martes, 27 de mayo de 2014

Palabras a Nathaly










Adolescente en flor:

Tal vez naciste cerca de  Kiev o lo soñaste, aún así  llegaste al mundo donde crece la palma, el araguaney,  y los ríos son negros, profundos. Te he visto unos instantes con un traje escarlata, camisa ancha y blanca. Las botas color fuego.  Quizás mi retención no sea precisa y yerre en la descripción. Dos cosas sí he retenido: tu nombre, Nathaly, y el país de origen, Ucrania.

-          ¿Conoces Ucrania?

-          No; al cumplir quince años iré.

Recuerdo ahora – ante los dolorosos acontecimiento de Ucrania - que tu pelo era bermejo y lucías alta y atractiva introducida en los corpiños de tus mayores. Debido a esa tela hubo guerras, se tejieron amores, nacieron poemas y todos los días la llevan al mercado de Poltava los campesinos de las tierras altas de Sumskaja.

Yo sé, Nathaly, lo que es vivir lejos de la patria. El corazón se llena de melancolía y los ojos muchas noches se tachonan de lágrimas. En mi tierra, que se encuentra entre unos altos acantilados del norte de España, a ese desasosiego interior, a ese vaho de dulce amargura lo llamamos “morriña”, algo que los gallegos dicen “saudade”, y con esa palabra santificaron toda la nostalgia del emigrante.

En nuestro “bable”, que es el dialecto que usamos los asturianos, cada uno de los versos que han sido escritos hablan de esa lejanía que el tiempo se encarga de ahondar. Así, en “Les ascuarines del Ilar”, nos hace meditar:

- Amor, quieru morirme-

díxome con tristeza.

Y a un tiempo encontra min, dolce y sublime,

pónxome so cabeza…

Posiblemente se te enrede un poco la lengua al leer los versos. Si lo haces despacio, verás que las palabras saben a salitre, como las lágrimas.

Dentro de poco, Nathaly, tendrás quince años y cumplirás tu sueño: ver Ucrania. El río Dnieper que va hacia el Mar Negro y se hace lago dos veces antes de abrazar las lagunas y los pastos de Cherson, te estará esperando.

En  esas riberas ha corrido la pasión y el amor de tu pueblo. Cuando toques sus azules aguas, recuerda que todos los ucranianos han llorado alguna vez sobre ellas. Tú harás lo mismo y sentirás que los pinos rojos, los robles y el abeto blanco moverán sus ramas verdes al verte: “Bienvenida a tu tierra, Nathaly”.

Actualmente aquellas heredades están regadas de sangre debido  a que Rusia se halla dispuesta a llevarse a  Moscú la península de Crimea, y es que un día, un hombre llamado Lenin dijo: “Si la Unión Soviética pierde Ucrania, pierde su cabeza”.

El fallecido ex presidente Yeltsin – bebía alcohol cual cosaco de la estepa – decidió el 1 de diciembre de 1991, hacer justicia con Kiev  al devolver esos campos y costas del Mar Negro arrebatadas años antes por el poder zarista.

 En Ucrania, recuérdalo, nacieron creadores reconocidos en el mundo entero, entre ellos Nikolai  Gogol, Mijail Bulgákov, el inmenso autor de una obra imperecedera de la literatura universal llamada “El maestro y Margarita”; otros admirados creadores ucranianos  fuero  Horowitz y Mijinsky. El Kremlin lo festeja como parte de ese poder.

La historia de esa parte de Europa, llamada Oriental, y que comprende Bielorrusia, la propia Rusia, Moldavia y tu Ucrania, es digna de ser contada por el mismo Tolstoi, pues se necesita ser mundano, incrédulo y filósofo creyente para llenar la pluma de tanta sangre y, a pesar de todo, seguir viviendo.

Tu país es como la manzana de la codicia, sus fronteras limitan con Polonia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía, Moldavia, Bielorrusia y Rusia. En el sur bañan sus litorales el Mar Negro y el Mar de Azov, acaso por esto, dulce niña, el nombre ucraniano tiene un significado: “Irai” frontera. Pero no importa: los caminos, igual que los sueños, están en la palma de las manos y en los ojos.

