martes, 15 de marzo de 2016

Civilización y Barbarie


 





Tratar el tema de los refugiados a consecuencia de   las guerras  que asolan el Medio Oriente obliga a  la conciencia.  El  padecimiento cruel de tantos seres no puede ser mirado al trasluz de un televisor en la comodidad de un sofá.  El otro que sufre siempre será el reflejo de nuestro propio  yo aún deseando evadirlo.

La situación en la Unión Europea es de vergüenza, desbarajuste y turbación. Esa tierra  en la que Zeus,  padre de los dioses,  toma la forma de un toro, rapta a la princesa Europa, hija del rey Agenor y copula con ella,  marcó  el comienzo de un mundo telúrico entre los Urales y el Océano Atlántico una vez separada de Asia, creando el mito  del hilo de Ariadna en las alas de Ícaro.

No es nada nuevo enunciar una verdad aplastante: el viejísimo continente es una inmensa crátera  atiborrada de sangre, angustia, sufrimiento inacabado, muerte y espanto. En medio, en la anchura de un horizonte  grecorromano y el insondable cristianismo, florecieron el humanismo, la filosofía y  las leyes que nos hacen civilizados, ramalazos  almohadillados  de un inacabable manto de literatura que se hace novela, poesía, teatro, música y   desemboca en lenguas rezumadas de filología, gramática y una retórica fecunda recubierta de seducciones. 

 Y en su centro,  los cafés con sus pulidas mesas de mármol, sitial en  que el judío  Mandel en las páginas de  Stefan Zweig, o “El busto del emperador”,  uno de los grandes temas de  Joseph Roth ante el derrumbe del imperio Austro-Húngaro, levantaron la perenne angustia de la vida desarropada, con trazos de incertidumbre, melancolía, ensoñación y  desvaríos de ternura mística.

Regresemos dentro de estas  cataduras al círculo concéntrico de la perenne tragedia en las fronteras europeas, un sendero desgarrado sin final con la misma sima penetrante que hizo deambular en los surcos del continente  a millones de seres en el calvario de la Segunda Guerra Mundial.  El drama ahora  se repite  con los seres - miles de ellos niños - procedentes de Siria, Irak, Afganistán y Yemen, mientras se les pisotead sin compasión  los derechos humanos, se van sepultado  entre barro, nieve, lluvia, frío cortante y desaliento.

Un informe -  “Infancia bajo asedio” - realizado por la organización  “Save the Children” en las áreas sitiadas de Siria entre ataques aéreos y bombas de barril, muestra  lo que conlleva el impacto psicológico en los menores que viven aterrados y padecen falta de comida, medicinas y agua potable.

Los niños se  han vuelto introvertidos, agresivos y más deprimidos.

Los pavores terribles del Medioevo siguen enquistados en las cavidades mentales de un sector nauseabundo  de  la arcaica estirpe  occidental.

Curzio Malaparte, el  toscano que ya nadie lee al ser sus escritos punzones  rasgando las conciencias,  lo dijo: “Medio mundo es una masa putrefacta, el cadáver descompuesto de una madre muerta que en vida fuera cruel, desalmada y pérfida”.

Vivimos   años de un relámpago paranoico, la reencarnación de Hassan Ibn Saba, el llamado “Viejo  de la Montaña” que en la atrincherada ciudadela de Alamut al  norte de Irán, siendo jefe de una secta fanática,  extendió una guerra contra los turcos al intentar estos imponer a los árabes la doctrina sunita profesada en los califatos de Bagdad, se ha levantado de sus cenizas.

Hassan, sin  ejército regular, igual al Estado Islámico, en menos de doce mese convirtió Irán  en carcoma terrorífica.

 Poseía un secreto: saber que a las religiones las mueve  un solo resorte: el premio inundado de placer libidinoso  si se muere defendiendo su fe.

 El místico embriagaba con vino y hachís a sus fieles fedayines, les abre las puertas de su harén  haciéndoles saborear anticipadamente los gozos reservados a los valientes en los jardines de Alá.

