domingo, 3 de abril de 2016

Europa siente miedo




“El grito” de Edvard  Munch

 
 
 
He comenzado a escribir estas líneas  varias veces. No encajaban las palabras y la impotencia nublaba un hecho impenetrable intentando hallar una lógica imposible. ¿Por qué?

Las líneas surgían saturadas de resentimiento e irritación ante los horrendos atentados acaecidos en  Bruselas.

Era la misma furia en desbandada que brotó de los entresijos de nuestra mente cuando un  ramalazo de terror sangriento  se cebó contra docenas de personas en París durante la noche del 13 noviembre del pasado año.

 Desde entonces ya nada comenzó a ser igual, ni habrá de serlo en estos surcos que bebieron el pensamiento positivista, aún entendiendo como George Steiner, y matizado antes de la II Guerra Mundial por Thomas Mann, no tener miedo,  ya que  existiendo los cafés seguirá viva  la noción de una  Europa que  regó la palabra viva  y la hizo florecer con fuerza atronadora penetrando a espuertas en el espíritu. 

En ese sentido, estos locales con mesas de mármol deslustrado  y periódicos, seguirán  abiertos como guardianes  de ideas, versos, diálogos,  libros, libertades, aprensiones y alboradas ilusionadas.

Hasta la llegada de estos nuevos desgarros de muerte sanguinaria, ya nos habíamos olvidado de las  espantosas explosiones en los trenes de la  Estación de Atocha, Madrid,  aquel 11  de marzo del  2004, con una cifra demencial  de 190 fallecidos y docenas de heridos.

Igual que otras cientos de personas, el apuntador de estas angustias  colocó el día después de la punzada violenta,   en la escultura “El viajero” de Eduardo Úrculo – maleta, gabán viejo, sombrero de ala media – un velón  blanco como la cal recién amasada sobre el muro de una necrópolis.

 Hay que tomar enserio el exacerbado  odio de los  yihadistas a Occidente, que han  acrecentando una curvatura pavorosa extendida del Oriente Próximo al golfo Pérsico y llega al Magreb.

 Cuando brotó la “primavera árabe”,   ellos no pidieron la “Sharia” que ya  tenían el Islam,  sino  libertad. Les vinieron  sí, otros anatemas atroces.

Las reacciones o el denominador de Europa en los últimos años ante la avalancha del extremismo venido en las ramas más extremas de los bárbaros,  ha sido de aprensión. Las medidas  tomadas no dan el efecto  deseado debido a la ignorancia contra lo que se lucha. A cada acción lanzada con la tarea  de minimizar la xenofobia, los grupos del salafismo anteponen cánones de espanto que no están en la observancia que ellos dicen defender.

Siempre la raza humana ha vivido al borde de un   vacío. Lo que está sucediendo ahora, enmarcado en un plano de  doscientos años con dos apocalípticas guerras mundiales y el fin de colonialismo, pareciera  nuevo y no lo es. Estos grupos  conocen la manera  de construir artefactos caseros cuya potencia es terrorífica. 

El espacio nacional sin fronteras como parte dulcificada de la globalización, se resquebraja. La espeluznante    presencia de miles de personas a las puertas de Europa huyendo de la guerra en sus países, y manejadas por cooperativas mafiosas que obtienen impúdicos  beneficios, ha terminado  levantado  púas y empalizadas en los contornos a tomar.  

El premio Nobel  húngaro  Imre Kertész, comenta  la debacle del viejo continente a sus 87 años: “Los extranjeros a los que han dejado entrar en la época liberal se han convertido hoy en una carga; por tanto,  se ha virado a la derecha y ahora se confía  en que, por así decirlo,  se establezca el orden, esto es, que se limite la democracia. Enorme confusión e inseguridad; el terror ha intimidado a Europa, y  Europa se postra ante el terror como una puta barata ante su proxeneta pendenciero”.

Hubo un tiempo, cuando el hombre observaba las estrellas en medio de la soledad, tuvo el coraje de comenzar a caminar cruzando la raya del  horizonte, forjar un futuro batallando contra las adversidades, los elementos y los barbarismo que impedían  los valores éticos, morales  y religiosos que los harían  imperecederos.  

