domingo, 29 de junio de 2014

Una rosa es una rosa








Leer no  hace sabio a nadie ni tampoco más analítico, quizás un poco henchido de efusiones arrebatadoras,  al ser  los personajes de ciertas páginas más humanos que nosotros.  Determinados escritores   nos moldean a su gusto, se apoderan del yo interior,  dejando en  el espíritu  un arrebato  hincado en  sus  lecturas enardecidas.

En   algunas ciudades se institucionalizó  ofrecer a los vehementes de la lectura, un libro y una rosa con motivo de un acto cultural. Bello gesto que ayudará a esmaltarnos de frescura y arroparnos  con las palabras de Jorge  Luis Borges:

“Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”.

Las  obras literarias  son el mejor calmante, o posiblemente  el único, al momento de sofocar los vaivenes  del aliento interior. Lo expresó Cicerón con  palabras traslúcidas:

“Las ciencias y las letras son el alimento de la juventud y el recreo de la vejez; ellas nos dan esplendor en la prosperidad y son un recurso y un consuelo en la desgracia; ellas forman las delicias del vivir, sin causar en parte alguna estorbo ni embarazo”.

¡Cuán cierto es! Estamos moldeados de nuestras lecturas y gracias a ellas comprendemos más la existencia que nos rodea, aún siendo pequeña y  sencilla.

Estoy en Valencia, España,  a razón de sentir un profundo cariño hacia el mar Mediterráneo. Pasan meses, muchos, sin verlo, y a tiro de piedra nos separan escasamente cuatro kilómetros.

De ese piélago azulino aún  mantengo los recuerdos guardados  años atrás, cuando partí el encuentro del Caribe margariteño. Conmigo venía viejo y destartalado el tranvía de Malvarrosa y las lagunas de la Albufera. Tardes enteras pasé mirando el pequeño mar  - casi un lago interior - de las civilizaciones. La minoica nos raptó y Creta hizo un nido apretujado en la comisura del espíritu.

Vuelo al Caribe. La última mañana  había comenzado a mover de su caja de cartón la tortuga que convivía conmigo. Eran dos, y una se hizo mota de ausencia. En la  atardecida de su partida lo supimos: si desaparece un árbol, una flor, un grillo, una paloma o una miasma, algo nuestro  sin darnos cuenta  se desgarra. Y así ha sido siempre. El viejo carey no pudo venir conmigo,  igual que tantas  querencias que he ido abandonando; la dejé con quejoso dolor en un riachuelo con el deseo de que viviera su propia libertad o lo que en su mundo eso parezca.

En eso factiblemente pudiera consistir el amor. Lo aseveró Stendhal: “Amad para ser amados”.

No intento hacer una epístola de ternura amorosa, sino recordando cómo las cosas espontáneas y en apariencia insignificantes, nos llevan hacia  la trascendencia de nuestros actos más recónditos.

Y en eso consiste el placer de leer: convivir con el mundo que nos rodea y llenarnos de la generosa esencia contenida en la prodigiosa escritura. Todos los libros son nuestros libros, con sus avatares, sorpresas y dudas, ilusiones y penas quejumbrosas.

 En “Una  historia de de amor y oscuridad”, el padre de Amos Oz afirma con fundamento: “Si robas tu sabiduría de un solo libro, eres muy criticado, eres un plagiador, un ladrón literario. Pero si la robas de diez libros, te llaman investigador, y si lo haces de treinta o cuarenta, gran investigador”.

Significa que nos vamos llenando hasta rebosar de cada página leída.

Es bien sabido: las obras teatrales de Shakespeare, se basaron en otros relatos más antiguos, cuyos temas el genio inglés elevó a la cúspide  de la esencia humana. La tragedia de Hamlet es de Saxo Grammaticus, un historiador danés del que nadie se acordaría  si no fuera gracias al  bardo extraordinario de Stratford-upon-Avon.