Exaltados, esos hombres parten felices a acuchillar – y así serían llamados “hashashins”, asesinos -  a los infieles del mundo conocido para mayor gloria de su amo,  y aunque les  fuera en ello la vida, están seguros de conquistar el Paraíso anhelado.

 Es la lucha entre la barbarie y la civilización de la que hablaba en los párrafos finales  de  “Doña Bárbara”  Rómulo Gallegos.

 Lo  soportado actualmente con los yihadistas del Estado Islámico  - decapitando a mujeres, niños, y hombres como si fueran ganado – y cuyo anhelo es hacer un Califato que impere en el orbe, no es nuevo en la historia; lo es, sí, la forma sanguinaria, fanática,  de esa denominada “guerra santa”,  sin respetar las sagradas suras que imperan en  la religión fundada por el profeta Mahoma.

 El filosofo Bernard-Henri Levi ha dicho  esta semana: “El retorno de los egoísmos nacionales y por tanto la ley de la jungla, es aterradora”.

Si Europa  deja de ser generosa en la ayuda a los refugiados, ya no será la  cuna de los valores intrínsecos que nos hacen humanos, volverá a las cavernas de Platón.

 

 

 


 
 
 

domingo, 6 de marzo de 2016

Aceite de Argan y miel

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 Mezquita Kutubía
 
 
 
A conciencia de un espacio interior tornado afinidades afectivas,  los breves viajes realizados al comienzo del año como aviento de los vaivenes interiores, nos hacen partir de ese lago de nombre mar  Mediterráneo hacia las bifurcaciones del Magreb, y de ahí  al encuentro de Marruecos. Dos horas en las alturas nos llevan al país de las especies con sabores a comino,  tomillo, incienso o el hinojo anisado. Aterrizamos en Casablanca.

Partiendo de esta ciudad de raza berebere, arrasada con las cimitarras almorávides y colonialismo  francés - dependiendo de la brújula que sostiene el  ánimo -  nos volvemos transeúntes en Rabat, Fez o Marrakech,  al encuentro de la inmensa cordillera  Atlas con bancales uncidos   a la novela “El cielo protector” de Paul Bowles y sus enebros rojos.

La antigua capital del imperio alauita, Marrakech,  le sabe al andariego a  chumberas, salmuera, vinagre,  palmerales tejidos a mano con hilos verdes  en el “Jardín Majorelle”  de Yves Saint-Laurent; clavo, aderezo y canela; murallas y barro rojizo, placitas y callejuelas, guardan aún jirones de un amor arabesco  arrancado  de una distante mocedad  encanecida.

 Tras un  tiempo de diásporas, retornamos al encuentro del cuero repujado donde incliné mi cabeza en una morada, tras la tumba de Ben Tachfine,  regada con agua de rosas y aceite de Argan  en la que Douniya, día y noche, frotaba sus cabellos azabache de odoríferos sensuales.

Un día, acurrucado en un tapiz  tejido en el valle  de Ait Mizane, en esa hora en  que la luz de la tarde comienza a menguar, escuché unas estrofas  populares  entonadas en la voz de mujeres tuaregs -  berebere de piel blanca -   bajo el cobijo de una jaima:

“Los días caminan lentamente como un rebaño de corderos que la noche arroja de sus pastos - ovejas blancas,  ovejas negras - .

Se alejan en el tiempo hacia el refugio de los merrah ignorados,  donde  reposa todo lo que fue y ya no lo es.

 Los días vuelan rápidos y apresurados sobre las largas olas silenciosas igual a  ibis en el campo”.

 Durante unos  años, el desierto del Sahara Occidental  formó parte de nuestra  existencia mezclada de vientos  lanzando el siroco dentro de  los cuencos con  leche de dromedaria. 

A partir de entonces estamos cimentados de una arena  que ha  moldeado nuestro  carácter y, aún siendo taciturno, es ahora  más  tolerante debido quizás a la extenuación de la edad.