Cuando esto suceda, empezarás a ser mujer, la sangre correrá en las venas un poco más aprisa y el corazón se hará zalamero con la primera declaración de amor.

Buen viaje, Nathaly. Al regreso  guarda el corpiño rojo de tus antepasados eslavos. Será entonces un  pedazo de tu misma  querencia.

¿No comprendes? Si es así no temas, la misma existencia se encargará de narrártelo sin prisa.

 

La idea de Europa








El descalabro de los comicios celebrados en la Unión Europea ha dejado en España un mal sabor de boca con un castigo al PP y PSOE.  En medio rodarán  cabezas, la primera la de Rubalcaba, que no hizo mal su trabajo y los grillos le gastaron los dedos de los pies

Ante el fidedigno suceso electoral, con  la llegada a los escaños de grupos de izquierda radicales y otro algo menos, y aún así todos  en la misma línea de flotación ideológica, alguien ha dicho que el viejo continente vuelve a “empezar” en los Pirineos, recordando sin duda la otra frase repetidísima años hace: “Europa principia en los Pirineos”.

Es indudable que la pérdida – entre socialistas y populares -  de cinco millones de votos, es un trancazo es colosal. Ahora bien, sin hacer un análisis cuando todos los partidos políticos involucrados están haciendo ejercicios, unos de mea culpa y otros de regocijo festero, conviene decir a las claras que la política no es azul, ni verde, cuadrada o redonda, ni roja ni negra, es un desmadre acojonante el en buen platicar del castellano quijotesco.

 En medio de ese varapalo bien está recordar la frase de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, en su única obra de nombre “El Gatopardo”: “Que todo cambie para que todo sigue igual”.  Al tiempo.

El nuevo cabecilla o imagen de estos comicios, Pablo Iglesias ya ha dicho con regocijo: “Nuestro objetivo es echar del poder a PP y PSOE”. ¿Y después? Tal vez un Socialismo del siglo XXI.

Apenas brincaron  los resultados de las elecciones, el profesor de la coleta, tele predicador de izquierdas y chavista de vocación, adelantó a “El País” que trabajará para presentar una candidatura a las próximas generales.

Tiene derecho: ancha es Castilla.

Hugo Chávez comenzó así. Hoy Venezuela es la nación, en lo económico político y social,  más hundida del planeta.

¿Exageración?  Para nada. En política suelen verse de muy lejos a los palomos venir.

Individualmente mantengo un sentido de Europa; creo en ella como unidad comparta, y en esta ocasión no será menos, y así,  igual a los antiguos errabundos de  los caminos del occidente, andamos en las encrucijadas buscando  sus viejas entelequias y revueltas metáforas.

En estos instantes convendría  leer el librito “La idea de Europa”, de George Steiner.  Un puñado de páginas arropadas bajo  el prólogo de Mario Vargas Llosa y una introducción de Rob Riemen dentro de la égida de Thomas Mann, el hombre que  mejor  supo vislumbrar  el sentido europeo.

 Nos recuerda Riemen, el organizador de las Conferencias de Nexos Institute, como en 1934 el autor de “La montaña mágica” tuvo que escribir una necrológica  para un hombre que había ocupado un espacio importante en su vida: Sammi Fischer, su editor húngaro-judío de Berlín, la persona que, en gran medida, “había hecho posible que él llegase a ser escritor”. Mann recordaba la siguiente conversación que había tenido lugar la última vez que vio al anciano amigo. El librero expresó su opinión sobre un conocido común:

-          No es europeo, dijo meneando la cabeza.

-          ¿No es europeo, señor Fischer? ¿Y por qué no?

-          No comprende nada de las grandes ideas humanas.

Y recalca Rob: “Las grandes  ideas humanas. Eso es la cultura europea. Eso  es lo que Mann había aprendido de Goethe”. Y éste de Ulrico von Hutten, cuando un día exacto, el 25 de octubre de 1518, escribió una carta a un colega  en la cual le explicaba que,  aunque era de noble cuna, no deseaba ser un aristócrata sin habérselo ganado. “La nobleza por nacimiento es puramente accidental y, por tanto, carece de sentido para mí. Yo busco el manantial de la nobleza en otro lugar y bebo de esas fuentes”.

