domingo, 23 de agosto de 2015

Praga nos supo a libertad






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Sucedió en pleno verano  ante el remolino de una  brisa de libertad salida de la Ciudad Vieja, mientras  las aguas del río  Moldava llamaban  a esas semanas de febril esperanza y alucinaciones,   “la primavera de Praga”.

En la ciudad del Golem y el rabino Loew,  se levantó una ventolera que en aquellos días estremeció los cimientos podridos del Kremlin pidiendo  lo imposible: liberación.  

En París, unas semanas antes, en mayo, los estudiantes llenaron sus distritos  con grafitis  perennes: “Prohibido prohibir. La libertad se rompe con una prohibición”; “Sean realistas: pidan lo imposible”; “Un pensamiento estancado es un pensamiento que se pudre”.

¡Ay! lejana primavera de los líricos sueños de Praga...

Hubo sangre a granel, manantiales de ella, y es ahora, cuatro décadas y siete años más tarde,  cuando estos arreboles vienen con el recuerdo de la invasión soviética de Checoslovaquia  – años después República Checa y República de Eslovaquia tras la separación -,  el 20 de agosto de 1968. Época inconmensurable  de humanismo en los cafés de Viena que comenzó con un brebaje turco y los periódicos gratis en la mesa, las grandes discusiones, la filosofía y su libertad   en cada palabra de los tertulianos

Fueron 750.000 soldados rusos, 6.000 tanques y 700 aviones contra un sueño de liberación, en el que  los comunistas  vieron una actitud revisionista del pueblo checo para zafarse de los ásperos brazos de hierro de Moscú.  

 Han trascurrido 47 años y sus afanes  no se vieron recompensados hasta la caía del Muro de Berlín.

Estos días agosteños demasiado calurosos hemos estado en la histórica Plaza de   Wenceslao en la que corrió estirpe de muerte  y se rompieron en pedazos los quimeras de una raza milenaria y aún así, no pudieron los fusiles y cañones extinguir los afanes de todo un pueblo levantado en las llanuras inmensas - mitad del año heladas -  del centro de Europa.

En ocasiones la primavera, además de su  verde perenne, los cardos en flor, el púrpura de las buganvillas, sus altos robles, arces y castaños,  también tiene aires de ilusión perpetua. Es entonces cuando estalla el deseo del libre albedrío, y todo él  se envuelve lozanía, risas, enredaderas húmedas soltando cataratas de agua, haciendo que hasta  la esencia primogénita de los incrédulos de la libertad misma se doblegue a su potestad.

Esta onda expansiva la hemos visto esta misma  semana que finaliza en la  fiesta cívica de una Praga  laica  que celebraba aquel movimiento telúrico de emancipación, aplastado en horas, es verdad, y aún así, enraizado desde aquel agridulce día,  en la saliva de cada hombre o mujer del pueblo praguense.

Estas líneas escritas al voleo del corto viaje – antes hicimos posada en Budapest y Viena -  la entienden bien los ciudadanos checos quienes con el inicio del tiempo caluroso  festejan,  junto con la hierba en las plazas, el violeta de las lilas, el blanco de las azucenas, e incluso con la luz brillante y diáfana del amanecer, su ¡“Primavera de Praga”!; cinco meses de gloriosos aires de libertad absoluta frente al régimen comunista.

Toda esa entrelazada “osadía” sorprendente, extraordinaria, única en aquella época de oscurantismo soviético, la sufragaron con dolor macerado cuando se cortó en seco la orgía sublime y maravillosa  de la libertad,  el 20 de agosto de 1968.

Durante ese mefítico día invadieron  el país eslavo  las tropas soviéticas del Pacto de Varsovia,  y una  marabunta maligna  embistió contra todos aquellos que buscaban con fe insondable la construcción de una vida más justa, envuelta en la atmósfera del sueño alucinante de las sempiternas palabras, miles de veces repetidas en Praga y sus pueblos milenarios: “Pidamos lo imposible” y, en añadidura,  una frase de Friedrich Hegel: “La libertad es la conciencia de la necesidad”.  

Faltarían unos versos del poeta Hölderlin,  y al no tenerlos ahora  ante su mirada  el escribidor de estas líneas sabatinas, hurta agradecido los de Apollinaire, que con tanta pasión amó la  urbe gris de  Franz Kafka, el que hizo decir a Johannes Urzidil,  que “Kafka era Praga, y que Praga era Kafka”.

Dijo el francés: “Estás en el jardín  de un hotel de los alrededores de Praga. / Estás  feliz y sobre la mesa hay una rosa. / Observas, en lugar de escribir, tu cuento en prosa, / la cetonia que duerme en el corazón de la rosa. /  Lleno de espanto te ves dibujado en las ágatas de San Vito”.

