viernes, 27 de enero de 2017

Castaños y rastrojos














 
 

 

 
 
 
 
Escribo de lo que vivo, es decir de mis cuitas, y eso lo conoce el lector de estas crónicas sueltas, mundanas, algunas veces cursis, otras jocosas, pues jamás he creído que estas letras fueran transcendentes o pudieran cambiar el destino de una sola persona, pues uno al final es simplemente polvo de olvido o un filósofo, que eso, según Luciano De Crescenzo,  jamás se sabe.

He   venido a la tierra de los recuerdos furtivos, los castaños, el pino solitario, el gorrión de casero vuelo y los pueblos apretujados entre los acantilados o asidos a las laderas de las montañas.

Y cada vez que sucede eso,  regreso al niño de entonces y me veo correteando por la inclinada necrópolis de la villa provinciana, donde jugábamos al escondite entre las tumbas y los rastrojos.

La existencia por ese entonces era serena. Las tumbas, lugar para jugar al escondite y comenzar en solitario las primeras escaramuzas del amor. Aquellos cipreses erguidos, cimarrones duros contra el aire, nos asombraron siempre y aún hoy lo hacen, pues seguimos sintiendo por ellos, cuando volvemos a contemplarlos, el mismo respeto soberbio del monje trapense.

Cada pedazo de esta mi tierra  es un escarmiento,  una extraña relación donde yo pongo el cariño suelto y ella su casquivana indiferencia. Yo soy el despechado y ella, cual la muchacha risueña en flor, alegre, desenvuelta,  va por mi vida como mota de algodón o niebla cuajada en desbandada. Posiblemente no sepa de mi ternura, pues hay querencias, y ésta debe ser una de ellas, cubiertas de rumiantes doloras.

Un día, si tercia y  aún queda en mí un gesto de sublime locura, quizá vaya al encuentro de la razón de esta  enfermedad que me consume, y cara al mar bravo de mis esperanzas, en las laderas del monte  donde bebí todos los vientos, lance a su cauce la ansiedad de esa profunda herida para que se haga ella también polvo de estrellas.

 Más de una vez en estas líneas recordé esas raíces recubiertas de  nostalgia. Cuando eso sucede, el corazón se llena de melancolía y los ojos muchas noches se tachonan de lágrimas. A ese desasosiego interior, a ese vaho de dulce amargura lo llamamos “morriña”, lo que para los gallegos  es “saudade”, palabra con la que santificaron toda la nostalgia del emigrante.

En el pueblo marino de mástiles sin sombras ya nada es igual. El pequeño de entonces mira las fachadas de las viviendas,  buscará algo que le recuerde juegos, travesuras, los primeros resquicios de algo convertido más tarde en una especie de amor primerizo.

Posiblemente entre del fulgor del tiempo ido, habrá rasgos, congeladas sonrisas, y será como ir al encuentro de los madrigales en flor.

 

70 años del Holocausto




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Cada 27 de enero se conmemora el “Día Internacional en memoria de las victimas del Holocausto”, uno de los mayores crímenes de la historia humana. La fecha  es una resolución de las Naciones Unidas tratando de mantener viva antorcha  de una atrocidad sin igual que no se puede relegar al pasado. Lo ha dicho el filósofo Jorge Santayana: “Quien olvida la historia está condenado a repetirla”.

Ese día del año 1945, un grupo de soldados aliados (rusos) entraban en el campo de concentración de Auschwitz, símbolo del horror y la barbarie del III Reich.

 Igualmente en fecha hace más de una década,  la ciudad de  Berlín colocaba la primera piedra de un monumento  polémico cerca de la Puerta de Brandenburgo,  para recordar un genocidio que acabó con la vida de miles de inocentes, seis millones de judíos asesinados por el simple hecho de serlo, aunque el antisemitismo existió en Alemania y en otros países de Europa durante  décadas y… aún continúa.