Ciclos después,  ¿seguimos  manteniendo esos atributos en nuestra sociedad? No ahora mismo. La manera  de intentar  hincar las rodillas a  los fanáticos del Estado Islámico  sin resultado, demuestra que el miedo nos ha  postrado.

Napoleón Bonaparte  fue certero: “Abandonarse al dolor sin resistir es desertar  del  campo de batalla sin haber luchado”. 

Se reúnen  en Bruselas los ministros de exteriores de la UE y deciden,  comenzar a tomar medidas… en junio. ¡Qué ineptos!

Lo señaló Paul Theroux cuando se hallaba recorriendo las costas  del Mediterráneo para escribir “Las columnas de Hércules”:

“Es muy difícil defenderse de una persona que está dispuesta a sacrificar su vida con tal de matar a otros”.

Certero. El salafismo ha declarado la conflagración a la civilización y está dispuesto a que la raza humana  regrese al tiempo de las cavernas.

Europa necesita dialogar, ahora bien: ¿alguien nos  puede decir con quién?

 

 

“El grito” de Edvard  Munch

Siempre regresa


Girasol, Verde, Paisaje, Daisy

 

El poeta de las  tierras  apretadas a un río Duero  con sauces y salgueras en sus orillas, era el primero en anunciar la primavera en aquella apaciguada Soria barbacana en la que Antonio Machado  enterrara, cerca del olmo agrietado “y en su mitad podrido”, a su esposa-niña Leonor:

“Yo vi en las hojas temblando las frescas lluvias de abril…”.

Al  costado del mar Caribe del que levantamos velas a hincarnos en el Mediterráneo, el nicaragüense Rubén Darío - de quien Jorge Luis Borges dijo que lo  había renovado todo: la materia, el vocabulario, la métrica y la sensibilidad de ciertas palabras - fraguó una canción de otoño en primavera deseando llorar sin poder hacerlo. Quien  haya bebido de ese vaso hasta la última gota del estío  sabrá de qué añoranza estamos hablando.

Con la llega de  la primavera salieron  las bicicletas y aparecieron las oscuras golondrinas de Gustavo Adolfo Becquer  susurrando aliases de enamorados.

 Las muchachas con pantaloncillos  livianos levantan un gorgoteo de risas conventuales en plazas y bulevares. El piropo o requiebro volverá, aunque nunca se ha  ido. Lloverá de vez en cuando  y habrá una humedad reposada en los párpados amorosos salpicados de afinidades escondidas.

En nuestra adolescencia nos envolvía la sembradura de las dudas.  Escribíamos  con ahínco. Fueron  gacetillas amasadas en el ímpetu desgranado de un joven abriéndose a un incierto destino en la redacción del desaparecido diario “Región”, en esa ciudad de Oviedo – tal mía en la afinidad y ahora tan lejana - en que recibimos afectos a raudales.

La poesía  no era a la sazón un arte en el sentido de la palabra, sino un ramalazo, cierto hervir interior, una forma de trasformar la saliva de las entrañas y amasar con ella términos tan  potentes como la luminiscencia  y las noches  friccionadas en duermevelas. 

Entremezclábamos efusiones  sin pudor – éste vendría después y nos destrozaría a rasguños – probándonos a nosotros mismos el entusiasmo nonato   de  una telilla en la piel frágil. José Hierro,  el poeta de nuestros desahogos, lo predijo:

“No fue jamás mejor aquello. / Esto de ahora es doloroso; / pero el dolor nos hace hombres / y ya ninguno estamos solos. / Alto fue el precio que pagamos: / miseria y llanto en los ojos, / nuestros mejores años verdes / y nuestros sueños más hermosos.”

En las tierras bajas,  una copla de Rafael de León increpaba  a los celestinos ejidos:

“¿De dónde vienes tan tarde, /  dime, di, de dónde vienes? / ­ ¡Vengo de ver unos ojos  verdes, como el trigo verde!”.

Con estos y más versos nos apoyábamos  en los primeros escarceos aquerénciales. No era nada nuevo y lo supimos, como cualquier hombre o mujer, al dar los inevitables  traspiés al encuentro de las ternuras ansiadas.

 Estamos a punto  de cumplir un puñado décadas de existencia y, sin error,  ha sido un lapso sereno, si perpetuamos que Europa estaba  sufriendo el conflicto bélico más espantoso que recuerda el planeta, con 50 millones de muertos  y un continente destruido.