 Y en ese instante nació la verdadera hidalguía, la del espíritu, esa que brota del cultivo de la mente  y llegar a ser algo más de lo que también somos: animales.

En el pensamiento de Steiner, y lo resume Vargas Llosa en su introito, Europa es ante todo un café repleto de gente y palabras, “donde se escribe poesía, conspira, filosofa” sin separarse de las grandes empresas culturales, artísticas y políticas de Occidente.

Esto –  expresa Vargas el peruano - es inconcebible  en su América, al descender aquella directamente de la idea de Atenas y Jerusalén,  es decir,  viene “de la razón, la fe y la tradición”.

 Hoy Europa,  o esa idea aún no bien encajada  que poseemos de ella  – y las recientes elecciones nos lo demuestran -  comienza a agrietarse al darle la espalda a su esencia primogénita: el humanismo.

 

 

 

 

 

 

viernes, 18 de abril de 2014

Macondo de luto










Aracataca es una población cercana a la caribeña Santa Marta en  el norte de Colombia unida a la Guajira con Venezuela.  En ella  surgió Gabriel García Márquez. Cuatro o cinco veces estuvo el Nobel en su lugar de nacimiento, y en su memoria ha sido para siempre el caldo prodigioso que derramó en sus obras literarias.

En una de esas visitas hizo una declaración de sentimiento hacia la heredad de su niñez:

“Me siento latinoamericano de cualquier país, pero sin renunciar nunca a la nostalgia de mi tierra: Aracataca, a la cual regresé un día y descubrí que entre la realidad y la nostalgia estaba la materia prima de mi obra”.

 El “Macondo” de “Cien años de soledad” – “veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río”-   en la entelequia inflamada  de Gabo, era un pueblo marcado de olvido  y un  tiempo azaroso inundado de portentos, donde solían llegar  gitanos vendedores de lo imposible y un permanente cambalache de personajes  en cuyo epicentro, Úrsula Iguarán, era la representación de una historia interminable donde el amor envolvía  cada acto de la realidad circundante en una ciénaga afrodisíaca.

Tenemos un adentro y un afuera imperecedero en las estribaciones del espíritu cicatrizado de la borrascosa existencia, y en algún lugar deberá  estar esperándonos una sonrisa raudal y suelta, la mirada  puesta en una flor colgada de un Araguaney o un deseo de amar o hacer el acto carnal más apasionado y duradero, en una esquina polvorienta y sudorosa  del “Macondo” de nuestra vida. 

Cualquiera lo podría decir: puro realismo mágico recubierto de tragedia personal, mientras trascurre la vida, toda, de un continente azulado que comienza en el Golfo del Darién y finaliza más allá de los caladeros de Iquitos y Nautá.

“Cien años de soledad” contiene el reflejo telúrico del continente latinoamericano, y representa, en una de sus incontables formas creadoras y sorprendentes, el llamado penetrante  de estas heredades –de Río Grande a Tierra de Fuego -  cuando la secreción de la piel son lágrimas con sabor a salitre al ver a tantos de sus  hijos escapando  de la miseria y el abandono.

El libro cumbre de Gabo es la historia perenne, infausta,  abierta en cicatrices, de esa América  autóctona de piel cobriza y negra, de la ensoñación, la esclavitud, el desprecio y el coraje encendido que ayudó a romper con las manos tantas cadenas opresoras.  

 Si hubo un libro que enseñó al mundo la realidad de un continente mestizo mezclado a la fuerza de un látigo, ese ha sido “Cien años de soledad”.

Los nietos  de los hijos  de “Macondo” salieron de los fangales tropicales tras leer las palabras de Gabriel García Márquez. El escritor colombiano  se había convertido dentro de ellos en un chaman caribeño prodigioso, les contó historias pasmosas que quisieron conocer, no hallaron nunca  a la primera generación de los José Arcadio Buendía e Úrsula Iguarán, sí a la reencarnación del gitano Melquíades que le fue indicando los senderos por donde se llega al final de los tiempos con miles de vidas extraordinarias, inventos fabulosos, cambalaches amatorios, juegos de cartas, políticos felones, frailes tramposo, leprosos dueños de burdeles, y lo más importante, fantasear y beber la vida, tal como llegue hasta el último y definitivo sorbo.