  Evoco en estos instantes, ya que  vivir es sencillamente hacerlo,  mientras en aquella  misma hora en Estocolmo líderes políticos de 47 países se reunían en una ceremonia sacra para conmemorar la liberación de los campos de exterminio de Auschwitz y Birkenau tras la Segunda Guerra Mundial,  y demostrar con ello su repulsa a los regímenes que a lo largo de la historia han acabado por la fuerza con la vida de incontables personas por el simple hecho de ser hebraicos, gitanos o tener características  distintas a la “raza aria”.

  Esa mañana gélida, estábamos  allí, habíamos  acudido a la  Europa de nuestra sangre como tantas otras veces para arroparme de mis dudas, miedos y mantener vivo en lo posible el cordón umbilical con la heredad de mis mayores. Soy medroso por naturaleza, lloro o gimo con frecuencia, y necesito, cada cierto tiempo, como la cabritilla,  cobijarme bajo el manto de la membrana materna convertida en bruma sobre aquel cementerio levantado en  un  recodo del mar Cantábrico, rodeado por espadañas, dos castaños y un olmo viejo abatido por el viento furioso del norte.

 En medio de un silencio sobrenatural, Ehud Barak, entonces primer ministro de Israel, señalaba “que nunca más se tolere el régimen del odio, el asesinato y la discriminación debidas a la religión, la raza o el color de la piel”.

 Pero aún ahora mismo, a 70 años de ese aterrador hecho, ciertos sectores europeos niegan los sucesos y se oponen al recuerdo, pues para ellos es un montaje repleto de propaganda contra Adolfo Hitler.

Es decir, se siguen clavando púas, hierros candentes, escupitajos, orines, palabras despiadadas, sobre la inmolación  más terrible que viera la humanidad.

 Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz a razón de su decidida defensa de la dignidad de hombre, prisionero en el campo de concentración de Auschwitz y testigo de las muertes de sus padres y una hermana, nos recuerda en su obra “El olvido” la oración de Elhanan (personaje central de la novela). En ella el anciano profesor exclama:

 “Dios de Auschwitz, comprende que debo acordarme de Auschwitz. Y que debo recordártelo. Dios de Treblinka, haz que la evocación de ese nombre continúe haciéndome temblar. Dios de Belzec, déjame llorar  sobre las víctimas de Belzec.”

No olvidar es una vacuna contra el resentimiento,  y el Holocausto, esa tierra de los sepulcros, debe estar presente ante nuestra mirada perennemente  para que el sufrimiento que nos produce impida el regreso del racismo y antisemitismo feroz. No será fácil dada la fragilidad humana y su predisposición al odio, pero habrá que intentarlo una y millones de veces. Siempre,  hasta el fin de los tiempos.

La masacre no germinó simplemente partiendo de la idea malsana de un maniático, ya que para que eso haya sido posible, el rencor estuvo incubándose y creciendo  ante la ceguera de los europeos  durante muchísimos años.

 

Sándalo, laurel, comino













 
Aún siendo un correcaminos – años antes más que ahora – confieso que  jamás he estado en Grecia, esto me parezco casi a Constantino  Kavafis, el mayor poeta neogriego, que nació, vivió y murió en la Alejandría de Egipto y solamente una vez, casi ya al borde de la muerte, pudo visitar la Ítaca de sus sueños y  sentir en su rostro los vientos de la isla de Homero y Ulises.

 Yo no he tenido ni ese honor. Cuando te leía poemas de los poetas griegos del presente siglo que, además de Kavafis, para mí son Seferis, Elitis y Kazantzakis. Hace años, cuando los caminos estaban en la palma de mi mano, en un viaje a Chipre por el Mediterráneo contemplé de lejos las costas de Creta. Era un día claro, azul, y el aire tan transparente que casi podía tocar las montañas blancas que se contemplaban a lo lejos, sobre  la raya del horizonte. Sobre aquel barco pude observar algo muy cierto: según cambia la luz las montañas se acercan o se alejan. Algunas veces con un tono blanco traslucido y otras llenas de sombras.