Fue una barbarie sin parangón, el principio  de Apocalipsis que sigue latente; las memorias de Stefan Zweig se arremolinaban en nosotros y,  al recordarlas hoy,  hieren.

Un proverbio  hindú señala: “La vejez comienza cuando el recuerdo es más fuerte que la esperanza”.   Esa certeza   nos protege con las palabras de Arturo Uslar Pietri: “Uno no es joven ni viejo: vive”, y aún así, empezamos a darnos cuenta la inclinada edad que nos envuelve los años    

 La muerte es trivial y, sin embargo, el misterio que comporta no está resuelto: mi propia muerte permanece única. La parca es tan singular y personal como  la vida misma, y ahí se alza la ciencia, los descubrimientos  alucinantes.

Hace unos meses un laboratorio prolongó la duración de vida a una mosca de la fruta. En lugar de existir sus normales 80 días, lo hizo durante 110.  Los  profesionales genéticos exponen que igualmente se puede hacer con la raza humana.

 Eso es bienhechor: nos circundarían más primaveras en nuestra alma  y los primeros amoríos serían en la ensoñación  más prolongados… si antes pudiéramos   borrar de la tierra las ojivas nucleares.

 

 
 

 

martes, 15 de marzo de 2016

Civilización y Barbarie


 





Tratar el tema de los refugiados a consecuencia de   las guerras  que asolan el Medio Oriente obliga a  la conciencia.  El  padecimiento cruel de tantos seres no puede ser mirado al trasluz de un televisor en la comodidad de un sofá.  El otro que sufre siempre será el reflejo de nuestro propio  yo aún deseando evadirlo.

La situación en la Unión Europea es de vergüenza, desbarajuste y turbación. Esa tierra  en la que Zeus,  padre de los dioses,  toma la forma de un toro, rapta a la princesa Europa, hija del rey Agenor y copula con ella,  marcó  el comienzo de un mundo telúrico entre los Urales y el Océano Atlántico una vez separada de Asia, creando el mito  del hilo de Ariadna en las alas de Ícaro.

No es nada nuevo enunciar una verdad aplastante: el viejísimo continente es una inmensa crátera  atiborrada de sangre, angustia, sufrimiento inacabado, muerte y espanto. En medio, en la anchura de un horizonte  grecorromano y el insondable cristianismo, florecieron el humanismo, la filosofía y  las leyes que nos hacen civilizados, ramalazos  almohadillados  de un inacabable manto de literatura que se hace novela, poesía, teatro, música y   desemboca en lenguas rezumadas de filología, gramática y una retórica fecunda recubierta de seducciones. 

 Y en su centro,  los cafés con sus pulidas mesas de mármol, sitial en  que el judío  Mandel en las páginas de  Stefan Zweig, o “El busto del emperador”,  uno de los grandes temas de  Joseph Roth ante el derrumbe del imperio Austro-Húngaro, levantaron la perenne angustia de la vida desarropada, con trazos de incertidumbre, melancolía, ensoñación y  desvaríos de ternura mística.

Regresemos dentro de estas  cataduras al círculo concéntrico de la perenne tragedia en las fronteras europeas, un sendero desgarrado sin final con la misma sima penetrante que hizo deambular en los surcos del continente  a millones de seres en el calvario de la Segunda Guerra Mundial.  El drama ahora  se repite  con los seres - miles de ellos niños - procedentes de Siria, Irak, Afganistán y Yemen, mientras se les pisotead sin compasión  los derechos humanos, se van sepultado  entre barro, nieve, lluvia, frío cortante y desaliento.

Un informe -  “Infancia bajo asedio” - realizado por la organización  “Save the Children” en las áreas sitiadas de Siria entre ataques aéreos y bombas de barril, muestra  lo que conlleva el impacto psicológico en los menores que viven aterrados y padecen falta de comida, medicinas y agua potable.

Los niños se  han vuelto introvertidos, agresivos y más deprimidos.

Los pavores terribles del Medioevo siguen enquistados en las cavidades mentales de un sector nauseabundo  de  la arcaica estirpe  occidental.