 ¡Cuánta remembranza! Otra vez mirando  el céfiro desmelenado y la sorprendente serranía del Atlas. Igual a otras mañanas, hablamos de anhelos depositados en el suelo de la  manta de dormir  en un recodo del río seco, lugar en que las gacelas siguen buscando  la frescura  de las primeras brumas de la noche estrellada.

  Ese olor a té verde lo conocemos; el espíritu  está impregnado de él, saborea el relente de la piel y adormece con suavidad  los párpados.

A partir de cosechas inmemoriales, las tribus  bereberes venidas de las estribaciones de las cumbres y el desierto  bajan hacia Asmara – Alá bendiga la ciudadela santa de los “hombres azules” -, se sientan a descansar al conjuro de los suntuosos alcázares y las murallas que circundan el parque  Abdel Salaam  y la puerta Aidi Fib.  

Cada año, ya en época del gran Mulay Ismail, descendientes jerifianos  del profeta Mahoma rendían pleitesía a los sultanes de Marrakech y colocaban bajo su protección a las distintas tribus  nómadas de la misteriosa región, tan extraña y profunda como un cuento de Paul Bowles al  desgarro del  antiguo “Café  Glaciar”, con su galería única hacia la plaza  Jemaa el Fna - conocida como “Asamblea de los muertos” -  un mosaico del mundo humano de Marruecos,  en el que una inmensidad de tenderetes ofrecen lo inimaginable dentro de una barahúnda organizada.

En Jemaa el Fna todo se consigue. Es un espectáculo imponderable, asombroso. Allí se acude sentir, palpar, absorber, degustar platos rebosantes de especies, saborear té de menta, escuchar músicos improvisados  y pasmarse ante unos monos remontando a nuestra espalda o serpientes adormiladas que un flautín hace subir del suelo empolvado.  

Al presente, sus matices, el cuadro de irisaciones se vuelve similar  y  a la vez diferente. O quizás ya no sean igual las reminiscencias turbadoras, al ser sombras reales o inventadas. Nadie  trasmuta la plaza,  ella sigue ahí convertida en algarabía bulliciosa.

Estando en ella uno se embulle en su mundo absoluto, relámpago que obliga a escuchar las más pasmosas historias de Aladino o Simbad el Marino; ver aguadores de coloridos atuendos y añejas adivinadoras con cartas de Beirut, mientras doradas turistas nórdicas idealizan  con ser raptadas por  un mercader de esclavos y  llevadas a disfrutar una luna  de lujuria en los aposentos del hotel  La Mamounia,  en donde cada una de ellas será una nueva   Sherezade del serrallo.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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jueves, 3 de marzo de 2016

Meandros del alma






La frase de Gustave Flaubert  - Marguerite Yourcenar lo incluye como metáfora en sus “Memorias de Adriano - : entre Cristo y Marco Aurelio, instante en que el hombre estuvo solo y abandonado a su suerte, el único sortilegio posible era  agarrase a los meandros del alma.

No son fielmente las palabras del autor de “Madame Bovary”, y aún así son exactas. La raza humana posee una aprensión de nacimiento: la incomunicación.  ¿Y quién la salva?  Uno de los remedios,  si intentamos enfrentarnos a ese  infecundo momento, sería la lectura y escritura. Debido a esos frutos germina en nosotros otro yo iluminado  con  el que podemos ejercitar un diálogo que nos puede ayudar a sobrellevar el retraimiento interior.

Leer… escribir, salir al encuentro de la vida con sus amuletos esperanzadores. 

Lo dijo con premeditación el pibe  Jorge Luis Borges: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mi me enorgullecen las que he leído.”

 Hace años – era igual a un gorrión sin alas  -  comencé a leer sin estar al tanto del poder de las palabras, y a emborronar cuartillas, renglones  reflejo de mis alucinaciones íntimas. Era el tiempo en que la luminiscencia del anhelo  ilusionado se reflejaba en mis ojos con la fuerza de cristal de cuarzo sobre un paisaje de ensoñación: los prados inclinados del cementerio de Ciares, en un Gijón oscuro de la infancia lejana. 