Hay un dialogo en “Tristano muere” de Antonio Tabucchi,  entre el guerrillero herido combatiente por la libertad,  y el autor llamado a contar su historia de pasión y muerte,   reflejo de la complicada realidad misma cuando terminamos sabiendo cómo   muchas variantes de la existencia,  se vuelven idénticas en el tiempo inexorable. Tranquilos, no le molestaremos en medio de sus rosáceas rosas.

Ahora pienso en Ana María Matute, tan dolorosa y sentida ella. Siempre la consideré una niña trasparente tras sus ojos hendidos quejumbrosos. Sufrió mucho, amó mas, nos dejó libros hermosísimos y ahora debe caminar, descalza, sobre los altos labrantíos y roquedales, mirando  desde allí  el mar Mediterráneo de su infancia y la mía.

Esa crátera  comunicante de salitre nos une en el tiempo y la muerte. Quizás igualmente en el olor de una rosa.

lunes, 23 de junio de 2014

Venezuela: desolado y doliente país



















Venezuela posee un atrayente  lema turístico: “Un país para querer”. Y es cierto. Esa tierra de gracia es un emporio de riqueza natural inconmensurable; petróleo abundante en el subsuelo y oro a granel en las minas “Las Cristinas”, allá abajo, hacia el sur,  donde se levanta el Macizo de las Guayanas y comienzan los grandes ríos - Orinoco, Ventuari, Casiquiare –, aguas en abundancia  que mueven las grandes turbinas eléctricas de la represa del Gurí en un país cuya electricidad  falta un día sí y otro también.

 Con apenas 28 millones de habitantes y cerca del millón de kilómetros cuadrados, con  una temperatura media de 20 grados, los campos – cuando se les trabaja – producen cuatro cosechas,  y sobrada de café, pesca, ganado bovino, gas natural, electricidad, hierro, aluminio, acero y tres mil kilómetros de costa sobre el mar Caribe,  la nación representa  un emporio que bien pudiera estar a la cabeza de la economía latinoamericana.

Muy al  contrario: padeciendo la inflación más galopante del mundo y una incontrolable economía informal – miles de personas vendiendo lo que pueden en las calles de las grandes ciudades -  el estado se desmorona a ojos vista.

A esto debe añadírsele el agravante de la situación política. El maremoto social que representó Hugo Chávez Frías se ha tornado huracán salvaje bajo el actual presidente Nicolás Maduro. 

Inundado hasta el tuétano de demagogia, el ex comandante muerto representó la figura de  un  líder populachero que, habiendo dado engañosamente  un sentido de dignidad a los pobres más paupérrimos, no quiso  o no  supo hacer que esos  desheredados subieran de escalón social; muy al contrario,  azuzó para que la clase media – hoy prácticamente desaparecida – se empobreciera,  mientras  dividía a Venezuela en dos mitades casi irreconciliables, cuya única salida, funestamente, parece ser una conflagración feroz y sangrante.

 Venezuela vive en permanente zozobra. Nada funciona y las únicas salidas en lontananza pasan por el tamiz de la violencia. En estos primeros seis meses del año, el hampa dejó  las calles sembradas con más de 600 asesinatos. El terror diario no cesa. Los abastos y supermercados vacíos, no hay medicinas -según el Instituto Nacional de Estadísticas, en un año el consumo de los 55 productos que componen la canasta diaria disminuyó el 62 por ciento - ; los hospitales se volvieron covachas, cientos de niños famélicos al decir de los pediatras, mientras la corrupción es galopante y de espanto; los sueldos promedio no cubren las primeras necesidades, y esto en una nación que domina el tercer lugar en producción de hidrocarburos.

Aquel Hugo Chávez  fantasioso que creyó haber venido al planeta tierra como Cristo, Mahoma o Buda, a  reverdecerlo, se fue a la tumba como el mayor demagogo de la historia venezolana, y eso un  terruño que creó a mansalva   a políticos felones.

 Poseía ideas cuartelarías y Nicolás Maduro sigue su mismo camino, con la salvedad de que a éste  le falta agudeza, don de mando y experiencia política. El ex presidente tampoco las poseía en demasía aunque le rodeaba un halo de líder nato.