Los versos trascurren en las callecitas del barrio judío, mientras subiendo hacia Haradchin se oyen en las tabernas canciones.

Nos despedimos de Praga. Las olas del río Moldava son nuestra vivencia. Es la pasión que guía  cada acto en esta Europa pretérita, adueñándose del pensamiento del cotidiano caminar, mientras rumiamos exilios, recuerdos, ausencias y olvidos.

Praga nos supo a libertad.

lunes, 18 de mayo de 2015

Ramas de albahaca




La divina Afrodita



El avión  había despegado de Chipre, sobrevoló los acantilados  de turcos cerca del mar y empezó, como si cruzara  sembradío de promontorios azules, las pequeñas y grandes islas que forman Grecia. El destino era Roma.

  En  las alforjas “Los poetas griegos del siglo XX” de Miguel Castillo Didier. Además unas ramas de albahaca.

 Suficiente bagaje donde llevar los vaivenes del alma.

 Gracia es la sangre mezclada con muchas otras, y siempre ahí, imperecedera, madre de las raíces profundas de los valores humanos.

 No importa que fuera primero  jónica, más tarde de los dorios,  al sentir los griegos, con Atenas y Esparta, la unidad espiritual que los ha mantenido referente de las propias raíces  como pueblo libre.

 Aquellas alianzas en el Peloponeso en el que había un Pericles más dios que hombre, fueron las que al final permitieron la llegada de un Filipo de Macedonia cuya herencia fue sellada en los dorsos divinos  de su hijo Alejandro.

 Más tarde, durante siglos, la vivencia se volvió polvo. Rotas las antiguas alianzas, todo fue fácil en las manos de Roma, la ramera mitológica, naciendo  la leyenda grecolatina de los mitos- casi cuentos infantiles según Voltaire -  marcadores imperecederos de esos otros “mythos” reflectores de nuestra esencia de hoy.

Eran los tiempos en que en Grecia lo divino estaban vivo y en la ciudades de los césares nos explicaron la razón del Cosmos. Y así  Zeus, Dionisios, Apolo, Hera, Afrodita y tantos otros, fueron grandes por la simple  razón de haber sido antes profundamente humanos.

 Todos somos un poco griegos y mamamos la esencia de esa raza. Allí nació una de las cualidades que hizo al hombre pensativo: el diálogo. Sobre  él brotó la filosofía y el aparataje humanístico que nos cubre. José Luis Borges lo ha dicho mucho mejor, cuando unos quinientos   años antes de la era cristiana se dio en la Magna Grecia la mejor cosa que registra la historia universal: el descubrimiento del coloquio.

 “La fe, la certidumbre, los dogmas, los anatemas, las plegarias, las prohibiciones, las órdenes, los tabúes, las tiranías, las guerras y las glorias abrumaban el orden; algunos griegos contrajeron, nunca sabremos cómo, la singular costumbre de conversar. Dudaron, persuadieron, disintieron, cambiaron de opinión, aplazaron. Acaso los ayudó su mitología, que era, como el Shinto, un conjunto de fábulas imprecisas y de cosmogonías variables. Esas  dispersas conjeturas fueron la primera raíz de lo que llamamos hoy, no sin pompa, metafísica.”

 Y... “Sin esos pocos griegos conversadores, la cultura occidental es inconcebible.”

  Lo mismo sucedería con las palabras. El amor  sin ellas estaría hueco,  y los sueños morarían estériles antes de realizar la entrega carnal con las diosas paganas que en noche de lujuria nos hicieron hombres.

 

miércoles, 29 de abril de 2015

Mediterráneo

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Afloran igual a  gaviotas laceradas sobre las olas de un mar Mediterráneo escaldado de salitre color sangre, ecos de muerte y,   sin más ilusión que acariciar una costa. 

Fantasean en sus desvaríos con arenales deslumbrantes, litorales verdes, ríos de agua limpia sin veneno de contaminación; pan de trigo, leche tibia, en medio de noches claras, diáfanas y serenas, pero  lo más que la consigue la mayoría - puñados entrujados de hombres , mujeres y niños color azabache limado de hambre  - es a sentir la muerte revestida de espuma frenética tragándolos en el fondo de las aguas embravecidas, las tan galanteada en los versos de Constantino Kavafis, el poeta alejandrino de Lawrence Durrel en su “Cuarteto”. 

Dijiste: “Iré a otra ciudad, iré a otro mar.

Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.

Todo esfuerzo mío es una condena escrita;

Y mi corazón – como un cadáver – sepultado”.