 Los primeros escritos, incautos, se perdieron como tantas otras marabuntas.  Más tarde me deshacía de ellos avergonzado. Si de algo me jacto es del  poco apego a mis cuartillas, aunque en alguna parte, entre los dobleces de la piel, hay cicatrices vivenciales que si se tocan, punzan.

Debemos percibir los resortes de la  existencia deslizándose  sin demasiados morrales encima. Suelo sollozar a menudo. Más que lágrimas, es un vapor húmedo  colgado en los ojos. Sucede  ante el infortunio de toda persona, la indigencia  que tanto abunda o  una escena de cariño tardío en alguna envejecida  película  en blanco y negro marchito.

 En este intervalo dejo de escribir y voy a envolverme en las neblinas encubiertas bajo la piel. La noche es acogedora y fresca, los ruidos se han disipado. Se está bien allí, con la ventana abierta. La mente retoca formas, y en ellas,  vislumbro al emperador Adriano, en  cuya biografía novelada  la autora de  “Opus Nigrum” nos legó un aporte certero  del discernimiento del poder político,

Al hombre lo contemplo viejo, enmohecido. Enterró en la tarde el cuerpo joven de su amado Antinoo, y llora como un niño asustado en la sombras. Su dolor se desnuda igual a las hojas en el  otoño y siento compasión  al verlo afligido.

Recapacito quejumbroso en lo que puede hacer una  mirada  asceta en medio de las oscuridades al fondo del ventanal. Uno, ser vulnerable,  termina convirtiendo los actos cotidianos  en un murmullo, casi en monólogo interior, un ir descorriendo las cortinas de nuestra pequeña vecindad intentando hallar un resquicio de esperanza. Dante lo  exclamó siglos después: “Los que entráis aquí perded toda esperanza”. Era el pórtico del averno y tardamos en saberlo cuando ya era demasiado tarde.

Constantino Cavafis, el poeta ambulante en “El cuarteto de Alejandría”, lo dijo con sentimiento helénico: “Un monótono día sigue a otro / idénticamente monótono. Las mismas cosas / nos ocurrirán una y otra vez, / los mismos momentos van y vienen.”
La noche  huele a mazorcas húmedas y hay resortes adoloridos sobre las manos y en las tapas de los libros que reposan sobre el tálamo. Es hora de retornar  al obligado  duermevela

sábado, 27 de febrero de 2016

Humberto Eco marchó hablar con Borges


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 Jorge Luis BorgesResultado de imagen de fotos de jorge luis borges
Resultado de imagen de fotos de jorge luis borgesResultado de imagen de fotos de jorge luis borgesUmberto  Eco      Resultado de imagen de foto de Umberto Eco
 

Una vez  llevado el semiólogo milanés Umberto Eco  a los aposentos de Orión, el perenne tabernáculo que traspasa el tiempo con  escultores de humano aliento,  magas afines a Afrodita o Citerea, y un Cervantes dialogando con  Shakespeare al que el caballero de la Mancha  confunde con el dramaturgo Marlowe, la llegada del autor de la “La estructura ausente”,  orbe escolástico iniciático  de sus novelas “El nombre de la Rosa, “El péndulo de Foucault” y  “El cementerio de Praga”, lo arroparon de gozo Descartes, Pascal y   el humanista Montaigne.

Jorge Luis Borges, al que Umberto Eco convirtió  en el “Jorge de Burgos”,  monje ciego en la detectivesca obra medieval colmada de códices, estaba ansioso por hablar con el milanés  de inmortalidades y definirle de cada uno de  los  códigos ocultos  en “Funes el memorioso”.

 Esto nos lleva a una conclusión: leer libros, todos los que se pueda a lo largo de la existencia, es la insuperable receta  que nos abre las puertas del inconmensurable  “Aleph”,  lugar en que la vida se expande hasta el infinito  y la hacemos arrebatadoramente nuestra. 

Últimamente leemos con avidez y  desmedido desorden como si intentáramos recuperar el tiempo disipado, aún a sabiendas de que a cierta edad es exiguo lo que absorbe la mente cansina.