Así es el llamado “Socialismo del Siglo XXI”, que hoy los ilusorios  herederos del “Máximo Líder” mantienen  ceñido en un   ensueño pavoroso y desencajado de la realidad y cuyo falso Tótem es Maduro,  el hombre que conversa con pajaritos cuyos trinos  proceden del “centauro  de   Sabaneta”, embalsamado cual Lenin  en el Cuartel de la Montaña o antiguo Museo Militar de Caracas.

Y aunque las sombras revolucionarias  siguen inundando de verborrea una economía de gulag y llenado los calabozos de estudiantes y líderes de la oposición,   los servicios públicos - transporte, vivienda, agua, electricidad, telefonía fija, vialidad, educación, seguridad y salud – colapsan de  manera pavorosa.

La fantasía efervescente y cruel está siempre contra el ensueño, al no haber nada peor ni más temerario que la realidad transformada en utopía. “¡Terrible! De ahí las dictaduras”, dijo Herta Müller, la polaca Nobel de Literatura, quien padeció en carne propia las secuelas del socialismo autócrata, ese mismo que hoy sufren los venezolanos con el silencio cómplice  de  estados europeos.

Decir que el gobierno criollo se halla en una grave crisis no desnuda  nada nuevo. La salida impúdica del gabinete ministerial, tras una carta pública,  de Jorge Giordani, ideólogo comunista del chavismo durante  15 años, forjador de su  arcaica economía y alumno aventajado de Antonio Gramsci, representa un detonante de múltiples consecuencias, al reflejar la desnudez del madurísmo, esa enclenque coalición gubernamental de hombres sin pueblo,  cuya bruma  de corrupción, engaños y bajezas   será el principio del fin de un artificio sin precedentes en la historia de la nación bolivariana.

En medio de todo nos falta repetir que Venezuela cuenta con petróleo a granel  y ahora, como ayer, el crudo marca el peso de las relaciones internacionales. Lo demuestra la historia: los países no tienen amigos sino intereses, y eso obliga a mirar hacia otro lado y  no escuchar los gritos de agonía   del pueblo caribeño.

No será así siempre: el principio del fin ha comenzado, y esa pelea a dentelladas será entre los falsos herederos de Chávez, muchos de ellos convertidos en multimillonarios tras desvalijar las arcas gubernamentales.

 









 

sábado, 31 de mayo de 2014

Tajo sangrante




La historia oculta de las chicas del #Bringbackourgirls, el hashtag contra Boko Haram







Hace unas semanas departíamos sobre la forma salvaje en que, en ciertos países de religión, a las mujeres se les cortaba de tajo -circuncisión- el clítoris. Parecía algo de la Edad Media, de esos tiempos de sórdido oscurantismo en el que el mero hecho de pertenecer al sexo femenino era un estigma.

Numerosas de esas crueldades no han cambiado aún luchando contra  ellas.  Es el dolor apabullante que no cesa, una forma de vivir donde la mujer, ante  el mero hecho de serlo, sigue existiendo como simple objeto. Las historias sabidas es una vehemencia aterradora que sube del bajo vientre hasta el cerebro y allí se hace herida penetrante.

Una muchacha, temerosa, cuenta: “Me dijeron que dolía un poco y padecí un infierno.  Perdí el conocimiento y cuando desperté, estaba cubierta de sangre. Antes de mí, entró al cuarto con un camastro, una muchacha de menos edad. Una niña. No la miré, sentía terror. Mis ojos eran un cántaro de lágrimas”.

La jovencita sudaba. La comadre le habló con frialdad: “¿No te quieres casar?”. La niña/mujer no le dijo nada. La mujerona tomó en las manos una navaja, uno de esos filos brillantes que en los versos de García Lorca son igual a luz de luna penetrando en la carne y rasgando a tirones el alma. La tablajera debió saber eso. Mandó a la adolescente  abrir las piernas y escindió de una tajadura certera. Le dio el trocito sangrante a la inocente: “Tómalo, guárdalo un mes. Eso se debe hacer, de lo contrario una se vuelve estéril, yerma, seca como de hierba sin lluvia”

A las cuatro semanas fue al río con su primas. El agua se llevó aquel dolor”.

