violencia diseminada e impune.

 - Las encuestas señalan que el 94% de la población dice que el país está muy mal y que más del 70% está a favor del Revocatorio al Presidente de la República.

- La situación no sólo es insostenible, es insoportable. Los economistas a coro señalan que el desabastecimiento va a ser mayor y la inflación también durante los próximos meses. Es previsible que los saqueos y las protestas sigan en aumento, al tiempo que el discurso vacío de los voceros oficiales, la represión y las políticas erradas prosigan avivando el fuego.

- Cualquier opción de diálogo y entendimiento se hace cada día más difícil.

 - Ante esta situación, la mayoría de la población venezolana, más allá de las identificaciones partidistas, cree que la opción de referendo revocatorio presidencial, puede ser el inicio de un proceso de transición política pacífica, democrática y constitucional eficaz.

 El documento ayuda abrir el sendero de la reconciliación, la dignidad anhelada y las bases inalterables de una democracia.

Libertad desgarrada




Bonita imágenes del edificio del Gobierno en Caracas



En todas las épocas, en el mismo instante en que un individuo, creyéndose poseedor de la verdad y predestinado al poder, tomó para sí el atributo de disponer de la voluntad de sus congéneres, existe la censura de las palabras, el oprobio y el control de las ideas.

Nada nuevo sobre estas capas de cebolla que son los ciclos políticos humanos. Menos son los instantes en que la libertad germinó en la conciencia de los pueblos, que la vasta penumbra del oscurantismo y la esclavitud hincada con sus garras alevosas sobre ellos.

No enfrentamos  a una concepción filosófica a sabiendas de que el hombre es libre por ser inexcusablemente hombre.

Es estas abreviaturas vienen al socaire de un libro cuyo intento es presentar al opresor Hitler sin máscara, en medio de ese albor sangrante de su régimen que aún hoy miles de personas recuerdan con horror al haberlo padecido en forma aterradora.

Olvidar no hace libre a nadie, sino más esclavo. El perdón ya es otra materia al ser esa tarea el único oficio de Dios.

La primera acción del Führer, la primogenitura de su alevosa dictadura, fue el control sistemático de los medios de comunicación y por ende de las ideas no cuadradas en su nacionalsocialismo, al creer fanáticamente que solamente él tenía la capacidad de hacer ver a un pueblo la trascendencia de su misión histórica.

 Los medios, decía, mienten, tergiversan e imprimen falsedades sufragadas por la burguesía liberal.

Esa es la alevosa razón de que la televisión, radio y prensa en manos del dictador de turno, se vuelvan medios infames, mezquinos, cuya única misión es elevar en el oratorio del Caudillo el incienso de la sumisión más yerta.
Estas características en una dictadura moderna, al decir del historiador Hugo Trevor-Roper, reducen más el desarrollo de los pensamientos y conducen directamente al limbo intelectual en que han caído los adoradores del personaje ladino.

El poeta romano Décimo Junio Juvenal escribió en una de sus sátiras: La diosa Fortuna trasforma a los bufones de ayer en señores de la vida y la muerte de hoy.

Eso sucede con frecuencia sobre pueblos que suplican un mesías que le ayude a salir de sus infortunios y al final se ven arrastrados a una locura demencial.

Si deseamos avistar tan asombrosa transformación política, no se debe ir lejos: es suficiente percibir esa realidad de ahora mismo en diversas naciones. La Venezuela de hoy es un amargo y abatido ejemplo que hace temblar.