 Si bien no recordamos haber dejado de avizorar un texto, es ahora, con  un  mojón de otoños encima, cuando nos  damos cuenta de lo poco que hemos trillado. La frase de Sócrates: “Solo sé que no sé nada”, posee una certera exactitud en nosotros.

La pasada noche en esta orilla del Mediterráneo inundada de albuferas, marinas níveas,  arrozales, aceite de oliva, aceitunas, vaguadas, marjales, campos de naranjas, cidras y flor de azahar, costas  en la que   venimos haciendo parada y fonda,  volvimos a introducirnos en “La vida de las termes” de Mauricio Maeterlinck.  El ensayista obtuvo  el Premio Nobel de Literatura en 1911 con la obra    “L´Oiseau Bleu” (El pájaro azul).

 Del escritor belga nacido en  Gante, conocíamos igualmente “La vida de las hormigas”, trabajo comparable al de cualquier experimentado entomólogo.

  Boot  de Condillac, filósofo francés creador de la escuela sensualista, decía que  “el secreto del escritor está en saber comprender la armonía”.

El ruso Tchinguiz Aitmatov lo expuso sin dobleces.  Cuando el invierno era inclemente en las heladas  tierras de los kirguises - el grupo de los turcos-mongoles dedicados a la vida pastoril en la Kirguizia –  Aitmatov escribió un  texto corto llamado “Yamilia”.

La obra es la lucha de un amor, una familia y una tierra. También un poco de ganado y unas duras tareas agrícolas.

En esa época,  Rusia iba desde los Cárpatos a los Urales, con su tundra repleta de duros pinos, fértiles llanuras hacia el Sur abrazando los campos semidesérticos con hombres y animales  famélicos.

Se regresaba a las luchas entre los boyardos, los mujik y los siervos, es decir, la autocracia de los menos sobre los más en los escritos “Padres e Hijos” de Iván Turgueniev. Desde ese entonces el problema es el mismo: líderes que creen tener la solución a los problemas cruciales de los pueblos mientras alrededor todo se hunde.

Hace unos días, intentando sentir el sol invernal que lucia generoso en la arcana rosaleda frente al apartamento en  que moramos, dimos con una caja de cartón enmarañada en unos arbustos. Acurrucada, había una paloma de las que tanto abundan en la zona. La sacamos del fresco  y el ave pareció agradecer los rayos calurosos del sol y levantó su cabeza hacia ellos.  La miré unos instantes y continué el camino.

En eso consiste la querencia. Amad para ser amados, al saber a recuento de la experiencia, que si desaparece un árbol, una flor, un canario, una collareja o un miasma algo nuestro  se desgarra.

No deseo con estas líneas hacer una epístola,  sino recordar cómo las cosas espontáneas y en apariencias pequeñas, nos abren hacia  la trascendencia de nuestros actos más profundos.

¿Por qué  escribí hoy  de libros? Intentaré explicarlo.

En “Cartas desde la Rue Taitbout”, William  Saroyan, después de haber sido un fiero batallador, desea congratularse con los seres más cercanos a él, y así envía misivas a Dios, a un amigo armenio, a su padre y a todos los que le ayudaron de una forma u otra a forjar su carácter no siempre acorde con criterios  heredados de sus antepasados.

Otra obra hacia  la que sentimos un respeto imponente, son las memorias apócrifas del emperador Adriano creadas en la esplendidez de Marguerite Yourcenar. Esas páginas nos obligan a ver desnuda la soledad del poder y encontrar en las acciones de esos seres excepcionales, y siempre trágicos, la genuina catadura moral de la raza humana.

 Y de eso hablan los libros leídos: narran la realidad  con sus aprensiones, anhelos, pasiones, amor y penas hondas. Es decir: la vida tal como es. Sin bambalinas.

jueves, 15 de octubre de 2015

La levedad del ser






EN LA ORILLA RAFAEL CHIRBES








Unos días en el centro de Europa,  caminando a paso de gorrión de casero vuelo  sobre la ciudadela de Praga, entre sombras hendidas de vidas que no llevan al Castillo que matiza de manera recóndita a la ciudad de los alquimistas y la extraña corte de Rodolfo II,  ese barrio de Mala Strana, entre estilos renacentistas y barrocos, la vida recóndita del Golem en los callejones del gueto, y tal vez en mitad del medio, el barrio Josefo y la Plaza Vieja, y muy cerca del Puente de Carlos  el impresionante y trágico cementerio judío, el recuerdo de la estancia languidecida  de Apollinaire en los esplendores y decadencias del imperio austrohúngaro buscando los pasos de  Kafka,  su anhelada  Milena  y el crepúsculo bajo los puentes del Moldava.