Hay otros hechos pavorosos, como la infibulación o circuncisión faraónica, que no se limita a cortar el clítoris y los labios, sino que cose la vulva dejando  un orificio  por el que sale  únicamente orina y  sangre menstrual. La noche nupcial el hombre debe abrir la hendidura  con un cuchillo o listón para efectuar   el acto sexual.  

Otra hembra, Duyan, narra su experiencia.

Es joven, demasiado,  15 o 17 años. “La noche de la consumación del matrimonio vino una vieja gruesa y fuerte. Mi madre no tuvo valor de estar en la habitación”.

La mujerona agarra a la chica y separa sus muslos. Se sienta tras ella con las piernas estiradas a cada lado, sujetándola. Tiene que ser fuerte, de lo contrario la recién casada puede moverse y herirse.

Y vuelve a relatar Duyan: “Así que me paralizaron y en ese momento pensé que algo me había sucedido ya antes. Dije: “¡Me inmovilizaron así cuando era niña!. Tenía seis años. Lo recuerdo ahora claramente.  Cuando la cuchilla cortó fue como si se inflamaran un dolor bajo el abdomen. Me desmaté. Estuve en la cama, incapaz de moverte, con las piernas separadas, durante días”.

La escisión o clitoridectomía no tiene nada que ver con el Islam y otros cultos, es una costumbre antiquísima mantenida hasta nuestros días en Egipto y otros países. No importa la religión: católica, cristianas coptas, musulmanas o animistas, las niñas de la banda sahariana, desde Senegal hasta Etiopía, son todas circuncidadas. La franja de la mutilación cruza el Mar Rojo, pasa al sur de la península Arábiga, el Golfo Pérsico y llega hasta las regiones de Malasia e Indonesia. Es decir, la llaga doliente, la mutilación, atraviesa buena parte del planeta y es como una catarata  de lava  penetrando en las entrañas de las jóvenes muchachas en flor dejándolas marcadas  en vida.

Poco o nada se habla de ello, es una malaventura cuarteada entre sabanas fermentadas, cielos encapotados y tradiciones emergidas en los tiempos del más sórdido salvajismo.

 Estamos en el siglo XXI y aún cientos niñas en el planeta siguen  reverdeciendo de dolor  dentro del cerco terrible  de un oscurantismo retrógrado y atroz.

martes, 27 de mayo de 2014

Palabras a Nathaly










Adolescente en flor:

Tal vez naciste cerca de  Kiev o lo soñaste, aún así  llegaste al mundo donde crece la palma, el araguaney,  y los ríos son negros, profundos. Te he visto unos instantes con un traje escarlata, camisa ancha y blanca. Las botas color fuego.  Quizás mi retención no sea precisa y yerre en la descripción. Dos cosas sí he retenido: tu nombre, Nathaly, y el país de origen, Ucrania.

-          ¿Conoces Ucrania?

-          No; al cumplir quince años iré.

Recuerdo ahora – ante los dolorosos acontecimiento de Ucrania - que tu pelo era bermejo y lucías alta y atractiva introducida en los corpiños de tus mayores. Debido a esa tela hubo guerras, se tejieron amores, nacieron poemas y todos los días la llevan al mercado de Poltava los campesinos de las tierras altas de Sumskaja.

Yo sé, Nathaly, lo que es vivir lejos de la patria. El corazón se llena de melancolía y los ojos muchas noches se tachonan de lágrimas. En mi tierra, que se encuentra entre unos altos acantilados del norte de España, a ese desasosiego interior, a ese vaho de dulce amargura lo llamamos “morriña”, algo que los gallegos dicen “saudade”, y con esa palabra santificaron toda la nostalgia del emigrante.

En nuestro “bable”, que es el dialecto que usamos los asturianos, cada uno de los versos que han sido escritos hablan de esa lejanía que el tiempo se encarga de ahondar. Así, en “Les ascuarines del Ilar”, nos hace meditar:

- Amor, quieru morirme-

díxome con tristeza.