Aprendieron vocablos hasta entonces desconocidos: éxodo, destierro, expatriación... y añadieron otro nuevo: aislamiento vejatorio.

Con Gabo murió “Macondo”, dicen titulares de prensa, y no es muy cierto. El pueblo,  ni en la imaginación, es ya lo que era; no obstante, si una abre las páginas de “Cien años…” sentirá el frío del hielo, buscará con un imán una vieja moneda perdida en el rincón más insondable de la memoria.

Macondo  - y en esto estamos de acuerdo los que por vaivenes de la vida conocemos esas tierras -  representa el arquetipo de la realidad de cuanto ocurre no solamente en Colombia, sino en toda Sudamérica.

Y esto tendría escaso valor si no contara con su extraordinario fabulador, dando lugar a un mundo mítico que existía, pero hasta que García Márquez no lo describió,  nadie sabía con certeza qué representaba.

“Macondo” está hoy humedecido de mariposas amarillas y hojarascas de plátano remontando el aire, mientras la guayaba convierte su color verde y rojo en penas negras desoladas.

viernes, 21 de febrero de 2014

¿Y España que dice?




Bochornoso, incomprensible y hasta cínico, el silencio del Gobierno español ante los duros enfrentamiento de la Guardia Nacional  Bolivariana y civiles armados del régimen, contra las manifestaciones estudiantiles  en la heredad del maestro Andrés Bello.

El amargo balance ha dejado hasta los momentos 8 muertes, 104 heridos y cuatro docenas de detenidos, todos ellos jóvenes y cuyo delito es la protesta a favor de las libertades en un  país que ha quedado atrapado en manos de  la dictadura chavista de manera aberrante.

Debo añadir que este escribidor  cree poseer moral para reprocharle ese silencio al gobierno de Mariano Rajoy. Durante 40 años vividos en Venezuela hemos defendido los intereses de España con ahínco y pasión;  una prueba de ello – y se  agradece – es haber sido condecorado, a designio de Rey Juan Carlos I, y a bordo del Barco Escuela “Juan Sebastian Elcano”  anclado ese día en el puerto caribeño de La Guaira, con la Cruz Oficial de la Orden del Mérito Civil.   

Ese es uno de los fundamentos que nos lleva a no entender el mutismo del  Gobierno del Partido Popular – igual sordina mantiene la tolda socialista -  sobre la situación que atraviesa Venezuela.

La afonía no la puede justificar ni siquiera el deseo de salvaguardar los intereses de las empresas españolas, algunas de ella vapuleadas permanentemente por el régimen,  al ser sus industrias y tierras expropiadas sin apego  alguno a las leyes.  

 No se olvide: hombres y mujeres españoles venidos hace muchos años a esta tierra suramericana de gracia, se hallan hoy a la deriva ante un gobierno de corte absolutista.

  Días pasados, un grupo de ellos se reunieron intentando sostener la ilusión. Algunos llevaban en las manos hojas secas de albahaca, tomillo, laurel. También ramalazos de sus lejanos promontorios, lugar del  que  partieron un día con  deseo de  resistir los vaivenes del alma.

 Acudí a reencontrar  mi pasado, los días brumosos en que apenas había un lugar para doblar la cabeza y esperar la llegada del alba.

En cierta forma había luchado – torpe y deshilachadamente – contra la dictadura franquista escribiendo en las cuatro páginas del pequeño periódico provinciano. Venció la furia y el terror. Estábamos desnudos de anhelos. Derrotados. Ya no  teníamos ni   siquiera las palabras

Se  emigra a razón de incontables causas, casi siempre en pos de trabajo y  libertad.

Las personas, cuando sienten tronchadas sus   vivencias cotidianas parten con lo puesto, igual a gaviotas sin destino.

La mayoría, ya en la edad cansina, no podrán  irse nunca, se quedarán en Venezuela varados, convertidos en sombras y olvidos quejumbrosos.