Estando ahí, sin haber escuchando  hasta entonces algunas de las embelesadas  Polkas, siempre de moda en Bohemia, entre sauces blancos y un cielo gris plomizo, nos enfrentamos  -más que a unos acontecimientos crueles que representó la historia adolorida, brutal y sangrante  en las dos últimas guerras mundiales en las que tanto padeció la República Checa-  a las palabras  de Milan Kundera en “La insoportable  levedad del ser”, con esas páginas contrariadas entre nuestras manos,  dicho ya el adiós pesaroso  -  quizás hasta pronto, si los días del cercano invierno nos son propicios -  subíamos a un avión que nos llevaría a los  promontorios de la isla de Chipre. Mitad griega y mitad turca.

Sobrevoló los acantilados  del sector turco y emprendió  después, como si cruzara un sembradío de colinas verdes y azules, las pequeñas y grandes islas que forman Grecia. El destino era Roma.

  En  las alforjas  “El camino de los griegos”,  un ensayo de la alemana Edith Hamilton, cuya publicación,  en 1930,  recibió la enemistad de los historiadores helénicos y que hoy es un tratado de los fundamentos de nuestra cultura occidental.  A la par,  llevabo un pequeño ramo de albahaca obtenido en el aeropuerto de Larnaca.

 Equipaje suficiente como soporte de los vaivenes del espíritu.

 Gracia, tal como la conocemos hoy, es la sangre mezclada con muchas otras, y siempre ahí, imperecedera, madre de las raíces insondables de los valores humanos.

Aquellas alianzas en el Peloponeso donde había un Pericles más dios que hombre, permitieron la llegada de un Filipo de Macedonia y su hijo Alejandro.

Eran los tiempos en que en Grecia lo divino estaba vivo, y en las ciudades de los césares nos explicaron la razón del Cosmos.

Zeus, Dionisios, Apolo, Hera, Afrodita y tantos  más, fueron grandes por la llana y  simple  razón de haber sido antes, sobre todo, profundamente hombres y mujeres

Todos somos un poco helénicos  y mamamos la esencia de esa raza. Borges, el ciego de Rivadavia,  lo ha dicho:

“Los griegos contrajeron, nunca sabremos cómo, la singular costumbre de conversar. Dudaron, persuadieron, disintieron, cambiaron de opinión, aplazaron. Acaso los ayudó su mitología, que era, como el Shinto, un conjunto de fábulas imprecisas y de cosmogonías variables. Esas  dispersas conjeturas fueron la primera raíz de lo que llamamos hoy, no sin pompa, metafísica.”

 Ahora sabemos que sin esos conversadores, la cultura occidental hubiera sido  inconcebible.

  Lo mismo sucedería con las palabras huecas y estériles antes de la entrega carnal con las diosas paganas que,  en noches de lujuria,  nos hicieron febriles entre  los abrazos del amor  pasional.

 En Roma la fogosidad se  hizo bacanal, paradisíaca en los frisos de piedra, no en las vías, corsos y calles con  nombres de césares y papas impenitentes.

 Aquel tiempo se hizo exaltación lejana, mientras el actual nos lo recordó Yeats: “Las cosas se desmoronan, ceden los cimientos, la anarquía se desata sobre el mundo”.

Hoy observamos horrorizados la barbarie del actual Estado Islámico  surgido de las cavernas: su crueldad religiosa y un odio a la civilización en los poemas de “La segunda venida”, más  un libro escrito hace un siglo por Robert Hugh Benson, hijo del primado de la Iglesia anglicana y arzobispo de Canterbury, llamado “Señor del mundo” y  de   una actualidad pasmosa,  nos está acercando a una apocalíptica profecía.