Curzio Malaparte, el  toscano que ya nadie lee al ser sus escritos punzones  rasgando las conciencias,  lo dijo: “Medio mundo es una masa putrefacta, el cadáver descompuesto de una madre muerta que en vida fuera cruel, desalmada y pérfida”.

Vivimos   años de un relámpago paranoico, la reencarnación de Hassan Ibn Saba, el llamado “Viejo  de la Montaña” que en la atrincherada ciudadela de Alamut al  norte de Irán, siendo jefe de una secta fanática,  extendió una guerra contra los turcos al intentar estos imponer a los árabes la doctrina sunita profesada en los califatos de Bagdad, se ha levantado de sus cenizas.

Hassan, sin  ejército regular, igual al Estado Islámico, en menos de doce mese convirtió Irán  en carcoma terrorífica.

 Poseía un secreto: saber que a las religiones las mueve  un solo resorte: el premio inundado de placer libidinoso  si se muere defendiendo su fe.

 El místico embriagaba con vino y hachís a sus fieles fedayines, les abre las puertas de su harén  haciéndoles saborear anticipadamente los gozos reservados a los valientes en los jardines de Alá.

Exaltados, esos hombres parten felices a acuchillar – y así serían llamados “hashashins”, asesinos -  a los infieles del mundo conocido para mayor gloria de su amo,  y aunque les  fuera en ello la vida, están seguros de conquistar el Paraíso anhelado.

 Es la lucha entre la barbarie y la civilización de la que hablaba en los párrafos finales  de  “Doña Bárbara”  Rómulo Gallegos.

 Lo  soportado actualmente con los yihadistas del Estado Islámico  - decapitando a mujeres, niños, y hombres como si fueran ganado – y cuyo anhelo es hacer un Califato que impere en el orbe, no es nuevo en la historia; lo es, sí, la forma sanguinaria, fanática,  de esa denominada “guerra santa”,  sin respetar las sagradas suras que imperan en  la religión fundada por el profeta Mahoma.

 El filosofo Bernard-Henri Levi ha dicho  esta semana: “El retorno de los egoísmos nacionales y por tanto la ley de la jungla, es aterradora”.

Si Europa  deja de ser generosa en la ayuda a los refugiados, ya no será la  cuna de los valores intrínsecos que nos hacen humanos, volverá a las cavernas de Platón.

 

 

 


 
 
 

domingo, 6 de marzo de 2016

Aceite de Argan y miel

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 Mezquita Kutubía
 
 
 
A conciencia de un espacio interior tornado afinidades afectivas,  los breves viajes realizados al comienzo del año como aviento de los vaivenes interiores, nos hacen partir de ese lago de nombre mar  Mediterráneo hacia las bifurcaciones del Magreb, y de ahí  al encuentro de Marruecos. Dos horas en las alturas nos llevan al país de las especies con sabores a comino,  tomillo, incienso o el hinojo anisado. Aterrizamos en Casablanca.

Partiendo de esta ciudad de raza berebere, arrasada con las cimitarras almorávides y colonialismo  francés - dependiendo de la brújula que sostiene el  ánimo -  nos volvemos transeúntes en Rabat, Fez o Marrakech,  al encuentro de la inmensa cordillera  Atlas con bancales uncidos   a la novela “El cielo protector” de Paul Bowles y sus enebros rojos.

La antigua capital del imperio alauita, Marrakech,  le sabe al andariego a  chumberas, salmuera, vinagre,  palmerales tejidos a mano con hilos verdes  en el “Jardín Majorelle”  de Yves Saint-Laurent; clavo, aderezo y canela; murallas y barro rojizo, placitas y callejuelas, guardan aún jirones de un amor arabesco  arrancado  de una distante mocedad  encanecida.

 Tras un  tiempo de diásporas, retornamos al encuentro del cuero repujado donde incliné mi cabeza en una morada, tras la tumba de Ben Tachfine,  regada con agua de rosas y aceite de Argan  en la que Douniya, día y noche, frotaba sus cabellos azabache de odoríferos sensuales.

Un día, acurrucado en un tapiz  tejido en el valle  de Ait Mizane, en esa hora en  que la luz de la tarde comienza a menguar, escuché unas estrofas  populares  entonadas en la voz de mujeres tuaregs -  berebere de piel blanca -   bajo el cobijo de una jaima:

“Los días caminan lentamente como un rebaño de corderos que la noche arroja de sus pastos - ovejas blancas,  ovejas negras - .