Y a un tiempo encontra min, dolce y sublime,

pónxome so cabeza…

Posiblemente se te enrede un poco la lengua al leer los versos. Si lo haces despacio, verás que las palabras saben a salitre, como las lágrimas.

Dentro de poco, Nathaly, tendrás quince años y cumplirás tu sueño: ver Ucrania. El río Dnieper que va hacia el Mar Negro y se hace lago dos veces antes de abrazar las lagunas y los pastos de Cherson, te estará esperando.

En  esas riberas ha corrido la pasión y el amor de tu pueblo. Cuando toques sus azules aguas, recuerda que todos los ucranianos han llorado alguna vez sobre ellas. Tú harás lo mismo y sentirás que los pinos rojos, los robles y el abeto blanco moverán sus ramas verdes al verte: “Bienvenida a tu tierra, Nathaly”.

Actualmente aquellas heredades están regadas de sangre debido  a que Rusia se halla dispuesta a llevarse a  Moscú la península de Crimea, y es que un día, un hombre llamado Lenin dijo: “Si la Unión Soviética pierde Ucrania, pierde su cabeza”.

El fallecido ex presidente Yeltsin – bebía alcohol cual cosaco de la estepa – decidió el 1 de diciembre de 1991, hacer justicia con Kiev  al devolver esos campos y costas del Mar Negro arrebatadas años antes por el poder zarista.

 En Ucrania, recuérdalo, nacieron creadores reconocidos en el mundo entero, entre ellos Nikolai  Gogol, Mijail Bulgákov, el inmenso autor de una obra imperecedera de la literatura universal llamada “El maestro y Margarita”; otros admirados creadores ucranianos  fuero  Horowitz y Mijinsky. El Kremlin lo festeja como parte de ese poder.

La historia de esa parte de Europa, llamada Oriental, y que comprende Bielorrusia, la propia Rusia, Moldavia y tu Ucrania, es digna de ser contada por el mismo Tolstoi, pues se necesita ser mundano, incrédulo y filósofo creyente para llenar la pluma de tanta sangre y, a pesar de todo, seguir viviendo.

Tu país es como la manzana de la codicia, sus fronteras limitan con Polonia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía, Moldavia, Bielorrusia y Rusia. En el sur bañan sus litorales el Mar Negro y el Mar de Azov, acaso por esto, dulce niña, el nombre ucraniano tiene un significado: “Irai” frontera. Pero no importa: los caminos, igual que los sueños, están en la palma de las manos y en los ojos.

Cuando esto suceda, empezarás a ser mujer, la sangre correrá en las venas un poco más aprisa y el corazón se hará zalamero con la primera declaración de amor.

Buen viaje, Nathaly. Al regreso  guarda el corpiño rojo de tus antepasados eslavos. Será entonces un  pedazo de tu misma  querencia.

¿No comprendes? Si es así no temas, la misma existencia se encargará de narrártelo sin prisa.

 

La idea de Europa








El descalabro de los comicios celebrados en la Unión Europea ha dejado en España un mal sabor de boca con un castigo al PP y PSOE.  En medio rodarán  cabezas, la primera la de Rubalcaba, que no hizo mal su trabajo y los grillos le gastaron los dedos de los pies

Ante el fidedigno suceso electoral, con  la llegada a los escaños de grupos de izquierda radicales y otro algo menos, y aún así todos  en la misma línea de flotación ideológica, alguien ha dicho que el viejo continente vuelve a “empezar” en los Pirineos, recordando sin duda la otra frase repetidísima años hace: “Europa principia en los Pirineos”.

Es indudable que la pérdida – entre socialistas y populares -  de cinco millones de votos, es un trancazo es colosal. Ahora bien, sin hacer un análisis cuando todos los partidos políticos involucrados están haciendo ejercicios, unos de mea culpa y otros de regocijo festero, conviene decir a las claras que la política no es azul, ni verde, cuadrada o redonda, ni roja ni negra, es un desmadre acojonante el en buen platicar del castellano quijotesco.