También, pequeña, penetré en la tierra de Grecia por la Historia, recorrí de la mano de Alejandro Magno la fecha del destino más allá de su cenit, hasta la frontera de su última conquista en el mar de Omán. Aquellas costas ondulantes repletas de pueblecitos blancos vieron, como yo en las páginas de los libros, llegar las tribus dorias y más tarde a los sarracenos y los eslavos penetrar a través de Epiro hasta cubrir con sus sombras todo el Peloponeso. Grecia toda es un eterno movimiento de pueblos, invasiones, emigraciones, regresos, antigüedad, poesía y ramos de albahaca en cada entrada de cualquier vivienda como símbolo de hospitalidad. La tierra de Pericles sabe a sándalo, laurel, comino, hinojo y anís

Siempre he dicho, Patricia mía, que uno ama los surcos y las enredaderas del alma que conoce, pero con Grecia ha sido distinto, penetré en ella por los vericuetos de la mitología, caminando por las huellas de aquellos dioses tan humanos ellos cuyos ojos siempre han estado cubiertos de aguas saladas, brisas de mitos. Después de Zeus, tomados de la mano, vinieron entre la bruma de la ensoñación, la dulce Afrodita, el duro Apolo y el sensitivo Dionisos. Detrás, en un comitiva sin fin, los poetas/dioses: Yorgos Seferis, Constantino P. Kavafis, Odiseo Elytis y Kostis Palamas cuyos madrigales populares han llenado muchos momentos de mi azarosa existencia. Entre todas aquellas cancioncillas creo recordar una...

“Mal me ha tratado este año el invierno,

que me halló sin fuego

 y me encontró sin juventud”.

Ahora, inclinado la mirada al alba de la mañana  en esta  orilla del Mediterráneo  valenciano en la que espero la luz de cada día, Grecia me sabe a sargazos; casas encaladas en cal e iglesias rodeadas de una sencillez deslumbradora, mientras el mar, su cielo, incluso las puertas y las ventanas enmarcadas en una gama de irisaciones de un azul casi eléctrico, parece saludarme. Mientras en todas  partes, inmenso olor a menta, esa tisana tan favorita nuestra a debida  su virtud afrodisíaca. Siendo así   que Minta, hija de un río día y noche, era la concubina más apasionada  de Hades, el dios de las tinieblas.

Y es que nada en Grecia se puede entender sin sus  divinidades y la bravura de su gente. 

martes, 29 de noviembre de 2016

Paseo por Roma






Cardenal Baltazar Porras

 Un largo tiempo ha trascurrido hasta poder conjeturar el arcano de la república imperial de los césares,  siendo  Francisco de Quevedo el garante de  abrir el rosetón con su soneto “A Roma sepultada”, versos adheridos al musgo de sus  piedras milenarias:

“Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!, / y en Roma misma a Roma no hallas: / cadáver son las que ostentó murallas, / y tumba de sí propio el Aventino.”

Nos hallamos en la metrópoli  de la Siete Colinas con  motivo de  los actos sacros  que impondrán la birreta y el anillo cardenalicio   a monseñor  Baltazar Porras, Arzobispo de Mérida,  de manos del Papa Francisco.

El peregrinaje renace al cobijo de una renovada amistad de quien será  a partir de ahora uno de los consejeros más cercanos del Vicario de Cristo, y  se hace emotiva al retornar a la urbe que subyuga siempre al viajero.

 El nuevo delfín de la Iglesia le acongoja la situación de Venezuela.  El mismo día del honroso nombramiento fue desairado y vejado en Mérida. La  envoltura que somete  a la nación de Bolívar está roída.  Posee fusiles e inquisidores, no pueblo: si lo poseyera, no necesitaría usar la fuerza, profanar leyes y ampararse en grupos jacobinos.

Nuestro flamante cardenal es consciente de lo que sucede  y lo  asume con certidumbre moral. Ante las embestidas el pueblo  merideño ha demostrado a su pastor espiritual  un afecto imponente. Lo apoya, lo venera y  lo refuerza. 