Se alejan en el tiempo hacia el refugio de los merrah ignorados,  donde  reposa todo lo que fue y ya no lo es.

 Los días vuelan rápidos y apresurados sobre las largas olas silenciosas igual a  ibis en el campo”.

 Durante unos  años, el desierto del Sahara Occidental  formó parte de nuestra  existencia mezclada de vientos  lanzando el siroco dentro de  los cuencos con  leche de dromedaria. 

A partir de entonces estamos cimentados de una arena  que ha  moldeado nuestro  carácter y, aún siendo taciturno, es ahora  más  tolerante debido quizás a la extenuación de la edad.

 ¡Cuánta remembranza! Otra vez mirando  el céfiro desmelenado y la sorprendente serranía del Atlas. Igual a otras mañanas, hablamos de anhelos depositados en el suelo de la  manta de dormir  en un recodo del río seco, lugar en que las gacelas siguen buscando  la frescura  de las primeras brumas de la noche estrellada.

  Ese olor a té verde lo conocemos; el espíritu  está impregnado de él, saborea el relente de la piel y adormece con suavidad  los párpados.

A partir de cosechas inmemoriales, las tribus  bereberes venidas de las estribaciones de las cumbres y el desierto  bajan hacia Asmara – Alá bendiga la ciudadela santa de los “hombres azules” -, se sientan a descansar al conjuro de los suntuosos alcázares y las murallas que circundan el parque  Abdel Salaam  y la puerta Aidi Fib.  

Cada año, ya en época del gran Mulay Ismail, descendientes jerifianos  del profeta Mahoma rendían pleitesía a los sultanes de Marrakech y colocaban bajo su protección a las distintas tribus  nómadas de la misteriosa región, tan extraña y profunda como un cuento de Paul Bowles al  desgarro del  antiguo “Café  Glaciar”, con su galería única hacia la plaza  Jemaa el Fna - conocida como “Asamblea de los muertos” -  un mosaico del mundo humano de Marruecos,  en el que una inmensidad de tenderetes ofrecen lo inimaginable dentro de una barahúnda organizada.

En Jemaa el Fna todo se consigue. Es un espectáculo imponderable, asombroso. Allí se acude sentir, palpar, absorber, degustar platos rebosantes de especies, saborear té de menta, escuchar músicos improvisados  y pasmarse ante unos monos remontando a nuestra espalda o serpientes adormiladas que un flautín hace subir del suelo empolvado.  

Al presente, sus matices, el cuadro de irisaciones se vuelve similar  y  a la vez diferente. O quizás ya no sean igual las reminiscencias turbadoras, al ser sombras reales o inventadas. Nadie  trasmuta la plaza,  ella sigue ahí convertida en algarabía bulliciosa.

Estando en ella uno se embulle en su mundo absoluto, relámpago que obliga a escuchar las más pasmosas historias de Aladino o Simbad el Marino; ver aguadores de coloridos atuendos y añejas adivinadoras con cartas de Beirut, mientras doradas turistas nórdicas idealizan  con ser raptadas por  un mercader de esclavos y  llevadas a disfrutar una luna  de lujuria en los aposentos del hotel  La Mamounia,  en donde cada una de ellas será una nueva   Sherezade del serrallo.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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jueves, 3 de marzo de 2016

Meandros del alma






La frase de Gustave Flaubert  - Marguerite Yourcenar lo incluye como metáfora en sus “Memorias de Adriano - : entre Cristo y Marco Aurelio, instante en que el hombre estuvo solo y abandonado a su suerte, el único sortilegio posible era  agarrase a los meandros del alma.

No son fielmente las palabras del autor de “Madame Bovary”, y aún así son exactas. La raza humana posee una aprensión de nacimiento: la incomunicación.  ¿Y quién la salva?  Uno de los remedios,  si intentamos enfrentarnos a ese  infecundo momento, sería la lectura y escritura. Debido a esos frutos germina en nosotros otro yo iluminado  con  el que podemos ejercitar un diálogo que nos puede ayudar a sobrellevar el retraimiento interior.