 En medio de ese varapalo bien está recordar la frase de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, en su única obra de nombre “El Gatopardo”: “Que todo cambie para que todo sigue igual”.  Al tiempo.

El nuevo cabecilla o imagen de estos comicios, Pablo Iglesias ya ha dicho con regocijo: “Nuestro objetivo es echar del poder a PP y PSOE”. ¿Y después? Tal vez un Socialismo del siglo XXI.

Apenas brincaron  los resultados de las elecciones, el profesor de la coleta, tele predicador de izquierdas y chavista de vocación, adelantó a “El País” que trabajará para presentar una candidatura a las próximas generales.

Tiene derecho: ancha es Castilla.

Hugo Chávez comenzó así. Hoy Venezuela es la nación, en lo económico político y social,  más hundida del planeta.

¿Exageración?  Para nada. En política suelen verse de muy lejos a los palomos venir.

Individualmente mantengo un sentido de Europa; creo en ella como unidad comparta, y en esta ocasión no será menos, y así,  igual a los antiguos errabundos de  los caminos del occidente, andamos en las encrucijadas buscando  sus viejas entelequias y revueltas metáforas.

En estos instantes convendría  leer el librito “La idea de Europa”, de George Steiner.  Un puñado de páginas arropadas bajo  el prólogo de Mario Vargas Llosa y una introducción de Rob Riemen dentro de la égida de Thomas Mann, el hombre que  mejor  supo vislumbrar  el sentido europeo.

 Nos recuerda Riemen, el organizador de las Conferencias de Nexos Institute, como en 1934 el autor de “La montaña mágica” tuvo que escribir una necrológica  para un hombre que había ocupado un espacio importante en su vida: Sammi Fischer, su editor húngaro-judío de Berlín, la persona que, en gran medida, “había hecho posible que él llegase a ser escritor”. Mann recordaba la siguiente conversación que había tenido lugar la última vez que vio al anciano amigo. El librero expresó su opinión sobre un conocido común:

-          No es europeo, dijo meneando la cabeza.

-          ¿No es europeo, señor Fischer? ¿Y por qué no?

-          No comprende nada de las grandes ideas humanas.

Y recalca Rob: “Las grandes  ideas humanas. Eso es la cultura europea. Eso  es lo que Mann había aprendido de Goethe”. Y éste de Ulrico von Hutten, cuando un día exacto, el 25 de octubre de 1518, escribió una carta a un colega  en la cual le explicaba que,  aunque era de noble cuna, no deseaba ser un aristócrata sin habérselo ganado. “La nobleza por nacimiento es puramente accidental y, por tanto, carece de sentido para mí. Yo busco el manantial de la nobleza en otro lugar y bebo de esas fuentes”.

 Y en ese instante nació la verdadera hidalguía, la del espíritu, esa que brota del cultivo de la mente  y llegar a ser algo más de lo que también somos: animales.

En el pensamiento de Steiner, y lo resume Vargas Llosa en su introito, Europa es ante todo un café repleto de gente y palabras, “donde se escribe poesía, conspira, filosofa” sin separarse de las grandes empresas culturales, artísticas y políticas de Occidente.

Esto –  expresa Vargas el peruano - es inconcebible  en su América, al descender aquella directamente de la idea de Atenas y Jerusalén,  es decir,  viene “de la razón, la fe y la tradición”.

 Hoy Europa,  o esa idea aún no bien encajada  que poseemos de ella  – y las recientes elecciones nos lo demuestran -  comienza a agrietarse al darle la espalda a su esencia primogénita: el humanismo.

 

 

 

 

 

 

viernes, 18 de abril de 2014

Macondo de luto










Aracataca es una población cercana a la caribeña Santa Marta en  el norte de Colombia unida a la Guajira con Venezuela.  En ella  surgió Gabriel García Márquez. Cuatro o cinco veces estuvo el Nobel en su lugar de nacimiento, y en su memoria ha sido para siempre el caldo prodigioso que derramó en sus obras literarias.