Baltasar Porras no estará desguarecido hoy sábado en la Basílica de San Pedro. Una amplia representación de los habitantes del páramo lo acompaña. Y en medio, una certeza de fe: quien asuma   la creencia en el Dios de Abraham no  temerá al desasosiego. Y no existe lugar mejor para evidenciarlo que las catacumbas de Roma, su Coliseo y esa sempiterna Vía Appia cuya calzada empedrada llevaron a los últimos rincones del mundo entonces conocido,  las palabras de Simón Pedro, el primer pontífice mártir enterrado bajo los cimientos que levantaron Miguel Ángel y  Gian Lorenzo Bernini.

Los libros, compañeros de viaje, serán pocos; vamos ligeros de equipaje en clara insinuación a las sinecuras de Machado (don Antonio), al haber sabido el poeta de la Castilla barbacana despojar el alma de la pesada carga.  Uno no hará tanto, nuestros  desvelos aún no permiten rumiar los deslices envueltos en trashumantes pesares. Debemos esperar el postrero manotazo de la existencia.

 “Paseos por Roma” de Stendhal,   es todo el peso de nuestra alforja.

Al despertar el alba, con la intención de ocupar un sitial cómodo en la Plaza de San Pedro siempre plena de peregrinos, nos sentamos unos minutos  – igual a otras ocasiones -  en una repisa del parquecito al cobijo del “Castel  Sant Angelo” a orillas del Tíber. Miraremos la cúpula  de la mayor basílica del mundo como espacio telúrico de la condición espiritual, y así cada resarcimiento, gestas heroicas, santos mártires, papas -portentosos unos, mundanales otros-, volveremos a turbarnos   con el relato que el escritor de Grenoble hizo de la trágica familia de los Cenci. Se habrán narrado infinidad de veces historias similares, y nunca, ni de lejos, análogas a  esas letras en que el agudo análisis sicológico  de la brutalidad de un padre  se impone sobre una agraciada e  inocente hija  de apenas 16 años.

Al describir unas piedras antiguas, unos frescos o un paisaje, Stendhal se convierte en el primer precursor del turismo tal como lo conocemos hoy, aunque ya no se miren las obras de arte con igual celo. Viajamos más, observamos menos, lo que se traduce en aburrimiento y cansancio.

 “Paseos por Roma” es producto de tres viajes a Italia, el primero en 1800 cuando va con las tropas de Napoleón y se  instala, siendo subteniente de caballería, en Milán. Once años después y  soñando con dejar los laureles de la guerra,  regresa para comenzar su “Historia de la pintura en Italia” y caer en los brazos de Angéline Bereyter, el  comienzo de un interminable remolino de amores en las tierras de Petrarca.

 “Supongo – dice – que alguna vez alguien llevará uno de estos volúmenes en su bolsillo al recorrer Roma por la mañana...” Cierto, aquí está entre mis manos uno de ellos.

 Continuará con nosotros al acudir temprano hoy a la Basílica de San Pedro cuando el Santo Padre Francisco, en una solemne ceremonia, realice la consagración de los nuevos cardenales que ayudarán al gobierno de la Iglesia y tendrán el honor de elegir en su momento, al sucesor del actual Pontífice.

 Allí estará monseñor Baltasar Porras, de rodillas, con esa humildad tan constante en él. Será  elevado a Príncipe de la Iglesia. Honor a quien honor merece.

Una vez terminado el acto y sus tumultos emocionales,  retornamos nuevamente al encuentro de  Stendhal cuya sombra, alargada al socaire de un pino mediterráneo,  nos afirma lo sabido: “La verdad sobre Roma no se encuentra en ninguna parte… En Roma, hasta una simple cochera suele ser monumental”.