Sus éxodos es perder la vida cerca de una costa bajo una luna rellena de afanes, en un latifundio que malamente ofrece polvo y aluviones huraños  fogosos.

 Europa – la arcaica  madre - se encuentra despavorida. Cientos, miles de famélicos emigrantes africanos son un cuadro real  de una tragedia  de espanto que no cesa.

 En un  poblado de nombre  Nuadibú – ni  un árbol, ni una sombra en docenas de kilómetros a la redonda, solamente sol perpetuo y abrasador-, sus habitantes jóvenes, mientras esperan un cupo para subir a una lancha canija,  intentan ganarse la vida excavando las tumbas en las que serán enterrados sus compañeros náufragos en la peligrosísima aventura cada semana.

Cobran tres euros al día bajo un ardor infernal, intentado no pensar que esa zanja tal vez un día  no lejano pueda contener sus propios  cuerpos amortajados.

 En Mali, país tierra infraestructuras, industria ni trabajo, solo miseria, el único camino es salir al océano al encuentro de otros horizontes. Los que se quedan, solamente cosechan mijo todo el año,  y cuando vienen como la marabunta  las plagas de langostas, ni eso.

 En cada pueblo  de Libia y más al sur,  se elige a un joven. Todos venden lo que pueden y ayudar al afortunado que preferirá morir en el mar, un barranco inhóspito o a manos de contrabandistas, antes que retornar derrotado al poblado.

Se comprende  ahora el pavoroso libro del húngaro  Imre Kertész-  Premio Nobel de Literatura -  culpable siempre  de haber sobrevivido a los horrores de los campos de concentración, el stalinismo y, en su heredad natal, el kadarismo.

Europa debería saber hasta el tuétano lo que significa dejar los campos amado o cada uno de los  anhelos sembrados.

 Los pájaros  agonizan a causa de su trinar. Entre el ave y el inmigrante hay un riachuelo de mutismo, frases laceradas,  frenesís excelsos y  amapolas mustias.

Es el tintineo del alma cuando sobre una tambaleante patera unos ojos recubiertos de nitro  escudriñan la lejanía buscando la playa deseada, y solamente hallan  - la mayoría de las veces -  las imperecederas fauces del Mediterráneo.

Y es una chacota: llaman – a ese lago grande -  el mar de las civilizaciones.

viernes, 10 de abril de 2015

Ciudad con río y mar










A razón de estar  leyendo - he tardo años en comenzarlo, al ir de Fernando Pessoa a   José María  Eça de Queiroz, y de éste a José Saramago - “Canto libre del Orfeo rebelde” del lusitano Migue Torga, me han venido pasados recuerdos de la ciudad que besa con pasión desmedida  y se apretuja por última vez al río Tajo, un  caudal de agua con una ciudad al fondo,  inundada de azules, ocres  y verdes.

 Miguel Ferreira usa mejores pinceladas: “Blanca azul roja verde castaña verde blanca muy blanca irresistiblemente alegre y acogedora flotando por el Tajo. Tierra a la vista. Era Lisboa”.

De ese promontorio, sobre el castillo de San Jorge, tengo una cicatriz en un costado del alma. Posiblemente ya no se vea, pero de aquella muchacha del añejo barrio de Alfama, donde los planos resultan inútiles para orientarse, me queda su sabor a salitre, sus ojos grandes, brunos - dos ascuas encendidas -, inundados de agua cuando me esperaba un pequeño paquebote para llevarme al norte, a Viana de Castelo, donde nos aguardaban, a ella el olvido, y a mí un seguir haciendo caminos.

Ya se sabe, los enamorados quieren a toda costa que su apego se vea, pero que su pasión no se comparta. ¿Dónde estará ahora Ana de Aveiro? En sueños la recuerdo y me sigue sabiendo su piel a ese licor de guindas llamado “grihinga” que solíamos tomar, en el último grito de la noche lisboeta, por la Rua Cascais.

Yo he escuchado decir que Lisboa se asemeja a un laberinto, pero eso suele suceder con frecuencia cuando uno es vencido por ese elixir prodigioso llamado Ribeiro, Carbalho, Ferreira, el rey de los aguardientes. Entonces sí, la ciudad, desde la Rua Alecrim arriba hasta llegar a Santa Catarina, se envuelve en un tejido de deseos imposibles.

 Para muchos viajeros, la verdadera Lisboa de Camoens está en las tascas y los restaurantes con azulejos enmarcados, aún hoy, en las técnicas del siglo XVII, donde comer, beber, jugar a las cartas, discutir de fútbol y hablar mal del gobierno de turno, forman parte de la esencia de  esa  raza de  marinos y emigrantes.