 La existencia es un drama que alguna vez se cristaliza en sainete o tragedia, y en esa puesta en escena, la emigración  sigue siendo un libreto duro de aprender. Posee sabor a   salitre y se cobija bajo noches cuajadas de aspavientos abatidos.

 Es en nombre de esos hombres y mujeres, valores imperecederos de nuestra trashumancia, que hoy le solicitamos con angustia al Gobierno de España  no dejar  abandonados a esos miles de estudiantes,  muchos de ellos hijos y nietos de la emigración española venida  a los surcos, sabanas del Orinoco, litorales, llanos, selvas y cumbres nevadas    de Venezuela.  

jueves, 6 de febrero de 2014

Hacer caminos






Tardé tiempo en comprender el enigma impávido de esa atalaya de los césares. Se  lo debo al soneto “A Roma sepultada”, de Francisco de Quevedo, versos estos enraizados al aire de unas ruinas inmortales  y a la leyenda adherida al musgo en piedras milenarias:

 “Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!, / y en Roma misma a Roma no la hallas: /cadáver son las que ostentó murallas, / y tumba de sí propio el Aventino.”

 Los libros - siempre compañeros de viaje -  serán pocos; voy como el cenobita, ligero de equipaje, en clara insinuación a las sinecuras de Antonio Machado aunque él, en postrero éxodo, también supo despojar el alma de la pesada carga del camino. Yo no haré tanto, mis desvelos no me permiten rumiar los deslices envueltos en trashumantes pesares. Debo esperar aún el tiempo  del rezagado manotazo de la existencia

 “Memorias de Ultratumba”, páginas póstumas de Chateaubriand;  “Paseos  por Roma”, guía de Stendhal, y “Viaje a Italia”, la otra obra autobiográfica de Goethe - con “Poesía y verdad” - , serán el peso de toda  mi alforja.

 Rebuscando esos casi incunables – nuestra biblioteca es lo más parecido a una pulpería – hallé un tomo que había desaparecido hace tiempo y nunca pude encontrar: “Breve historia de Yugoslavia”, editado por la colección Austral de Espasa-Calpe hacia el año 1972, es decir cuando ese país de los Balcanes era una confederación.

 Nada más tenerlo entre las manos, vinieron al encuentro los lejanos días en Belgrado. 

Tiempo hace que no voy a la ciudad de san Sava, y aún así podría pasear  en ella a ciegas, cruzarla como sombra pegada a  los edificios grises, volver a reposar  en sus  paseos entre los sauces blancos, los suaves fresnos, el tilo eremita con sus hojas protectoras en el recodo de un claro estanque de agua limpia, donde la ardilla roja, gozosa y confiada, comía pequeños trozos de nueces de nuestras manos.

 Ahora todo es remembranza, calina y destierro inmenso.

Existen vidas constituidas con hojas de papel, senderos polvorientos, cortas ternuras o recuerdos sin fin.  La nuestra se levantó  sobre ciudades recónditas, pueblecitos sin nombre, calles, placitas y avenidas. Un conglomerado de cemento blanco, ladrillos y verdor  espeso en las venas.

 En Belgrado un tranvía nos traslada al hotel Moskova en el centro de la ciudad. Desayuno panecitos mojados en chocolate. Un conjunto musical  formado con dos muchachos, una jovencita  de ojos seductores y tres ancianos, envuelve el espacio de una resonancia melosa.

 El sonido del violín nace del alma, y la eslava se arrulla de hojas húmedas, se mece en rachas de brisa.

 Agradezco a los textos que me acercan a la Ciudad Eterna y a otras urbes. Llueve en Roma y los puentes del Tíber rebosan agua. Europa es pequeña. Guarnecido en un  restaurante  de la Plaza Navona,  releo  a Stendhal: “Ir sin amor por la vida es como ir al combate sin música, como emprender un viaje sin un libro”.
Con esa exhortación, lector comprensivo, vamos haciendo camino

martes, 4 de febrero de 2014

Así comenzó todo (El golpe de Hugo Chávez)






La Venezuela de ahora mismo, el  drama social  y político que la clavetea actualmente, viene de las consecuencias de aquel 4 de febrero de 1992 cuando se alzó en armas Hugo Chávez Frías. Desde ese día, una sacudida de despropósitos y un peregrino socialismo llamado “del siglo XXI”, marcó de manera hiriente a una nación cuyos sueños y expectativas se vieron hechos añicos.