 


 

Estación Termini

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Leer  puede ser un bálsamo o una destemplanza dependiendo del ánimo y la propia lectura. Hay libros que nos llevan a tardes quitas entre setos, crepúsculos o alientos bulliciosos.
Estos últimos días en Roma, con motivo de asistir al consistorio en que el Papa Francisco impuso el birrete color púrpura al arzobispo de Mérida Baltasar Porras como nuevo cardenal, en un pequeño hotel paralelo a la estación Termini, volvimos a  releer las conversaciones que el fotógrafo  Brassaï mantuvo con Picasso en  una ciudad de París con desgarradas irisaciones de niebla arrancadas al Sena,  fulgor sensual hasta la saciedad  en el Barrio Latino, entonces  ardiente y bohemio como jamás volvería a serlo nunca más.

Aquellas páginas del húngaro,  amigo igualmente de Matisse, Dalí o Giacometti, son las que mejor nos han ayudado a deslumbrar la savia reverdecida del genio nacido en las empalizadas del Perchel, arrabal extramuros de Málaga, barriada donde pintor comenzó a saber que colorear  la diaria existencia  era moldear los  legatarios atributos de la naturaleza emergiendo ahí abajo,  en los subterráneos del aliento uncidos a las  persuasiones creadoras.

Acompañando ese paseo congelado en el tiempo, nos escolta en esta tarde otoñal y mediterránea “El desfile de la vida”, producto de la imaginación del geólogo  John Hodgdon, páginas en que la evolución de la supervivencia sale a nuestro encuentro;  y,  en tercer término, leemos – sobre cuerpos calcinados convertidos en yeso debido a la erupción del Vesubio - “Pompeya”, una incidencia narrativa desarrollada en 48 horas, el lapso trágico y cortante de  ver fenecer la ciudad conocida en su época como la perla de la bahía de Nápoles, ciudad amada y odiada a su vez  en los escritos del hoy olvidado  Curzio Malaparte.

Hay otros textos hoscos, ásperos,  cuyos renglones, púas o flechas de ballesta, desgarran, abren cicatrices y escarban en abatidos recuerdos.

De estos últimos nos adjudicamos,  inclinados al tálamo  en el que intentamos conciliar los desvaríos del sueño, la antología poética “No vendrá el diluvio tras nosotros”, versos que  Joseph Brodsky comenzó en Leningrado (San Petersburgo) y concluyó, ya exilado, en los Estados Unidos, cuando las fibras de su corazón comenzaba  a deshacerse.

En esos poemas se presiente la mano del campesino de la  heredad de abedules que el poeta jamás pudo moldear o sembrar.

Brodsky bebió (y fumó) la vida a grandes sorbos, y  la misma, igual a la bruñida madrecita Rusia, se lo llevó de un zarpazo hacia  la “orilla  de miel congelada”, y  así pudo estar  cerca de la matrona que con  su pueblo - siempre en las desgracias - , amara en  sentido literario. Era la sublime Anna Ajmátova.

 Todos alguna vez, al compás de salmodias, hemos abrazado agazapados a hojaranzos, arces y noches blancas, la elegía a John Donne.

 Dormido el poeta del afecto  metafísico con la alucinación sagaz y las divagaciones envueltas en un caftán,  rapta a Brodsky.  Así lo señala Jan Sjacel:

“Los poetas no inventan los poemas / El poema está en alguna parte ahí detrás / Desde hace mucho tiempo está ahí / El poeta no hace sino descubrirlo”.

En otra vertiente, existen escritores enseñando esquinas y bifurcaciones en las trochas del resuello. Ejemplo: Adolfo Bioy Casares. Su obra es célebre, apreciada y,  aún así,  no leída. Los libros, igual a  la piel, se arrugan, pierden tesura y se vuelven cartón piedra.  Al pibe argentino le sucede eso, aunque no se lo merecía. El personaje más suyo, Morel, aún sigue en busca de una isla en algún lugar del Río de la Plata. Hay señales de que indaga la figura en el arrecife de su admirado  Edgar Allan Poe.