En una de esas visitas hizo una declaración de sentimiento hacia la heredad de su niñez:

“Me siento latinoamericano de cualquier país, pero sin renunciar nunca a la nostalgia de mi tierra: Aracataca, a la cual regresé un día y descubrí que entre la realidad y la nostalgia estaba la materia prima de mi obra”.

 El “Macondo” de “Cien años de soledad” – “veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río”-   en la entelequia inflamada  de Gabo, era un pueblo marcado de olvido  y un  tiempo azaroso inundado de portentos, donde solían llegar  gitanos vendedores de lo imposible y un permanente cambalache de personajes  en cuyo epicentro, Úrsula Iguarán, era la representación de una historia interminable donde el amor envolvía  cada acto de la realidad circundante en una ciénaga afrodisíaca.

Tenemos un adentro y un afuera imperecedero en las estribaciones del espíritu cicatrizado de la borrascosa existencia, y en algún lugar deberá  estar esperándonos una sonrisa raudal y suelta, la mirada  puesta en una flor colgada de un Araguaney o un deseo de amar o hacer el acto carnal más apasionado y duradero, en una esquina polvorienta y sudorosa  del “Macondo” de nuestra vida. 

Cualquiera lo podría decir: puro realismo mágico recubierto de tragedia personal, mientras trascurre la vida, toda, de un continente azulado que comienza en el Golfo del Darién y finaliza más allá de los caladeros de Iquitos y Nautá.

“Cien años de soledad” contiene el reflejo telúrico del continente latinoamericano, y representa, en una de sus incontables formas creadoras y sorprendentes, el llamado penetrante  de estas heredades –de Río Grande a Tierra de Fuego -  cuando la secreción de la piel son lágrimas con sabor a salitre al ver a tantos de sus  hijos escapando  de la miseria y el abandono.

El libro cumbre de Gabo es la historia perenne, infausta,  abierta en cicatrices, de esa América  autóctona de piel cobriza y negra, de la ensoñación, la esclavitud, el desprecio y el coraje encendido que ayudó a romper con las manos tantas cadenas opresoras.  

 Si hubo un libro que enseñó al mundo la realidad de un continente mestizo mezclado a la fuerza de un látigo, ese ha sido “Cien años de soledad”.

Los nietos  de los hijos  de “Macondo” salieron de los fangales tropicales tras leer las palabras de Gabriel García Márquez. El escritor colombiano  se había convertido dentro de ellos en un chaman caribeño prodigioso, les contó historias pasmosas que quisieron conocer, no hallaron nunca  a la primera generación de los José Arcadio Buendía e Úrsula Iguarán, sí a la reencarnación del gitano Melquíades que le fue indicando los senderos por donde se llega al final de los tiempos con miles de vidas extraordinarias, inventos fabulosos, cambalaches amatorios, juegos de cartas, políticos felones, frailes tramposo, leprosos dueños de burdeles, y lo más importante, fantasear y beber la vida, tal como llegue hasta el último y definitivo sorbo.

Aprendieron vocablos hasta entonces desconocidos: éxodo, destierro, expatriación... y añadieron otro nuevo: aislamiento vejatorio.

Con Gabo murió “Macondo”, dicen titulares de prensa, y no es muy cierto. El pueblo,  ni en la imaginación, es ya lo que era; no obstante, si una abre las páginas de “Cien años…” sentirá el frío del hielo, buscará con un imán una vieja moneda perdida en el rincón más insondable de la memoria.

Macondo  - y en esto estamos de acuerdo los que por vaivenes de la vida conocemos esas tierras -  representa el arquetipo de la realidad de cuanto ocurre no solamente en Colombia, sino en toda Sudamérica.

Y esto tendría escaso valor si no contara con su extraordinario fabulador, dando lugar a un mundo mítico que existía, pero hasta que García Márquez no lo describió,  nadie sabía con certeza qué representaba.

“Macondo” está hoy humedecido de mariposas amarillas y hojarascas de plátano remontando el aire, mientras la guayaba convierte su color verde y rojo en penas negras desoladas.