En la medianoche de esa fecha, Caracas se sobresaltó ante los inesperados eventos que estaban teniendo lugar cerca del Palacio Presidencial de Miraflores, en las instalaciones de la Guardia de Honor Militar y en la residencia de La Casona, lugar de habitación de la familia del entonces jefe de Estado, Carlos Andrés Pérez.

Los  alzados  controlaban Maracay, el centro castrense más importante del país, y  Maracaibo, la capital del estado Zulia, colindante con Colombia y epicentro de la reserva petrolera.

  En ese momento se supo del comandante de Paracaidistas  Hugo Chávez,  un hombre del llano barinés imbuido en los preceptos de un Simón Bolívar  que en él prendieron con un fervor paranoico.

 A 22 años del suceso, Venezuela  sigue sobresaltada y el mundo entero hablando un día sí y otro también de ese  militar muerto hace unos meses de una grave enfermedad que nadie hasta ahora conoce, cuya frase enigmática  pronunciada tras su detención,  “Por ahora”, fue causa y efecto de una revolución bolivariana en la mente de un exaltado al que nadie  puede negarle  su madera de líder enraizado  en sus quimeras de histrión teatral.

Desde el primer día – ya en la presidencia de la República - ese adalid emblemático de la izquierda insurgente latinoamericana, fue, y sigue siendo  aún fallecido,  ramalazo de cabeza para Washington, manteniendo su legado fidelista, al que el revolucionario habanero llamaba “mi hijo político”.

 Un hombre que perdería por aquellos sucesos el poder a los pocos meses y el bagaje político de una vida, Carlos Andrés Pérez – dos veces presidente de la nación -,  fallecido  mientras rumiaba su soledad en un pequeño apartamento de Nueva York  viviendo de la ayuda de un minúsculo grupo de amigos, tuvo, hasta su último aliento, un desprecio  nauseabundo  contra Chávez.

 Unos pocos meses antes de su expiración, en un libro- entrevista que le hicimos titulado “CAP, el hombre de la Ahumada”, nos expresó con pesadumbre:  

“A  años de aquella hecatombe que desangró un país y dejó la más grande división  de su historia, ese militarucho no significa nada para mí, pero el suceso fue sumamente grave,  supuso un punto  de inflexión en la situación política venezolana, cometiendo yo el error de no darle la importancia que tenía, y en lugar de haber tomado medidas muy severas, nombré a un Consejo Consultivo y me sometí a sus dictados.”

El diálogo siguió entre derroteros políticos:

- ¿Usted no tuvo ninguna información previa de lo que se estaba fraguando?

-  No. Fue la consecuencia de un fallo de seguridad. De eso no hay la menor duda, un error tremendo. Y lo más grave: el jefe del Ejército sabía algunas cosas; el de la Aviación otras, pero no había ninguna coordinación.

- …  y la persona menos enterada en ese momento era usted.

-  Exacto.

- Chávez repitió hasta el cansancio que no le querían asesinar.

-  Eso es absurdo. La decisión era clara: fusilarme.

- La medida del presidente Rafael Caldera sacándolo de la cárcel de Yare y colocándolo en la diatriba política, antes de juzgarlo, ¿fue un  error?

- Más que un desliz grave, fue un hecho incalificable desde el punto de vista democrático. Se debió juzgar a los insurrectos, condenarlos, y después, darles el indulto, aunque hoy Chávez, teniendo  presos políticos no actúa con nobleza. Le falta honor e  hidalguía castrense.

 Lo hemos dicho: en la actualidad los tiempos son otros y la vida de Venezuela también. El desaparecido  Hugo Chávez llegó al poder a razón de  las urnas,  ganó cinco consultas;  fue un portento político,  pero jamás gobernó con los votos, sino con las botas. Controló cada resorte  del poder con mano de hierro.