Leer… escribir, salir al encuentro de la vida con sus amuletos esperanzadores. 

Lo dijo con premeditación el pibe  Jorge Luis Borges: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mi me enorgullecen las que he leído.”

 Hace años – era igual a un gorrión sin alas  -  comencé a leer sin estar al tanto del poder de las palabras, y a emborronar cuartillas, renglones  reflejo de mis alucinaciones íntimas. Era el tiempo en que la luminiscencia del anhelo  ilusionado se reflejaba en mis ojos con la fuerza de cristal de cuarzo sobre un paisaje de ensoñación: los prados inclinados del cementerio de Ciares, en un Gijón oscuro de la infancia lejana. 

 Los primeros escritos, incautos, se perdieron como tantas otras marabuntas.  Más tarde me deshacía de ellos avergonzado. Si de algo me jacto es del  poco apego a mis cuartillas, aunque en alguna parte, entre los dobleces de la piel, hay cicatrices vivenciales que si se tocan, punzan.

Debemos percibir los resortes de la  existencia deslizándose  sin demasiados morrales encima. Suelo sollozar a menudo. Más que lágrimas, es un vapor húmedo  colgado en los ojos. Sucede  ante el infortunio de toda persona, la indigencia  que tanto abunda o  una escena de cariño tardío en alguna envejecida  película  en blanco y negro marchito.

 En este intervalo dejo de escribir y voy a envolverme en las neblinas encubiertas bajo la piel. La noche es acogedora y fresca, los ruidos se han disipado. Se está bien allí, con la ventana abierta. La mente retoca formas, y en ellas,  vislumbro al emperador Adriano, en  cuya biografía novelada  la autora de  “Opus Nigrum” nos legó un aporte certero  del discernimiento del poder político,

Al hombre lo contemplo viejo, enmohecido. Enterró en la tarde el cuerpo joven de su amado Antinoo, y llora como un niño asustado en la sombras. Su dolor se desnuda igual a las hojas en el  otoño y siento compasión  al verlo afligido.

Recapacito quejumbroso en lo que puede hacer una  mirada  asceta en medio de las oscuridades al fondo del ventanal. Uno, ser vulnerable,  termina convirtiendo los actos cotidianos  en un murmullo, casi en monólogo interior, un ir descorriendo las cortinas de nuestra pequeña vecindad intentando hallar un resquicio de esperanza. Dante lo  exclamó siglos después: “Los que entráis aquí perded toda esperanza”. Era el pórtico del averno y tardamos en saberlo cuando ya era demasiado tarde.

Constantino Cavafis, el poeta ambulante en “El cuarteto de Alejandría”, lo dijo con sentimiento helénico: “Un monótono día sigue a otro / idénticamente monótono. Las mismas cosas / nos ocurrirán una y otra vez, / los mismos momentos van y vienen.”
La noche  huele a mazorcas húmedas y hay resortes adoloridos sobre las manos y en las tapas de los libros que reposan sobre el tálamo. Es hora de retornar  al obligado  duermevela

sábado, 27 de febrero de 2016

Humberto Eco marchó hablar con Borges


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 Jorge Luis BorgesResultado de imagen de fotos de jorge luis borges
Resultado de imagen de fotos de jorge luis borgesResultado de imagen de fotos de jorge luis borgesUmberto  Eco      Resultado de imagen de foto de Umberto Eco
 

Una vez  llevado el semiólogo milanés Umberto Eco  a los aposentos de Orión, el perenne tabernáculo que traspasa el tiempo con  escultores de humano aliento,  magas afines a Afrodita o Citerea, y un Cervantes dialogando con  Shakespeare al que el caballero de la Mancha  confunde con el dramaturgo Marlowe, la llegada del autor de la “La estructura ausente”,  orbe escolástico iniciático  de sus novelas “El nombre de la Rosa, “El péndulo de Foucault” y  “El cementerio de Praga”, lo arroparon de gozo Descartes, Pascal y   el humanista Montaigne.

Jorge Luis Borges, al que Umberto Eco convirtió  en el “Jorge de Burgos”,  monje ciego en la detectivesca obra medieval colmada de códices, estaba ansioso por hablar con el milanés  de inmortalidades y definirle de cada uno de  los  códigos ocultos  en “Funes el memorioso”.