Pero para mí la ciudad  ya no es la urbe aristocrática y bohemia de “Los Maías” o la de “El primo Basilio”, grandes novelas de Eça de Queiroz aparecidas a finales del siglo XIX, sino una ciudad de trabajadores que transitan incansablemente las avenidas, ruas y muelles en busca de sus sueños cotidianos.

Luego de disfrutar de los atractivos de la urbe en la habitación del hotel con vista sobre huertas y jardines, nos dimos cuenta de lo cerca que en la ciudad  están los extremos opuestos.

En esta Lisboa - nadie sabe con certeza si es Atlántica o Mediterránea -  leímos hace tiempo en una guía de turismo: “La opulencia  se codea con la pobreza; los viejo con lo nuevo; lo alto con lo bajo; lo oculto, con lo sublime y profano”.

Y así, de forma mágica, todo viajero debe abandonar su  voluntad a la belleza para buscarla más allá de las remembranzas que la mirada asombrada  halla en el doblar de una esquina o ante la suave candidez de un geranio en una maceta de barro cocido al sol.

Acaso igual que estas letras de hoy  maceradas de tierra, licor  de cerezas y salitre.

 

 








A razón de estar  leyendo - he tardo años en comenzarlo, al ir de Fernando Pessoa a   José María  Eça de Queiroz, y de éste a José Saramago - “Canto libre del Orfeo rebelde” del lusitano Migue Torga, me han venido pasados recuerdos de la ciudad que besa con pasión desmedida  y se apretuja por última vez al río Tajo, un  caudal de agua con una ciudad al fondo,  inundada de azules, ocres  y verdes.

 Miguel Ferreira usa mejores pinceladas: “Blanca azul roja verde castaña verde blanca muy blanca irresistiblemente alegre y acogedora flotando por el Tajo. Tierra a la vista. Era Lisboa”.

De ese promontorio, sobre el castillo de San Jorge, tengo una cicatriz en un costado del alma. Posiblemente ya no se vea, pero de aquella muchacha del añejo barrio de Alfama, donde los planos resultan inútiles para orientarse, me queda su sabor a salitre, sus ojos grandes, brunos - dos ascuas encendidas -, inundados de agua cuando me esperaba un pequeño paquebote para llevarme al norte, a Viana de Castelo, donde nos aguardaban, a ella el olvido, y a mí un seguir haciendo caminos.

Ya se sabe, los enamorados quieren a toda costa que su apego se vea, pero que su pasión no se comparta. ¿Dónde estará ahora Ana de Aveiro? En sueños la recuerdo y me sigue sabiendo su piel a ese licor de guindas llamado “grihinga” que solíamos tomar, en el último grito de la noche lisboeta, por la Rua Cascais.

Yo he escuchado decir que Lisboa se asemeja a un laberinto, pero eso suele suceder con frecuencia cuando uno es vencido por ese elixir prodigioso llamado Ribeiro, Carbalho, Ferreira, el rey de los aguardientes. Entonces sí, la ciudad, desde la Rua Alecrim arriba hasta llegar a Santa Catarina, se envuelve en un tejido de deseos imposibles.

 Para muchos viajeros, la verdadera Lisboa de Camoens está en las tascas y los restaurantes con azulejos enmarcados, aún hoy, en las técnicas del siglo XVII, donde comer, beber, jugar a las cartas, discutir de fútbol y hablar mal del gobierno de turno, forman parte de la esencia de  esa  raza de  marinos y emigrantes.

Pero para mí la ciudad  ya no es la urbe aristocrática y bohemia de “Los Maías” o la de “El primo Basilio”, grandes novelas de Eça de Queiroz aparecidas a finales del siglo XIX, sino una ciudad de trabajadores que transitan incansablemente las avenidas, ruas y muelles en busca de sus sueños cotidianos.

Luego de disfrutar de los atractivos de la urbe en la habitación del hotel con vista sobre huertas y jardines, nos dimos cuenta de lo cerca que en la ciudad  están los extremos opuestos.

En esta Lisboa - nadie sabe con certeza si es Atlántica o Mediterránea -  leímos hace tiempo en una guía de turismo: “La opulencia  se codea con la pobreza; los viejo con lo nuevo; lo alto con lo bajo; lo oculto, con lo sublime y profano”.

Y así, de forma mágica, todo viajero debe abandonar su  voluntad a la belleza para buscarla más allá de las remembranzas que la mirada asombrada  halla en el doblar de una esquina o ante la suave candidez de un geranio en una maceta de barro cocido al sol.

Acaso igual que estas letras de hoy  maceradas de tierra, licor  de cerezas y salitre.