Su actual delfín – nombrado a dedo – Nicolás Maduro, menos diestro en el gobierno, nulo en el conocimiento de los vaivenes gubernamentales, tan exaltado como Hugo y a su vez menos competente, sigue llevando a Venezuela a un callejón sin salida, hacia un despeñadero cuyas consecuencias serán – si no hay urgente cambio de vías -  catastróficas e impensables.  

La economía se halla al mínimo de su fuerza; la inflación es una de las más altas del mundo; los alimentos de primera necesidad al punto de explosionar al estar las estanterías vacías; el campo industrial en los suelos; la inseguridad con sus homicidios  a niveles espeluznantes;  las libertades ciudadanas confiscadas, los medios informativos no adictos al régimen ahogados – los periódicos ya no tienen papel -,  mientras un gabinete ministerial, integrado con personas nulas en los conocimientos de las respectivas carteras y cuya valía más subrayada es la fidelidad al régimen, hacen una gelatina gubernamental putrefacta.

No importa, dice el chavismo: “Tenemos Patria”. 

Sí: patria, muerte y hambre.

sábado, 11 de enero de 2014

El legado de Ariel Sharón





Ariel Sharón, uno de los políticos más controvertidos de la historia de Israel, falleció a los 85 años en el hospital de Tel Aviv en el que estaba ingresado desde 2006.

La salud del ex primer ministro,  en coma desde que hace ocho años sufriera un masivo derrame cerebral, comenzó a deteriorarse hace dos meses y medio, y en los últimos días sufría una insuficiencia renal.

Durante media vida  fue un duro halcón, uno de tantos  militares israelitas preparados para la guerra con los árabes, pero una vez tomó las riendas del gobierno, ha sido el primer ministro que más lejos llegó en el camino de paz con los palestinos.

Su papel ha sido difícil en ambos campos: el radical palestino y el de los fanáticos israelitas.

Posiblemente el uso  de la fuerza armada contra el terrorismo sea  un método político eficaz, y aún así contraproducente,   ya que enfrentar el odio y el fanatismo, haciendo uso de técnicas  tradicionales, no ofrece el resultado apetecido.

El enemigo no es el Islam; no obstante, ahí se halla  la fuente donde catan  esos fanáticos sus creencias paradisíacas y el  recóndito desprecio por todo lo occidental, incluyendo el modelo de gobierno pluralista.

 Desde el día aciago en que el líder  del Likud subió al Monte del Templo y la Explanada de las Mezquitas en Jerusalén, lugar santo de todo buen  mahometano, los palestinos consideraron  ese acto como una provocación de tal envergadura, que aún hoy sigue produciendo emanaciones funestas.

Sharon era  granito puro. 

No aceptó entregar los altos del Golán a Siria sin un acuerdo firme de seguridad, ni dividir Jerusalén simplemente por imperativo del terror salido de la Franja de Gaza.

 Hizo una  política  clara y precisa: Pueden haber acuerdos con los palestinos, muchos y variados. O uno solo y amplio si ellos lo desean, pero antes debe cesar todo acto extremista. Y recalcaba: “Israel solamente hace lo que todo estado en su misma situación realizaría sin ceder un ápice: defenderse”.

Lo expresó en su momento  y lo deja ahora como un legado:

“Yo, que he vivido y participado en tantas guerras, soy un hombre de paz auténtica, no de palabras manipuladas hacia esa dirección”.

La situación de Oriente Medio no es una disyuntiva, como muchos piensan, entre una guerra inminente y una paz inmediata.

  Lo suyo era negarse en rotundo a negociar con el terrorismo, al ser un sendero de concesiones que al final no llega a  ninguna parte.

“A los terroristas, ni agua. Primero piden un vaso, después una jarra, más tarde un tonel  y por último todos los ríos de agua dulce del planeta sin conceder nada a cambio”.

 Y planteaba una regla intermedia con sus vecinos, que sin llamarse un acuerdo de paz, dejaría  en poder de Israel sus baluartes estratégicos, con una Jerusalén unificada  bajo soberanía judía.

“No repetiré los viejos errores de antaño: ceder y más ceder a los palestinos sin obtener nada a cambio.”

Y con ese decálogo ha muerto.