 Lo manifiesto, lector: leo y releo de manera durable sus “Historias de Amor”. En uno de sus aforismos señala: “El amor entre personas honestas raramente es inocente”. La frase es cercana al murmullo de un aleteo de cisnes amancebados y quizás uno de ellos herido. 

Con Casares – amigo duradero de Jorge Luis Borges - hay algo siempre al encuentro de un vientecillo libertino en cualquier mañana de un mes porteño: “La vida, sin sus jardines ajenos, tendría  otro aislamiento”, señalaba el ciego del barrio de Palermo. 

Son pequeños fragmentos breves en una caja de resonancia bajo la envoltura  de su fina ironía.

Iniciamos   estos párrafos con  Gyula Halász – Brassaï - , y finalizamos,  hasta que nos llamó el sueño romano,  con los versos de Rafael Alberti en “Lo que canté y dije de Picasso”.

“Pablo me dice: Estás mejor que nunca.

 Te pareces al Carlos  IV de Goya.

 El mismo  perfil, el pelo, algo rizado sobre el cuello y las orejas.

Una moneda pelucona… Un día te haré un retrato…

¿Cuándo?”.

Sin duda Alberti poseía rasgos  cristalinos  manados de un cuadro velazqueño untado con aceite de oliva andaluz.

Y es innegable: hay tantas Romas como queramos. Esta de ahora nos envolvió, al cobijo de la sorprendente  Estación Termini, en ternura  literaria.









 
 
 
 
 
 
 

 
 
 

viernes, 28 de octubre de 2016

Mitterrand amaba


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Del amor y sus apasionadas y dubitativas consecuencias se sabe mucho y poco a su vez, siendo esto más certero cuando existen ejemplos enternecedores muy a mano: ahora mismo, esas 1.200 cartas publicadas hace unos días   en Paris, afloradas  de la gaveta de las emociones palpables   por la receptora de las misivas  enviadas,  durante más de tres décadas,  del puño y letra de un hombre cuya imagen ante el mundo ha sido distante, dura y  reservada hasta lo inconmensurable: François Mitterrand, presidente  de Francia de 1981  a 1995.

 El jefe del Estado galo invariablemente vivió en su domicilio conyugal con su esposa, la incombustible Danielle  Gouze  e hijos, manteniendo en todo momento una relación  extraconyugal secreta  con la que sería el verdadero amor de su existencia. Cuando la pasión desbordada llegó, el político tenia 46 años –  casado, dos hijos -  y la joven que le hizo tintinear  la sangre hirviente se llamaba   Anne Pingeot. Contaba con 19 años recién cumplidos.

Hoy, a razón de esas epístolas colmadas de vehemente deseo ardoroso, sabemos que esa ternura duraría hasta la muerte  de unos de los políticos más enigmáticos de Europa. El y el silencio mantenían un pacto irrompible resquebrajado la pasada semana y, aún así,  la acción admirable de esa mujer fue expresarle al mundo  que Mitterrand, frío como un témpano, poseía un corazón sentimental  cuya sangre circulaba embravecida y palpitaba a los tiernos llamados  de  los resquicios afectivos de una jovencita en flor.   

Un autor clásico  lo dejó en una mirada femenina  lacerada de dulzura: “Polvo serás, más polvo enamorado”.

Años más tarde lo acentuó con pródiga certidumbre  el poeta alemán Rainer María Rilke: “El amor consiste en dos soledades que se protegen, limitan y procuran hacerse mutuamente felices.”

El estadista y  Anne  no serán una reencarnación de Romeo y Julieta, Dante  y Beatriz o Tristán e Isolda, aunque una vez conocida esa magna entrega, su pasión irrompible cruzó las puertas del edén terrenal, lugar elevado   donde el amor habla sin bajar la mirada ante los dioses del Olimpo. 

Al leer las cartas enviadas durante años a esa afinidad encendida, sabemos cuanta devoción poseía esa figura dura y hasta despiadada en el arroyo de la política, hacia aquella muchachita apenas salida de la pubertad y cuyo lazo febril perduró hasta su muerte.