 En Valencia del Cid, la ciudad mediterránea donde ahora trasiego mis días languidecidos, se volvió sombra encerrada en recuerdos imperecederos.

Leo, escribo -  ahora un libro realista cuyo autor es Rafael Chirbas. Murió hace unos días apenas a los 65 años. Es sus páginas la crisis económica española, ese golpe seco que aún colea y duele -. Algunas tardes camino. Un corto paseo entre los árboles, los setos y rosales en los Jardines de Vivero que veo con sosiego desde mi ventana.  Siento que es un don que la naturaleza nos ha concedido.

En  la mirada, las vivencias se adormecen, y  la existencia,  si se sabe beberla sin prisa, con sosiego, contiene sortilegios fluidos.

 

 

 

 

jueves, 8 de octubre de 2015

Campos de escarcha




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Salimos al despuntar el alba mediterránea en las cercanas orillas de Malvarrosa y los juncales de El Saler, a una hora temprana en que el mar se hallaba   macerado de un color plateado.

Teníamos una cita pautada hace muchos otoños con el trovador de palabras bruñidas  Miguel Hernández. Lo habíamos leído a salto de mata en nuestra juventud encabritada al tener aún entonces la certeza de que sus estrofas eran ecos de los crecidos poetas, esos que nos  empaparon las carnes de pujanza transmontana.

Y Miguel, el cabrero, analfabeta  incipiente, hizo una  poesía terrosa, cruda, brutal, con palabras arrancadas  al ulular de viento en los peñascos, amasando y convirtiendo en  llameantes bramidos los quejidos de  sus propias  entrañas.

 Ansiaba ver su  vivienda, comprender como un campesino que apenas aprendió las primeras letras y poco más, nos pudo transferir  parte de la mejor  poesía española del siglo XX.

En la casa, de teja árabe a tres aguas, puertas y ventanas en ocre oscuro y paredes claras, de una sola planta unida al cobertizo de las cabras y los  aparejos usados en el campo, vivió el poeta oriolano con sus padres y hermanos, hasta que en un segundo intento de ir a Madrid a dar a conocer sus primeros versos barrocos de tendencia garcilasiana, más un corto regreso para unirse con Josefina Manresa, su novia, no  retornaría nunca más.

Habiendo tomado parte activa en la Guerra Civil leyendo sus poemas en las trincheras, acabada la contienda es detenido y condenado  a muerte, sentencia que es conmutada por treinta años de cárcel. Imposible de cumplir: una tuberculosis acabó con su vida en 1942. Tenía 32 años ya rotos, desencajados, quejumbrosos hasta el tuétano. 

 En cortas líneas poco o nada se puede  decir del autor  de  “Las nanas de la cebolla”, y aún así, su recuerdo será perennemente una afectiva admiración.

 Las nanas nacieron en una celda depresiva tras unas letras conmovedoras a su esposa y su único hijo: “Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí y mi niño se sentirá indignado  de mamar y sacar zumo de cebolla en lugar de leche. Para que le consueles te mando estas coplillas que le he hecho”.

¿Quién no recuerda en instantes de dolientes murmullos esas estrofas de la mejor lírica posible?:

“En la cuna del hambre / mi niño estaba. / Con sangre de cebolla / se amamantaba. / Pero tu sangre, / escarchaba de azúcar, / cebolla y hambre”.

 Juan Ramón Jiménez leyó “Perito en lunas”, los primeros versos  neogongorinos del juglar. De ellos diría en lírico de Moguer: “Que no se pierda… esta voz, este acento, este aliento joven de España”.

Y el inmenso Pablo Neruda, que conoció a Miguel siendo terrón duro, fue profético: “Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela, cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra”.

Ahora, con la brisa de la sembradura y los almendros sin flor, siento una sensitiva evocación cubriendo las páginas que llevo en mis manos. No me duele al leerlas el aliente adolorido. O  tal vez sí.