 Esto nos lleva a una conclusión: leer libros, todos los que se pueda a lo largo de la existencia, es la insuperable receta  que nos abre las puertas del inconmensurable  “Aleph”,  lugar en que la vida se expande hasta el infinito  y la hacemos arrebatadoramente nuestra. 

Últimamente leemos con avidez y  desmedido desorden como si intentáramos recuperar el tiempo disipado, aún a sabiendas de que a cierta edad es exiguo lo que absorbe la mente cansina.

 Si bien no recordamos haber dejado de avizorar un texto, es ahora, con  un  mojón de otoños encima, cuando nos  damos cuenta de lo poco que hemos trillado. La frase de Sócrates: “Solo sé que no sé nada”, posee una certera exactitud en nosotros.

La pasada noche en esta orilla del Mediterráneo inundada de albuferas, marinas níveas,  arrozales, aceite de oliva, aceitunas, vaguadas, marjales, campos de naranjas, cidras y flor de azahar, costas  en la que   venimos haciendo parada y fonda,  volvimos a introducirnos en “La vida de las termes” de Mauricio Maeterlinck.  El ensayista obtuvo  el Premio Nobel de Literatura en 1911 con la obra    “L´Oiseau Bleu” (El pájaro azul).

 Del escritor belga nacido en  Gante, conocíamos igualmente “La vida de las hormigas”, trabajo comparable al de cualquier experimentado entomólogo.

  Boot  de Condillac, filósofo francés creador de la escuela sensualista, decía que  “el secreto del escritor está en saber comprender la armonía”.

El ruso Tchinguiz Aitmatov lo expuso sin dobleces.  Cuando el invierno era inclemente en las heladas  tierras de los kirguises - el grupo de los turcos-mongoles dedicados a la vida pastoril en la Kirguizia –  Aitmatov escribió un  texto corto llamado “Yamilia”.

La obra es la lucha de un amor, una familia y una tierra. También un poco de ganado y unas duras tareas agrícolas.

En esa época,  Rusia iba desde los Cárpatos a los Urales, con su tundra repleta de duros pinos, fértiles llanuras hacia el Sur abrazando los campos semidesérticos con hombres y animales  famélicos.

Se regresaba a las luchas entre los boyardos, los mujik y los siervos, es decir, la autocracia de los menos sobre los más en los escritos “Padres e Hijos” de Iván Turgueniev. Desde ese entonces el problema es el mismo: líderes que creen tener la solución a los problemas cruciales de los pueblos mientras alrededor todo se hunde.

Hace unos días, intentando sentir el sol invernal que lucia generoso en la arcana rosaleda frente al apartamento en  que moramos, dimos con una caja de cartón enmarañada en unos arbustos. Acurrucada, había una paloma de las que tanto abundan en la zona. La sacamos del fresco  y el ave pareció agradecer los rayos calurosos del sol y levantó su cabeza hacia ellos.  La miré unos instantes y continué el camino.

En eso consiste la querencia. Amad para ser amados, al saber a recuento de la experiencia, que si desaparece un árbol, una flor, un canario, una collareja o un miasma algo nuestro  se desgarra.

No deseo con estas líneas hacer una epístola,  sino recordar cómo las cosas espontáneas y en apariencias pequeñas, nos abren hacia  la trascendencia de nuestros actos más profundos.

¿Por qué  escribí hoy  de libros? Intentaré explicarlo.

En “Cartas desde la Rue Taitbout”, William  Saroyan, después de haber sido un fiero batallador, desea congratularse con los seres más cercanos a él, y así envía misivas a Dios, a un amigo armenio, a su padre y a todos los que le ayudaron de una forma u otra a forjar su carácter no siempre acorde con criterios  heredados de sus antepasados.

Otra obra hacia  la que sentimos un respeto imponente, son las memorias apócrifas del emperador Adriano creadas en la esplendidez de Marguerite Yourcenar. Esas páginas nos obligan a ver desnuda la soledad del poder y encontrar en las acciones de esos seres excepcionales, y siempre trágicos, la genuina catadura moral de la raza humana.

 Y de eso hablan los libros leídos: narran la realidad  con sus aprensiones, anhelos, pasiones, amor y penas hondas. Es decir: la vida tal como es. Sin bambalinas.