En homenaje a ellos, leamos alguna de las frases de Mitterrand:

“Siento hacia ti la ternura total que exige sin duda nuestra extraña condición: el incesto absoluto. Mi hija, mi amante, mi mujer, mi hermana, mi Anne, mi siempre y mi para siempre”.

 Las esquelas son una alianza amorosa inflamada, esplendora, inmensa;  nadie la pudo frenar. Cada pensamiento de François en Anne – tuvieron una hija de nombre Mazarine – pervive   sobre  el mundano ruido de la política diaria, y así,  en medio de una importante reunión en el palacio del Eliseo, el presidente se encierra en si mismo, no escucha nada, toma una cuartilla y subraya a su ardor incandescente: “Escribo estas líneas desde la sala del Consejo. Alrededor de la mesa redonda, los dirigentes europeos charlan en voz baja. La señora Thatcher prepara sus armas. Chirac, mi vecino de la derecha, va y viene. A mi izquierda se sienta  González  (Felipe) el español. Kohl, que preside, suspira”.

 Los líderes europeos representan en ese momento meras sombras mientras la mente del  adalid de Francia va al encuentro de su ternura dulcificadora. Nada interesa, solamente Anne pervive en la luz de su alma.  No hay palabras, y si las hubiera, únicamente pueden agarrarse a las pronunciadas en los versos del clérigo mundano Lope de Vega: “Esto es amor, quien lo probó lo sabe”.

Mitterrand, ya ex presidente,   sabe que  el corazón   mencionado por Blaise Pascal posee razones que la razón ignora, y así, en sus noches de duermevela debido al cáncer de próstata que padece y le llevaría a la muerte, va desgranando a la amada otras misivas ardientes. Francia sabe que el hombre de tesón de acero, espíritu indomable, luchador a tiempo completo, estadista admirable y temido, orgulloso sin freno y  ya camino de la sepultura, tiene sus pensamientos reposando sobre el corazón de Anne Pingeot y su pequeña  Mazarine, niña tierna como un tallo de  romero a la que llama “rocío de mar”.

Sabemos que a Mitterrand le han escarbado su vida política  sin piedad, siendo  el momento  de perpetuarle como uno de los estadistas, con Charles De Gaulle, más importante del siglo XX francés.

Los dos fueron absorbentes con el poder; la patria se encarnaba en ellos. Entre nuestras asignaturas pendientes está Francia, no en el sentido de nación de larga data, sino en  una ensoñación elevada a recuento  de esas 1.200 cartas amorosas y toda  una fogosidad de sexualidad impetuosa venida de las postrimerías del siglo V con Clodoveo y Clotilde de Borgoña.

¡Ay, l’amour!

Mitterrand y el amor




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Del amor y sus apasionadas y dubitativas consecuencias se sabe mucho y poco a su vez, siendo esto más certero cuando existen ejemplos enternecedores muy a mano: ahora mismo, esas 1.200 cartas publicadas hace unos días   en Paris, afloradas  de la gaveta de las emociones palpables   por la receptora de las misivas  enviadas,  durante más de tres décadas,  del puño y letra de un hombre cuya imagen ante el mundo ha sido distante, dura y  reservada hasta lo inconmensurable: François Mitterrand, presidente  de Francia de 1981  a 1995.

 El jefe del Estado galo invariablemente vivió en su domicilio conyugal con su esposa, la incombustible Danielle  Gouze  e hijos, manteniendo en todo momento una relación  extraconyugal secreta  con la que sería el verdadero amor de su existencia. Cuando la pasión desbordada llegó, el político tenia 46 años –  casado, dos hijos -  y la joven que le hizo tintinear  la sangre hirviente se llamaba   Anne Pingeot. Contaba con 19 años recién cumplidos.

Hoy, a razón de esas epístolas colmadas de vehemente deseo ardoroso, sabemos que esa ternura duraría hasta la muerte  de unos de los políticos más enigmáticos de Europa. El y el silencio mantenían un pacto irrompible resquebrajado la pasada semana y, aún así,  la acción admirable de esa mujer fue expresarle al mundo  que Mitterrand, frío como un témpano, poseía un corazón sentimental  cuya sangre circulaba embravecida y palpitaba a los tiernos llamados  de  los resquicios afectivos de una jovencita en flor.   

Un autor clásico  lo dejó en una mirada femenina  lacerada de dulzura: “Polvo serás, más polvo enamorado”.

Años más tarde lo acentuó con pródiga certidumbre  el poeta alemán Rainer María Rilke: “El amor consiste en dos soledades que se protegen, limitan y procuran hacerse mutuamente felices.”

El estadista y  Anne  no serán una reencarnación de Romeo y Julieta, Dante  y Beatriz o Tristán e Isolda, aunque una vez conocida esa magna entrega, su pasión irrompible cruzó las puertas del edén terrenal, lugar elevado   donde el amor habla sin bajar la mirada ante los dioses del Olimpo. 

Al leer las cartas enviadas durante años a esa afinidad encendida, sabemos cuanta devoción poseía esa figura dura y hasta despiadada en el arroyo de la política, hacia aquella muchachita apenas salida de la pubertad y cuyo lazo febril perduró hasta su muerte.

En homenaje a ellos, leamos alguna de las frases de Mitterrand:

“Siento hacia ti la ternura total que exige sin duda nuestra extraña condición: el incesto absoluto. Mi hija, mi amante, mi mujer, mi hermana, mi Anne, mi siempre y mi para siempre”.

 Las esquelas son una alianza amorosa inflamada, esplendora, inmensa;  nadie la pudo frenar. Cada pensamiento de François en Anne – tuvieron una hija de nombre Mazarine – pervive   sobre  el mundano ruido de la política diaria, y así,  en medio de una importante reunión en el palacio del Eliseo, el presidente se encierra en si mismo, no escucha nada, toma una cuartilla y subraya a su ardor incandescente: “Escribo estas líneas desde la sala del Consejo. Alrededor de la mesa redonda, los dirigentes europeos charlan en voz baja. La señora Thatcher prepara sus armas. Chirac, mi vecino de la derecha, va y viene. A mi izquierda se sienta  González  (Felipe) el español. Kohl, que preside, suspira”.

 Los líderes europeos representan en ese momento meras sombras mientras la mente del  adalid de Francia va al encuentro de su ternura dulcificadora. Nada interesa, solamente Anne pervive en la luz de su alma.  No hay palabras, y si las hubiera, únicamente pueden agarrarse a las pronunciadas en los versos del clérigo mundano Lope de Vega: “Esto es amor, quien lo probó lo sabe”.

Mitterrand, ya ex presidente,   sabe que  el corazón   mencionado por Blaise Pascal posee razones que la razón ignora, y así, en sus noches de duermevela debido al cáncer de próstata que padece y le llevaría a la muerte, va desgranando a la amada otras misivas ardientes. Francia sabe que el hombre de tesón de acero, espíritu indomable, luchador a tiempo completo, estadista admirable y temido, orgulloso sin freno y  ya camino de la sepultura, tiene sus pensamientos reposando sobre el corazón de Anne Pingeot y su pequeña  Mazarine, niña tierna como un tallo de  romero a la que llama “rocío de mar”.

Sabemos que a Mitterrand le han escarbado su vida política  sin piedad, siendo  el momento  de perpetuarle como uno de los estadistas, con Charles De Gaulle, más importante del siglo XX francés.

Los dos fueron absorbentes con el poder; la patria se encarnaba en ellos. Entre nuestras asignaturas pendientes está Francia, no en el sentido de nación de larga data, sino en  una ensoñación elevada a recuento  de esas 1.200 cartas amorosas y toda  una fogosidad de sexualidad impetuosa venida de las postrimerías del siglo V con Clodoveo y Clotilde de Borgoña.

¡Ay, l’amour!